La generación que siguió al 11-S
Joyce Carol Oates, una de las mayores narradoras de los Estados Unidos, analiza “Sunset Park”, la nueva novela de otro grande de la literatura estadounidense actual. La obra es a la vez una comedia melancólica y una alegoría pesimista de la bancarrota espiritual de jóvenes derrotados por la realidad.
POR Joyce Carol Oates
De los géneros literarios, ninguno ha florecido de manera tan diversa y maravillosa en las últimas décadas como la memoria – no las memorias de vida o la autobiografía, más aburrida, estática, cronológicamente determinada, sino la memoria de crisis, lírica, en general breve, sumamente individualizada, entre las que destacan Esa visible oscuridad (1990) de William Styron, Las cenizas de Angela (1996) de Frank McCourt, y El año del pensamiento mágico (2005) de Joan Didion; y de éstas, ninguna compuesta de manera más bella y sucinta que La invención de la soledad (1982) de Paul Auster, escrita luego de la impensada muerte de su padre en 1981.
Más tarde, a lo largo de una carrera que abarca quince novelas, seis obras de ensayo, una colección de poesía, guiones y libros editados, Paul Auster pasó a ser conocido sobre todo por su ficción posmodernista atípicamente enigmática, muy estilizada, en la cual los narradores rara vez son otra cosa que poco confiables y la base argumental cambia continuamente. La invención de la soledad es sin embargo notable por su evocación franca, honesta, sutil de la pérdida filial seguida, no por la pena profunda – al menos no la pena profunda convencional – sino por el aturdimiento de una incapacidad de llorar y la determinación estoica de conocer a Samuel Auster, el padre esquivo, no querido, el hombre “invisible”:
Careciendo de pasión por alguna cosa, o persona, o idea, incapaz o no dispuesto a revelarse a sí mismo bajo ninguna circunstancia, había conseguido mantenerse a cierta distancia de la vida, no sumergirse en la profundidad de las cosas. Comía, iba a trabajar, tenía amigos, jugaba al tenis, y a pesar de todo eso, no estaba presente. En el sentido más profundo, más inalterable, era un hombre invisible.
(Una fotografía del difunto Samuel Auster sugiere, sin embargo, una extraña semejanza con Paul Auster.)