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23/05/2021

Guías : leer cuentos y jugar con cuentos - UNICEF - OEI

👉Rosemberg, Celia Renata. Guía 1: leer cuentos y jugar con cuentos. Historias de niños, princesas, caballeros, ogros y brujas / Celia Renata Rosemberg ; Alejandra Stein. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura, 2015. (Alfabetización temprana en el Nivel Inicial / Batiuk, Verona).



👉Rosemberg, Celia Renata. Guía 2 : juegos con palabras y conceptos para promover el aprendizaje del vocabulario / Celia Renata Rosemberg ; Alejandra Stein. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura, 2015.(Alfabetización temprana en el Nivel Inicial / Batiuk, Verona).



 👉Rosemberg, Celia Renata. Guía 3 : juegos con sonidos, rimas, letras y poesías para promover el aprendizaje del sistema de escritura / Celia Renata Rosemberg ; Alejandra Stein. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura, 2015. (Alfabetización temprana en el Nivel Inicial / Batiuk, Verona).



👉Rosemberg, Celia Renata. Guía 4 : leer cuentos y jugar con cuentos. Historias de animales / Celia Renata Rosemberg ; Alejandra Stein. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura, 2015. (Alfabetización temprana en el Nivel Inicial / Batiuk, Verona).




Alfabetización en la unidad pedagógica - Ministerio de Educación

📖📕📓📒  Ministerio de Educación.  Nuestra Escuela. Programa de Formación Docente Permanente. Alfabetización en la unidad pedagógica : DOCUMENTO TRANSVERSAL N°1 LA ALFABETIZACIÓN INICIAL. 2015  Alfabetización en la unidad pedagógica 


📚📙📘📗  Ministerio de Educación.  Nuestra Escuela. Programa de Formación Docente Permanente. Alfabetización en la unidad pedagógica : DOCUMENTO TRANSVERSAL N°2 LEER Y APRENDER A LEER. 2015 Alfabetización. Leer y aprender a leer.


 📚📙📘📗  Ministerio de Educación.  Nuestra Escuela. Programa de Formación Docente Permanente. Alfabetización en la unidad pedagógica : DOCUMENTO TRANSVERSAL N°3 ESCRIBIR Y APRENDER A ESCRIBIR. 2015  Alfabetización. Escribir y aprender a escribir.


11/04/2020

Nivel inicial : Serie cuadernos para el aula.

📚📖📚 Juegos y juguetes. Narración y biblioteca. v.1. : Nivel Inicial. Ministerio de Educación, Serie        
   
            Cuadernos para el aula.

📚📖📚 Números en juego. Zona fantástica. v.2. : Nivel Inicial. Ministerio de Educación, Serie        
   
            Cuadernos para el aula.



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12/01/2012

Cassany y la escritura

“Los chicos escriben en Internet con ayuda de otras personas, se escriben entre ellos, se comentan, se responden. Cada vez más, la escritura es una cosa compartida, cooperativa”. Entrevista con Daniel Cassany





Daniel Cassany es Licenciado en Filología Catalana y ha ejercido la enseñanza en varios centros. Desde 1993 es profesor de Análisis del Discurso en Lengua Catalana de la Universidad Pompeu Fabra. Ha escrito libros y ensayos sobre comunicación escrita y didáctica de la Lengua y dirige, desde fines de 2004, el grupo de investigación denominado Literacidad crítica, que aspira a desarrollar recursos para enseñar a los ciudadanos a leer la ideología de los discursos.
Invitado por la Fundación El Libro, Daniel Cassany ha estado presente en las Jornadas para Docentes y Mediadores de Lectura de la 21º Feria del Libro Infantil y Juvenil de Buenos Aires. Allí, luego de su conferencia (1), mantuvimos esta conversación acerca de las prácticas de lectura y escritura y cómo la escuela y las nuevas tecnologías inciden sobre ellas.

—En tu libro Describir el escribir (2) planteabas que no hay secretos ni magia en la actividad de escribir. ¿Qué significa esto?
—Esa frase hay que contextualizarla en una época en que eran más conocidas las investigaciones sobre la lectura, pero todavía no se conocían mucho las investigaciones sobre la escritura. Entonces este concepto tenía que ver con desmitificar algunas cuestiones relacionadas con la escritura, como que debemos esperar a que llegue la inspiración o la idea de que hay personas que saben escribir y personas que no.

—Entonces, ¿todos podemos ser escritores?
—Una buena metáfora es la de conducir. Creo que casi todos podemos conducir un auto para vivir en el mundo actual, si necesitas ir de un lugar a otro de la ciudad puedes hacerlo. Pero si tú quieres correr un Rally o ser un piloto de Fórmula 1, eso ya es más difícil, porque seguramente necesitarás talento. Y el talento es una cosa más inaprensible, que muy probablemente en parte tenga algo de nacimiento y en parte algo de desarrollo. Todos tenemos la posibilidad de desarrollar mínimas capacidades para poder circular por la vida “motorizada” que nos ha tocado. En este sentido, leer y escribir sería igual: está claro que hay personas que tienen más talento para escribir y otras que tienen menos.

—¿Hay “recetas” para aprender a escribir?
Las hay. Sin embargo, las recetas te llevan a lugares comunes, son útiles para resolver el día a día, pero no son brillantes para encandilar a tu audiencia, para emocionarla o convencerla. Tampoco son malas las recetas… cuando tienes que escribir una cosa nueva que nunca antes has visto, lo primero que haces es buscar una receta. Pero luego aprendes a transgredirla y le das tu propio toque personal.

—También mencionabas que muchas de las supersticiones que giran en torno a la escritura, provienen de la enseñanza. ¿Te referías específicamente a la enseñanza en colegios secundarios?
—A toda la enseñanza… A hablar aprendemos de manera natural, entonces las ideas sobre el habla provienen más de la sociedad en general, de la familia, de los amigos, de la comunidad. Pero la escritura —por lo menos en nuestra cultura occidental— se desarrolla sobre todo en la escuela. No es así en otras culturas: por ejemplo en el mundo islámico, la escuela comparte el protagonismo con la mezquita, entonces la escritura está muy vinculada a la religión. Hay otras culturas como la de los eslavos, rusos y ucranianos donde es muy habitual que los niños aprendan a leer y escribir en sus casas. En Occidente esto no es tan común, aquí la mayoría de las ideas que tenemos de la escritura provienen de la escuela.

—¿Cómo debería ser entonces el rol del docente al enseñar a escribir?
—En este contexto debería tener que dejar de mirar la escritura como algo literario y verlo como algo mucho más funcional y necesario. No se trata de formar literatos sino formar ciudadanos letrados. El docente tiene que tratar la escritura de manera más científica.

—Retomando una idea que habías planteado en tu conferencia, ¿qué pasa cuando el profesor corrige un texto y se lo devuelve al alumno pero no hay posibilidad de comentar o compartir en clase las distintas producciones de los chicos?
Yo creo que hoy en día aprender a escribir solo es una idea muy obsoleta. Los chicos escriben en Internet con ayuda de otras personas, se escriben entre ellos, se comentan, se responden. Los textos quedan allí, tú ves lo que hacen los demás. Cada vez más, la escritura es una cosa compartida, cooperativa. La escuela tiene que empezar a trabajar de una manera más conjunta y el docente es quien debe crear las condiciones adecuadas para que esto suceda. Una de las cosas que puede hacer es ayudar a los alumnos a mejorar sus textos, haciendo correcciones, hablando con ellos y propiciando el diálogo. También puede plantear consignas para que los alumnos escriban en parejas o en pequeños grupos.

—¿Cómo debería apropiarse la escuela de estas nuevas tecnologías que supone el uso de Internet?
—No es una pregunta sencilla, porque se trata de un proceso bastante complejo. Hay en primer lugar un tema económico de adquisición de medios, que no significa solamente la adquisición de máquinas sino también la instalación de wi-fi potentes que soporten el acceso de tanta gente al mismo tiempo, instalación de redes eléctricas para el suministro de energía, creación de materiales didácticos para que tenga sentido el uso de las computadoras, formación de los docentes para que sepan utilizar todo eso. Es un cambio muy profundo que difícilmente va a suceder en poco tiempo. En algunos países que están más avanzados en este proceso dan a entender que hay un cierto desencanto porque circulan ideas mágicas que suponen que teniendo una computadora todo cambiará de golpe, los chicos aprenderán más y tendrán menos dificultades. Poner una máquina es sencillo; sin embargo, cambiar los hábitos de las personas, modificar su forma de comunicarse a través de este instrumento, es mucho más lento y difícil.
Consultado sobre el libro de texto, Daniel Cassany sostiene que la enseñanza se basa mucho en su implementación y al mismo tiempo se trata de una industria que genera muchos puestos de trabajo. “Si hay laptop no hay libro de texto”, afirma y enseguida se pregunta: “¿qué hacemos entonces con él? Yo creo que no existe el libro de texto en Internet, ya que allí hay una enorme cantidad de recursos y si puedes navegar no tiene sentido que estés atado a un libro de texto. Precisamente lo interesante es eso: tener acceso y visitar muchísimos lugares. El libro de texto de nuestros abuelos era la enciclopedia donde estaba todo: lectura, aritmética, cálculo, historia. La historia del libro de texto es la historia de la diversificación”.

—Hablaste en un momento de “construir un tercer espacio”. ¿Podrías contarnos qué significa?
—Tenemos, por un lado, prácticas vernáculas, creadas por los chicos, y, por otro, prácticas escolares, que son las oficiales, las legitimadas. La idea sería construir un tercer espacio —que no es físico sino mental— donde sea posible establecer conexiones entre los dos mundos. El conocimiento oficial conecta con las necesidades de los alumnos y se convierte en algo vernáculo que les gusta incorporar a sus prácticas habituales. Por otro lado, es posible relacionar lo vernáculo con elementos de la tradición cultural, de la alta literatura y entonces adquiere más sentido y se revaloriza la práctica vernácula.
A la pregunta sobre cómo se forman lectores, Daniel Cassany responde que “para aprender a leer necesitas libros, pero también precisas que alguien te muestre cómo conectarlos con tu vida. Una cosa es la disponibilidad de material: tú tienes que tener libros para poder aprender a leerlos. Otro aspecto es el acceso y esto tiene que ver con que alguien te muestre cómo se utilizan, porque a lo mejor, alguien que no sabe los pone debajo de la silla para estar más alto o los utiliza como objetos decorativos. Implica también darte cuenta del beneficio que tienen para ti y cuando esto ocurre es cuando tú empiezas a generar motivación para aprender a hacerlo y lo personalizas”.


Notas de Imaginaria

(1) La conferencia “Literatura juvenil electrónica: remix, fanfic, posts y blogs” —pronunciada el viernes 22 de julio de 2011 durante las 21º Jornadas para Docentes y Mediadores de Lectura en la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Buenos Aires— se puede ver completa en el sitio de Daniel Cassany dentro de la página web Universidad Pompeu Fabra.
(2) Cassany, Daniel. Describir el escribir. Cómo se aprende a escribir. Barcelona, Editorial Paidós, 1988.



En:http://www.imaginaria.com.ar/2011/12/entrevista-con-daniel-cassany/
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15/12/2011

Lo que importa no es el libro, sino la lectura


Sábado 10 de diciembre de 2011 | Publicado en edición impresa

Por Ariel Torres | LA NACIÓN

Cory Doctorow no podría tener más razón cuando, en el prólogo a su multipremiada novela Someone Comes to Town, Someone Leaves Town, dice que hay que ser muy poco imaginativo para conjeturar que en el futuro habrá dispositivos de lectura que simularán la experiencia del libro de papel. Unas líneas más abajo admite, con la humildad de los que saben en serio, que "el negocio y la práctica social de los e-books será mucho, pero mucho más extraña que eso (...). De hecho, creo que probablemente será demasiado extraña para que podamos imaginarla hoy".
Cory no es uno de esos gurús que con solemne religiosidad venden humo de colores. Medio millón de copias de su primera novela se distribuyeron sin cargo en forma electrónica. Medio millón. Cualquiera anticiparía que eso afectó las ventas de su libro. Pero ocurrió exactamente lo contrario. Someone Leaves Town va por la quinta reimpresión.
Ouch.
Pero no voy a hablar de cómo diseñar modelos de negocio correctos en un mundo donde todo lo que llamamos información se ha convertido en cadenas de unos y ceros. No aquí, al menos.
Hay algo más, más profundo, quizás más complejo y más perturbador, y que debería preocuparnos más que el aspecto y la forma de comercialización de los libros del futuro. Me refiero a la lectura.
Difícil, aburrido, agotador
En varias ocasiones durante los meses últimos, quizá por el debate que coordiné en agosto para LA NACIÓN en el Malba sobre e-books, me he encontrado conversando con gente de la tecnología y de la cultura sobre el futuro del libro. Y uno de los interrogantes sobre los que insistí es: ¿Pero qué nos importa en realidad, el libro o la lectura?
Sí, ya sé. Parece una obviedad. Nos importa la lectura. Que los chicos lean y todo eso. Pero una de las cosas geniales de las obviedades es que podemos tenerlas delante de las narices durante siglos sin percatarnos de que esconden alguna clase de secreto. Por ejemplo, el Sol no sale sobre el horizonte. Es la Tierra la que se está moviendo. Ya sabe lo que este simple hallazgo causó en su momento.
La lectura, me temo, oculta una clave parecida. Queremos que los chicos lean libros, ¿no? Bueno, hasta donde recuerdo, y quizás alguien tenga una experiencia diferente, aprender a leer no es ni remotamente fácil. Respirar es fácil. Correr es fácil y divertido. Reírse es fácil, divertido y contagioso. Que te cuenten una historia es de lo más lindo que hay. Recuerdo que solían contarme cuentos antes de dormir. Esto hizo que con el tiempo empezara a imaginar mis propias historias, mientras intentaba conciliar el sueño. Así que incluso escribir es más fácil que leer. (Dicho sea de paso, los que escribimos profesionalmente pasamos mucho más tiempo trabajando en la cabeza que en el teclado; tipear es la parte sencilla del asunto.)
Así que vamos a aclarar algo de una vez. Leer es difícil y aburrido para un chico. Difícil, aburrido y agotador.
Sí, sí, es muy bueno que lean libros, pero no alcanza con predicarlo, e intentar incentivar la lectura conduce a una paradoja.
Deme solo unos minutos más.
Tarzán y el Capitán Nemo
Recuerdo que cuando la primaria ya me había aclarado qué significaban esos signos sobre el papel, mi padre decidió que era hora de que abandonara las historietas y leyera libros. Mejor intencionado que asesor literario, me abrumó primero con Tarzán de los Monos y luego con 20.000 Leguas de Viaje Submarino. Recuerdo también mi primera impresión luego de intentar con esos volúmenes: Nunca jamás voy a poder leer libros. Nunca.
Esas dos obras tenían un número de problemas para un chico, como constaté muchos años después. Primero, el número de páginas era descomunal. La letra era pequeña. Y aquella traducción de Verne podría haber arrasado con mi neocórtex, si hubiera persistido en soportarla a tan corta edad.
Por suerte, tiendo a desobedecer. Y soy un hombre afortunado. Fue así como encontré, tras la segunda mudanza que experimenté de pequeño, una caja repleta de unos libros que, calculo que por higiene cultural, habían sido erradicados de la biblioteca, que en la nueva casa pasó a ocupar su propio cuarto.
La caja, exiliada al altillo, contenía una docena de libros de ciencia ficción de la más baja estofa, con coloridas tapas que mostraban monstruos horribles y astronautas de escafandra reluciente, nave espacial inverosímil y novia rubia.
No pasaban nunca de las 120 páginas, en el más desproporcionado de los casos, y la letra era bien grande. Las historias, bueno, qué le puedo decir. Todos los clichés y un poco más.
Es decir, me encantaron.
Les debo mucho, además. Si no hubiera sido por ellos, nunca habría llegado a Flaubert, Dostoievski, Cortázar, Böll, Yourcenar, Rulfo, Salinger o Mishima. Les debo, de hecho, mi profesión, porque leer me llevó un día a preguntarle a mi madre exactamente cómo se hacían los libros. Aprendí entonces que alguien los escribía, y me puse a hacerlo. A los 10 años ya había llenado una pila de cuadernos Rivadavia de cien hojas y tapa dura con la Bic azul gruesa que a mí me gustaba.
En el nombre de la Rosa
Por supuesto, conservo esa colección de libritos descastados. Me permiten recordar algo elemental. Leer no está en nuestros genes. Oír y entender el lenguaje, sí. Leer, no.
Leer requiere un esfuerzo visual (leemos con la parte del ojo que ve detalles) y entrenar al cerebro para que use un área que se dedica a reconocer formas para extraerles significados que nada tienen que ver sus formas. Aprender a leer libros da trabajo, y a ningún chico en este planeta (y a mí menos que a ninguno) le gusta hacer esfuerzos. Todavía hoy tengo presente el día en que leí mis primeras 20 páginas. ¡Lo había logrado! ¡Veinte páginas! No lo podía creer.
Esa colección de poca monta, puesta a un lado para no infectar la mente del futuro lector con tonterías por debajo de Burroughs o Verne, me ha enseñado que la única forma de que alguien haga un esfuerzo es motivándolo.
El placer suele ser un gran motivador, anote.
Alambre de púa
Cuando terminé de leer esa sarta de lugares comunes y de blondas chicas salvadas de monstruos espantosos por héroes con armas de rayos láser me empezó a ocurrir algo muy raro.
Echaba de menos leer.
Como ahora sabía lo que era la ciencia ficción, rebusqué en la biblioteca por más libros de esa clase. Reincidí con las 20.000 Leguas -¡ay, los mandatos!-, pero el efecto fue igual de nocivo; ya dije por qué. Sin embargo, encontré otros libros más prometedores. Las tapas eran coloridas, aunque sin ilustraciones altisonantes, y la letra no requería una lupa. Los veteranos recordarán las colecciones Nebulae y Minotauro. Sus volúmenes eran más grandes que los libritos de la caja, y en general tenían más páginas, pero esto, ahora, ya no me inquietaba. Por el contrario.
Llegaron así a mi vida Asimov, Clarke, Bradbury, Sturgeon, Heinlein, van Vogt, Wyndham, Lovecraft (y buen susto me pegué) y Matheson (lo mismo).
Para entonces, estaba atrapado. Habiendo superado el entrenamiento inicial, cuando la lectura se ha vuelto una segunda naturaleza, nadie dejará esta práctica ni por todo el oro del mundo. Esa es la razón por la que los que somos lectores de libros de papel también leemos mucho en e-books. Porque lo que importa no es el libro, sino el milagro de la lectura.
Oh, sí, bueno, espere, claro que me gustan los libros de papel. Los amo. Ya lo he dicho. Y ya me han criticado por decirlo. Es más: perdemos ciertos derechos fundamentales al pasar del libro al e-book.
Seamos honestos, no obstante. Si durante los últimos 500 años la literatura hubiera venido impresa en rollos de alambre de púa, amaríamos el alambre de púa. Este amor es temporal. El otro, el de la lectura, es el que me preocupa.
Porque, ¿qué es leer?
Gracias, Harry
Sabemos qué no es leer. No es aburrido. No es difícil. No es ningún esfuerzo. No es agotador. Todo lo contrario. ¿Cuántas veces nos quedamos hasta cualquier hora para terminar esa novela de 570 páginas? ¿No le ocurre con un buen libro que no quiere que se termine, y eso que es de tamaño asteroide?
Ningún lector dejará un buen libro sobre la mesa ratona para decir: "Me siento cansado de leer, mejor pongo la tele". Quizá diga: "Me siento cansado para leer, mejor pongo la tele". Son cosas bien diferentes. Uno puede estar cansado para hacer algunas de las cosas que más le gustan en la vida.
¿Cómo es posible que algo que nos dio tanto trabajo aprender se convierta en uno de los mayores placeres de la vida y, a la vez, uno que, se dice, constituye una ventaja competitiva fundamental?
Este es uno de los grandes escollos del asunto. Estamos mezclando dos cosas y tratamos de resolver una paradoja. Cuando nos empecinamos en que los chicos lean libros argumentamos que leer es algo bueno y conveniente. Sí, está bien, pero eso no interesa para nada. Uno se enamora de la lectura, y el amor no se puede forzar. De hecho, el amor muchas veces no es conveniente.
Si aquella caja no hubiera estado escondida en el altillo, desterrada, hasta cierto punto prohibida, tal vez no le habría prestado atención.
El silencio de las bibliotecas
Me dicen a menudo que sólo Harry Potter ha logrado que una hija o un sobrino empiecen a leer. Bueno, lógico. ¿O pretendían lograrlo con Góngora?
Harry Potter es pura aventura, ocurre en la escuela, hay malos y buenos, sin medias tintas ni sutilezas psicológicas, y además está razonablemente bien escrito. ¿Es gran literatura? No. Pero es un portal que le ha permitido a millones de chicos atravesar el extenuante entrenamiento que los convierte en lectores. Parece diseñado para eso.
Leer un libro (no un título o medio párrafo) es un proceso muchísimo más extremo de lo que parece. Se puede trabajar todo el día oyendo (no escuchando) música, con la tele prendida, y hasta hablando por teléfono (si lo sabré). Pero cuando leemos no podemos hacer ninguna otra cosa. ¿Por qué cree que son tan silenciosas las bibliotecas?
Leer, lejos de lo que parece, no es un proceso pasivo. La literatura es iniciada por un escritor, pero realizada por el lector. El libro que usted lee no es el mismo que lee su vecino, aunque sea el mismo texto. Cualquier lector sabe que releer es reescribir ese libro en la conciencia.
Esta idea dislocada de que leer se parece a ver la tele o a poner música bajita de fondo es lo que lleva a tantos tropiezos a la hora de enseñar el placer de la lectura.
Leer no sólo es construir de nuevo lo que el autor, exquisita pero vanidosamente, ha plasmado; es hacerlo de un modo único. Mire a alguien leer. Notará que está casi perfectamente quieto, apenas muestra algunas expresiones faciales cada tanto y mueve los ojos de lado a lado. En ningún otro momento nos comportamos así, excepto cuando soñamos.
También sabemos que sólo hay dos instancias en las que un chico se queda quieto tanto tiempo. O está enfermo o está leyendo.
Miremos más profundamente el fenómeno de la lectura. La persona está pasando la vista por una delgada hilera de dibujitos negros sobre el papel blanco. Si hay algo desalentador de la lectura, para un chico, es la falta de ilustraciones. ¿No lo recuerda, acaso?
Leer es transformar esa maciza y en apariencia monótona masa de marcas en imágenes sublimes y emociones intensas. El milagro es doble, por lo tanto, porque el aspecto exterior del texto debe ser así de hosco para no interferir en este portento que estamos viviendo. Es decir: el texto es invisible para el lector. Este es el secreto que nos olvidamos de decirles a los chicos. Quizás, entusiasmados con la idea de ver cómo las áridas páginas se esfuman, concederían en dedicarle tiempo. No los defraudaríamos, pero sería una verdad a medias.
Las páginas no se esfuman, transmutan.
Ajá, ¿pero para qué sirve leer?
Creo que, además, tampoco tenemos muy claro por qué queremos que los chicos lean libros, que se conviertan en buenos lectores. ¿Por qué eso y no leer epígrafes o tweets? ¡Estamos en el mundo digital, éste es un suplemento de tecnología, qué es todo este jaleo con la lectura de libros! ¡YouTube rules!
Sí, pero en el fondo de nuestra conciencia sabemos que leer es independizarse. ¿Qué es leer? Leer es convertirse en una persona libre. ¿Por qué? Bueno, simple. Porque no existe ninguna otra destreza más importante en toda la formación de una persona, con la sola excepción -quizá- de la matemática. Eso sí, cualquiera puede aprender matemática leyendo libros. No al revés.
Sabemos que si nuestros hijos quieren tener un porvenir, si no feliz, al menos próspero, tienen que poder pasarse días enteros leyendo, no sólo sin cansarse, sino, por el contrario, disfrutándolo. Se llama estudiar.
No espere, sin embargo, que me ponga a hablar mal aquí de los videojuegos, las computadoras o Twitter, como parecería a estas alturas inevitable. No tiene nada que ver con esto. En el futuro, como me dijo alguna vez Antonio Ambrosini, quizá los textos puedan transferirse directamente a nuestros cerebros. Pero falta tanto para eso que ni siquiera podemos imaginar cómo será la sociedad cuando tal tecnología esté disponible. De momento, existe una única forma de transmitir conceptos complejos y profundos: la lectura. Hoy más que nunca.
¿Por qué nos empecinamos tanto en que los chicos lean libros?
Porque leer es poder.

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01/12/2011

Los fanáticos de los ebooks prefieren libros impresos para sus hijos

Martes 22 de noviembre de 2011 | 16:35

A pesar del auge de los dispositivos electrónicos como el Kindle de Amazon, algunos padres optan por compartir la lectura de las tradicionales ediciones en papel con los más chicos
 
    
Los libros impresos quizás estén siendo asediados desde el nacimiento de los libros electrónicos (ebooks, en idioma inglés), pero cuentan con tenaces aficionados en un grupo en particular: los niños y quienes comienzan a caminar. Sus padres insisten en que esta próxima generación de lectores pase sus primeros años de vida usando las ediciones impresas.
Esto es así incluso con aquellos padres que son acérrimos aficionados a descargar libros en dispositivos como el Kindle , la iPad, en notebooks e incluso en teléfonos móviles. Ellos abiertamente reconocen su doble estándar digital, y lo hacen diciendo que desean que sus hijos estén rodeados de libros impresos para que experimenten la sensación de pasar las páginas, físicamente, a medida que aprenden sobre formas, colores y animales.
Asimismo, los padres afirman que les agrada acurrucarse con su hijo y un libro, y temen que un aparato brilloso pueda llevarse toda la atención. Además, si el pequeño regurgita, probablemente sea más fácil limpiar un libro que una tableta.
"Es algo íntimo; es la intimidad de leer y tocar el mundo. Se trata del asombro que veo en ella cuando toca una página conmigo", dijo Leslie Van Every, de 41 años, una leal usuaria de Kindle, en San Francisco, cuyo esposo, Eric, lee en su iPhone. Pero para su hija de dos años y medio, Georgia, los libros impresos, apilados y también esparcidos por toda la casa, constituyen la única opción.
"Ella lee únicamente libros impresos", afirmó la señora Van Every. Y agregó con una sonrisa que ella misma trabaja en una compañía digital: CBS Interactive. "¡Uy!, qué vergüenza".
A medida que el mundo de los libros para los adultos se torna digital a un ritmo más rápido que lo que las editoriales esperaban, las ventas de los libros electrónicos vinculadas con los títulos para niños menores de 8 años apenas se han movido. Representan menos del 5 por ciento de las ventas anuales totales, según estimaron diversas editoriales, en comparación con más del 25 por ciento registrado en algunas categorías de libros para adultos.
También se compran muchos libros impresos para regalar, ya que el placer de recibir una tarjeta de Amazon de regalo se pierde en la mayoría de los niños de 6 años.
Los libros para niños también constituyen un detalle estimulante para las librerías de "carne y hueso", porque los padres con frecuencia desean hojear un libro entero antes de comprarlo; algo que generalmente no pueden hacer con la versión en Internet. A través de un estudio encargado por HarperCollins en el año 2010, se descubrió que los libros que se compran para niños de 3 a 7 años frecuentemente eran descubiertos en una librería local (el 38 por ciento de las veces).
Y aquí aparece una pregunta para un debate de la era digital: ¿Se pierde algo al tomar un libro con ilustraciones y convertirlo a un libro digital? Junko Yokota, profesor y director del Centro de Enseñanza a través de Libros para Chicos, en la Universidad Nacional Louis, en Chicago, considera que la respuesta es sí, porque la forma y el tamaño del libro con frecuencia son parte de la experiencia de leer. Las páginas más anchas podrían ser utilizadas para transmitir la idea de paisajes amplios, o se podría escoger un formato más alto para las historias sobre rascacielos.
El tamaño y la forma "se tornan parte de la experiencia emocional, la experiencia intelectual. Hay mucho que no se puede estandarizar y colocar en un formato electrónico", expresó Yokota, quien ha dado conferencias sobre cómo decidir cuándo un libro para niños es más apropiado para el formato digital o para el impreso.
Las editoriales afirman que gradualmente están incrementando la cantidad de libros impresos con ilustraciones que convierten a formato digital, aun cuando esto implica mucho tiempo y gasto de dinero, y los desarrolladores han estado ocupados creando aplicaciones interactivas de libros para niños.
Mientras que se espera que el ingreso de los nuevos dispositivos para tablet de Barnes & Noble y Amazon, este otoño (boreal), incremente la demanda de libros electrónicos para niños, diversas editoriales señalaron que mantienen la esperanza de que muchos padres todavía continúen prefiriendo las versiones impresas.
"Definitivamente hay una predisposición a imprimir", dijo Jon Yaged, quien es el presidente y editor de Macmillan Children's Publishing Group, firma que sacó a la venta "The Pout-Pout Fish" ("El Pez que Hacía Pucheros"), de Deborah Diesen y "On the Night You Were Born" ("La Noche en Que Naciste"), de Nancy Tillman.
"Y los padres son las mismas personas que no tendrán reparo alguno en comprar un libro electrónico para ellos mismos", agregó Yaged.
Eso sucede en la casa de Ari Wallach, un empresario de Nueva York, obsesionado con la tecnología, quien se dedica a ayudar a las compañías a actualizar su tecnología. Él mismo lee en Kindle, iPad y en iPhone, pero la habitación de sus mellizas está repleta de libros impresos únicamente.
"Sé que soy ludita, pero hay algo muy personal respecto de un libro que no aparece en los archivos de un iPad, algo que está conectado y que es emocional, algo con lo que crecí y con lo que deseo que ellas crezcan", afirmó Wallach.
"Reconozco que cuando tengan mi edad, será difícil encontrar un libro impreso", agregó. "Dicho eso, siento que aprender con libros es un rito de iniciación tan importante como aprender a comer con utensilios y a controlar esfínteres".
Algunos padres no desean hacer el cambio incluso con sus hijos en edad escolar. Alexandra Tyler y su esposo leen en Kindles, pero para su hijo Wolfie, de 7 años, eligieron todos libros impresos.
"De alguna manera, creo que es diferente", dijo ella. "Cuando lees un libro, un libro adecuado para niños, todos los sentidos están involucrados. Ese acto les enseña a dar vuelta la página correctamente. Sientes el olor del papel, lo tocas".
Existen muchos programas de software que profesan que ayudan a los niños a aprender a leer por ejemplo diciendo en vos alta una palabra resaltada o mencionando una ilustración. No todos los padres los compran. Matthew Thomson, de 38 años, quien se desempeña como ejecutivo en Klout, un sitio de medios sociales, probó dicho software para Finn, su hijo de 5 años. Pero él cree que su hijo aprenderá a leer más rápidamente con los libros impresos. Además, las alarmas y los silbidos de un iPad se convierten en una distracción.
"Cuando nos vamos a la cama y él sabe que es la hora de leer, dice: 'Juguemos un poco a Angry Birds'", contó Thomson. "Si usa el iPad, no lee, va a querer jugar más. De modo que la concentración para leer se esfuma".
© NYT Traducción de Angela Atadía de Borghetti.
En: http://www.lanacion.com.ar/1425488-los-fanaticos-de-los-ebooks-prefieron-libros-impresos-para-sus-hijos
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15/11/2011

Los 100 mejores libros de todos los tiempos

A la gente le gusta las listas, las enumeraciones y las ordenaciones. Así que la revista Newsweek ha publicado el enémiso ranking de los mejores libros de todos los tiempos. En concreto, de los 100 mejores.
Partimos de la base de que la clasificación es subjetiva, como todas las clasificaciones. Pero Newsweek trató de involucrar algunos rasgos más o menos objetivos, como el impacto en la historia, su aporte cultural y sus ventas.
Además, para empezar con un grupo de títulos asequible, previamente se usó diez listas de los mejores libros en inglés o traducidos a ese idioma: The Telegraph’s 110 best books/The Perfect Library, The Guardian’s top 100 books, Oprah’s Book Club, the St. John’s College reading list, Wikipedia’s list of all-time bestsellers, the New York Public Library’s books of the century, the Radcliffe Publishing Course’s list of the 100 best English-language novels of the 20th century, The Modern Library’s 100 best novels and 100 best works of nonfiction, Time’s 100 best English-language novels from 1923 to the present y NEWSWEEK’s own list of current top 50 choices.
Así que la competición se estableció con esta meta-lista. Cuando hubo igualdad, se desempató según la cantidad de resultados de Google. El resultado fue el siguiente:
1) Guerra y paz, León Tolstoi
2) 1984, George Orwells
3) Ulises, Joyce
4) Lolita, Vladimir Nabokov
5) El sonido y la furia, William Faulkner
6) El hombre invisible, Ralph Ellison
7) Al faro, Virginia Woolf
8) La iliada y la Odisea, Homero
9) Orgullo y prejuicio, Jane Austen
10) Divina Comedia, Dante
11) Cuentos de Canterbury, Geoffrey Chaucer
12) Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift
13) Middlemarch, George Eliot
14) Todo se desmorona, Chinua Achebe
15) El guardián entre el centeno, J. D. Salinger
16) Lo que el viento se llevó, Margaret Mitchell
17) Cien años de soledad, Gabriel García Márquez
18) El gran Gatsby, Scott Fitzgerald
19) Catch 22, Joseph Heller
20) Beloved, Toni Morrison
21) Viñas de Ira, John Steinbeck
22) Hijos de la medianoche, Salman Rushdie
23) Un mundo feliz, Aldous Huxley
24) Mrs. Dalloway, Virginia Woolf
25) Hijo nativo, Richard Wright
26) De la democracia en América, Alexis de Tocqueville
27) El origen de las especies, Charles Darwin
28) Historia, Heródoto
29) El contrato social, Jean-Jacques Rousseau
30) El capital, Kart Marx
31) El príncipe, Maquiavelo
32) Las confesiones de San Agustín
33) Leviathan, Thomas Hobbes
34) Historia de la guerra del Peloponeso, Tucídides
35) El señor de los anillos, J. R. R. Tolkien
36) Winnie-the-Pooh A. A. Milne
37) Las crónicas de Narnia, C. S. Lewis
38) Pasaje a la India, E. M. Forster
39) En el camino, Jack Kerouac
40) Matar a un ruiseñor, Harper Lee
41) La Biblia
42) La naranja mecánica, Anthony Burgués
43) Luz de agosto, William Faulkner
44) Las almas de la gente negra, W. E. B. Du Bois
45) Ancho mar de los Sargazos, Jean Rhys
46) Madame Bovary, Gustave Flaubert
47) Paraíso perdido, John Milton
48) Anna Karenina, Leon Tolstoi
49) Hamlet, William Shakespeare
50) El rey Lear, William Shakespeare
51) Otello, William Shakespeare
52) Sonetos, William Shakespeare
53) Hojas de hierba, Walt Whitman
54) Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain
55) Kim, Rudyard Kipling
56) Frankenstein, Mary Shelley
57) La canción de Solomon, Toni Morrison
58) Alguien voló sobre el nido del cuco, Ken Kesey
59) Por quien doblan las campanas, Hernest Hemingway
60) Matadero 5, Kurt Vonnegut
61) Rebelión en la granja, George Orwell
62) El señor de las moscas, William Holding
63) A sangre fría, Truman Capote
64) El cuaderno dorado, Doris Lessing
65) En busca del tiempo perdido, Marcel Proust
66) El sueño eterno, Raymond Chandler
67) Mientras agonizo, William Faulkner
68) Fiesta, Ernest Hemingway
69) Yo, Claudio, Robert Graves
70) El corazón es un cazador solitario, Carson McCullers
71) Hijos y amantes, D. H. Lawrence
72) Todos los hombres del rey, Robert Penn Warren
73) Ve y dilo en la montaña James Baldwin
74) La Telaraña de Charlotte, E. B. White
75) El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad
76) Noche, Elie Wiesel
77) Conejo, corre J. Updike
78) La edad de la inocencia, Edith Wharton
79) El mal de Portnoy, P. Roth
80) Una tragedia americana, Theodore Dreiser
81) El día de la langosta, Nathanael West
82) Trópico de cáncer, Henry Miller
83) El halcón maltés, Dashiell Ahmet
84) La Materia oscura, Philip Pullman
85) La Muerte del Arzobispo, Willa Cather
86) La interpretación de los sueños, S. Freud
87) La educación de Henry Adams, Henry Adams
88) Pensamiento de Mao Zedong, Mao Zedong
89) Psicología de la religión, William James
90) Retorno a Brideshead, Evelyn Waugh
91) Primavera silenciosa, Rachel Carson
92) Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, John Maynard Keynes
93) Lord Jim, Joseph Conrad
94) Adiós a todo eso, Robert Graves
95) La sociedad opulenta, John Kenneth Galbraith
96) El viento en los sauces, Kenneth Grahame
97) La autobiografía de Malcom X, Alex Haley y Malcolm X
98) Los victorianos eminentes, Lytton Strachey
99) El color púrpura, Alice Walter
100) La segunda Guerra Mundial, Winston Churchill


En:
http://www.papelenblanco.com/premios-y-concursos/los-100-mejores-libros-de-todos-los-tiempos

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10/08/2011

¿De papel o e-book?, un debate actual

En el Malba / Tercera jornada de Experiencia adn
Tres especialistas dialogaron sobre el futuro del libro tradicional y su convivencia con el formato electrónico

"Hoy haré el papel del abogado del diablo por partida doble -prometió Ariel Torres, editor del suplemento Tecnología de LA NACION, en su introducción-: no sólo me crié entre libros y mi casa está llena de ellos, sino que también soy un gran consumidor de libros electrónicos. Mi impresión es que ambos formatos son complementarios."
Así comenzó el debate sobre la irrupción del libro electrónico ( e-book ) y su convivencia con el libro tradicional, que se realizó ayer en el auditorio del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba-Fundación Costantini).
El encuentro, en el que participaron también el analista y director del newsletter Comentarios Enrique Carrier (experto en nuevas tecnologías) y el director de la editorial Interzona, Guido Indij, formó parte del ciclo Experiencia adn , organizado por LA NACION y que cuenta con el apoyo de Citi y las empresas Chandon, Carolina Herrera y Tudor.

Luego de su introducción, Torres mostró un libro publicado en 1862. "Este volumen tiene 149 años, salió ocho años antes de que Bartolomé Mitre fundara LA NACION y cinco antes de que se patentara la máquina de escribir. Y, sin embargo, funciona a la perfección. ¡De hecho, tiene mejor calidad de imagen que una iPad o un Kindle! Ningún otro soporte de información puede igualar semejante durabilidad."
Añadió que los libros son los únicos medios que no necesitan de un aparato externo para poder acceder a sus contenidos. Por esa razón, y porque son objetos palpables, se establece con ellos una relación "más íntima" que con discos o e-books. 

"Por otro lado, las estadísticas muestran que los que más leemos libros de papel somos también los principales consumidores de e-books . Es lógico -afirmó Torres-, la tentación de recorrer catálogos y obtener en instantes una obra que no habíamos leído es irresistible. Sí, nuestras bibliotecas reales son un tesoro, pero los e-books tienen la enorme virtud de expandir esa biblioteca casi hasta el infinito."

Por su parte, Indij trató el tema del futuro del negocio editorial y enumeró las ventajas que, a su juicio, tiene el formato tradicional.

Carrier habló de los cambios para el lector, el escritor, así como para las editoriales y librerías que introdujo la llegada del libro electrónico. "Leer es ahora más barato, más cómodo y hay más opciones ya que fomenta la lectura. Los libros no podrán escapar al tsunami de la digitalización", agregó.

Destacó asimismo que otra ventaja de los e-books "es que cuando uno quiere desesperada, urgente, vitalmente un texto, se lo puede obtener [en forma digital] en cualquier momento, desde cualquier lugar".

Entre los asistentes pudo verse al director del Museo Nacional de Bellas Artes, Guillermo Alonso; el embajador en Túnez, Sergio Baur; a la directora de la Editorial El Ateneo, Luz Henríquez; a la directora de Marea Editorial, Constanza Brunet; al escritor Eduardo Alvarez Tuñón; el consejero cultural de la embajada de México, Ricardo Calderón Figueroa, y el ex embajador argentino en los Estados Unidos, José Octavio Bordón.

Por Experiencia adn ya pasaron el pianista uruguayo Luciano Supervielle y Kevin Johansen junto a Liniers. El cuarto encuentro será el 16, con Javier Malosetti y su banda Electrohope, que presentará su disco "TEN". La entrada es gratuita con capacidad limitada y las reservas se realizan por mail: experienciaadn@lanacion.com.ar o telefónicamente al 5272-4220, de 9 a 15..

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09/08/2011

“Expertos en aspectos superficiales, los nativos digitales tienen dificultades para construir significados”

El pedagogo catalán Daniel Cassany pasó por la Feria del libro infantil y habló de “literatura juvenil electrónica”. En esta entrevista dice que el sistema educativo no se adapta a las nuevas prácticas devenidas del uso de Internet.

POR Andrés Hax - ahax@clarin.com  // Ideas

En silencio, sin hacer alboroto, el pedagogo catalán Daniel Cassany vino a Buenos Aires — en el marco de la Feria del Libro Infantil— para atacar ciertos mitos sobre el comportamiento de los adolescentes en Internet. Específicamente dijo que escribir mensajes de texto, escribir en blogs y en foros de Internet delimita la capacidad de procesar textos escritos y leídos de forma correcta y eficiente. Su charla, Literatura juvenil electrónica: remix, fanfic, posts y blogs (cuyos Power Points están disponibles online) parte del asombro de que los “chicos” están leyendo y escribiendo más que nunca, pese a que lo hacen en ámbitos no autorizados, evaluados o convalidados por los canales oficiales educativos.

En síntesis, según Cassany, sucede lo siguiente: la red promulga tanto la lectura como la escritura y los chicos adolescentes se aprovechan plenamente de esto; sin embargo, esta actividad netamente literaria no se refleja en los resultados medibles dentro de las materias afines del colegio, como lengua. Acá, según Cassany, el problema puede ser de los colegios, que no se adaptan correctamente a la nueva realidad. Y aquí va contra la idea esteriotipada —y al revés— de que las redes sociales están dispersando la capacidad de concentración y desarrollo lingüístico de los jóvenes.

Charlamos con Cassany —cuyo sito Web esta repleto de recursos para docentes e investigadores—después de su presentación en la Feria del Libro Infantil.

¿Hay realmente un cambio de paradigma en el mundo de hoy en cuando cómo los chicos procesan la realidad online?
Hay un cambio en proceso. Yo creo que si, efectivamente,  Internet, como el invento prodigioso que es, del mismo nivel que la rueda, que el habla, que la escritura, que la imprenta, va a modificar muchas cosas de nuestra mente y de nuestra sociedad. Yo estoy conforme con esta idea. Lo que pasa es que yo creo que no sabemos todavía dónde nos va a llevar, o como van a cambiar las cosas, porque sólo pasaron 20 años… Y, por ejemplo, en el caso de la imprenta, uno de los últimos inventos a los que se le reconoce haber modificado la estructura social y mental de las personas, se necesitaron más de cien o doscientos años para llevar a cabo todas las potencialidades del invento. Entonces en este sentido lo que tenemos es mucha especulación.

Los nativos digitales, los chicos, son muy expertos en aspectos superficiales: por ejemplo en manipular la computadora, en instalar programas, en acceder a determinados recursos. Pero tienen muchas dificultades para construir significado coherente a partir de esta información. Las investigaciones que hemos hecho, por ejemplo, si los chicos saben leer en Internet, y entender la información que se da, y relacionarlas con sus vidas, nos muestra que muchas veces fracasan. Que no son tan buenos lectores como aparentemente parecería que son.

En ese sentido, ¿es correcto decir que uno de sus intereses es vincular el entusiasmo que muestran los chicos en su quehacer online con su vida en la aula escolar?
Bueno, en su vida privada hoy los chicos leen y escriben mucho más que antes, porque gracias a las tecnologías lo pueden hacer. Entonces, gracias a esta experiencia los chicos aprenden muchas cosas que son beneficiosas para ellos y que les hacen crecer. Entonces mi interés es explorar cómo aprenden estas cosas, por qué quieren aprenderlas, e importar estas formas de aprender a las escuelas para que las escuelas sean más eficaces.

¿Con cuál actitud se acerca a los adolescentes en sus investigaciones?
Yo soy un científico, no soy un literato. Entonces mi aproximación es la de intentar a entender, observar, recoger datos, estudiaros y analizarlos. Me sitúo en un paradigma mas global u holístico cualitativo, que significa pues que me interesa no tanto obtener datos estadísticos sino saber cuáles son las opiniones de los chicos que leen en Internet, por qué lo hacen, cuándo lo hacen, qué cosas hacen. Entonces eso lo hacemos más a partir de entrevistas y de observación. De análisis de datos. Y eso es etnografía. 
 

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09/12/2010

Noche de escamas

Texto: Olga Appiani de Linares
Imagen: Alina Sarli Crónica de una fiesta súper “escafamosa”: el casamiento de la mojarrita Rita con el príncipe Dorado.








—Dígame, doña Mer-Luz ¿a usted también la invitaron al casamiento?
—Pues claro, don B’Sugo, igual que a todo el mundo acuático.
—No vaya a creer… Lito Cornalito me dijo que a los Tiburones no…
—¡Con sus modales, no me extraña! En el Gold Fish Palace no entra cualquiera. Y menos cuando se trata de una boda real ¿no le parece?
—¡Por supuesto! ¡Pero mire usted lo que son las cosas! ¡Quién hubiera dicho que la mojarrita Rita llegaría a princesa!
—Y sí… El príncipe Dorado perdió la cabeza por ella. Amenazó con colgarse de un anzuelo si no les permitían casarse. ¡Dicen que será una fiesta maravillosa! ¡Ya me imagino a los Pejerreyes con sus coronitas de plata, los tules de los peces de colores, la decoración de corales y perlas de Oriente! ¡Algo para no perderse! ¡Y qué invitados habrá!
—Flipper, el Delfín de la Océano TV, no faltará, lo sé de buena fuente… ¡También vendrá Al Atún, el galán de Escamas!
—¡Cómo se va a poner mi hija cuando se lo diga! Es de su club de admiradoras, ¿sabe?
—Y para recibir a la feliz pareja, habrá una guardia de peces espada al mando del Mariscal Anchoa.
—¡Lo que tendrá que trabajar Octavio Ochobrazos, el mayordomo, con tantas invitaciones!
—Como las anguilas encargadas de la iluminación, y las ostras del guardarropas…
—¿Es cierto que actuará Mireya Corvinarubia, la reina de la burbubalada?
—Sí, y el Coro de Sirenas Andersen y la Tun-Enlata-Fish Band. Para los chicos habrá peces payaso, caracoles malabaristas y carrera de enlatados. ¡Y hasta el Gran Calamargo, con sus actos de magia y escapismo a base de tintas multicolores!
—¡Don B’Sugo, lo dejo, todavía tengo que lustrarme las escamas, pintarme las aletas… y se me está haciendo tardíiiisimo…!
—Hasta luego, hasta luego. Pero créame, así está bellísima…
—¡Qué cosas dice, don B’Sugo! ¡Ya me hizo poner más roja que un camarón!
El pronóstico anticipa una noche sin anzuelos y el Gold Fish Palace está de perlas.
Un esturión bigotudo de la Embajada Rusa, sueña en conquistar a Fina Sardina, amiga de la novia.
Unas truchas de los lagos patagónicos charlan a branquia batiente con sus primos canadienses, los Pinksalmon, mientras los Caballeros de la Langosta baten pinzas, seducidos por Mireya y sus canciones. En la pista, un paso para adelante, dos para atrás, bailan cangrejos enamorados.
Doña Mer-Luz, reluciente, comenta que el Rey Neptuno prometió venir con toda su corte de sirenas y tritones.
Un electrizante rumor de aletas recorre las aguas: ¡ya llegan los recién casados! ¡Se entrechocan las espadas, relinchan los caballitos de mar, suenan las caracolas! Y don B’Sugo y doña Mer-Luz se miran y piensan: “¡No hay duda, esta será una fiesta súper escafamosa!”.

En: http://www.educared.org.ar/enfoco/imaginaria/biblioteca/?p=1740

Gracias Olga!!
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16/11/2010

Todos somos censores

Artículo publicado originalmente en la revista CCL, Canadian Children’s Literature Nº 68 (1992), traducido por Paula Cadenas e incluido en la antología Un encuentro con la crítica y los libros para niños, seleccionada y editada por Brenda Bellorín y María Fernanda Paz Castillo (Caracas, Banco del Libro, 2001. Colección Parapara Clave).


Imaginaria agradece a María Beatriz Medina —Directora Ejecutiva del Banco del Libro de Venezuela— la autorización y las facilidades proporcionadas para la reproducción de este artículo.



La mayoría de los lectores de esta publicación, como yo mismo y las personas con las cuales hablo acerca del tema, están en contra de la censura en los libros infantiles. Como yo, hacen muecas de horror al enterarse de que funcionarios sindicales en British Columbia intentan prohibir un libro ilustrado que trata de la tala de árboles porque podría predisponer a los niños contra los leñadores, o de que una junta educativa al oeste de Canadá prohibe un cuento de Robert Munsch que trata de un maestro y un director que no logran que un niño se ponga un traje especial para la nieve, aduciendo que socava el respeto que deben sentir los jóvenes lectores por quienes detentan la autoridad (es decir, maestros, directores y juntas educativas) (*).
Nos reímos de estas medidas —evidentemente desacertadas— de supresión porque tenemos fe, no sólo en la importancia del principio democrático de la libertad de pensamiento y expresión, sino también en el sentido común de la mayoría de los niños. Creemos que ellos son suficientemente astutos (o posiblemente demasiado rígidos) para ser subvertidos tan fácilmente como se imagina la mayoría de los censores o pseudo-censores.
Sin embargo, en mis conversaciones con otras personas acerca de estos asuntos, siempre llega un momento en que hasta los más reacios opositores de la censura se vuelven censores, convirtiéndose en versiones de aquello que atacan ferozmente. He llegado a la conclusión de que cuando se trata de libros para niños, todos somos censores. Nosotros, los que estamos en contra de la censura, probablemente nos convertimos censores de libros que difieren de nuestros propios valores (teóricamente opuestos a la censura), libros que atacan la libertad individual o que refuerzan los estereotipos sexuales. Alguien que se enfurezca ante cualquier intento de prohibir los libros anti-leñadores probablemente exigirá que otros libros sean censurados por anti-ambientalistas.
Esto quizás no sea sorprendente, pero sí peligroso. Sugerir que tenemos el derecho a dar por terminada una discusión acerca de cualquier tema o a prohibir cualquier libro equivale sencillamente a manifestar que la censura es, en algunos casos, apropiada; y si esto es así ¿quién es el encargado de distinguir entre un caso y otro?
Quisiera aclarar que mi posición respecto a estos asuntos es extremadamente sencilla; algunos dirían que es simplista. No hay absolutamente nada que una persona pueda decir que amerite una prohibición. Sin importar cuán ofensivo, cuán estrecho de mente, cuán peligroso se considere que sea. Aunque sea sexista o racista, o se refiera a equivocadas representaciones neo-nazistas de la historia. Ni la pornografía. Nada.
Pero esto no implica que los fanáticos, necios y pervertidos tengan derecho a no ser cuestionados. Al contrario: deben ser cuestionados. Si logramos evitar que lo digan, perdemos la oportunidad de cuestionarlos; y la historia nos enseña que el mal y la locura reprimidos sencillamente aumentan y se tornan más peligrosos. Se convierte en algo prohibido y tentador. Crece y empeora. No, es mejor que se diga, para que a la vez nosotros ejerzamos la libertad de señalar cuán ridículo o peligroso es, con la certidumbre de que si nuestros argumentos en contra son lógicos y bien fundamentados, algunas personas aceptarán la validez de nuestras conclusiones al respecto. Creer lo contrario sería una arrogancia sin sentido.
Por ello, nada debe ser censurado ni suprimido; y eso incluye —posiblemente antes que todo—, los murmullos de censura de los censores en potencia. Porque si verdaderamente estamos en contra de la censura, no nos queda otra alternativa que permitir a los censores ejercer la libertad de expresión. Si realmente somos tolerantes, debemos tolerar su intolerancia, para así poder condenar su equivocación.
Todo esto suena bien y es cierto, dirán ustedes; por supuesto que debemos permitirle a la gente decir lo que desea. Pero el derecho que tienen las personas a decir lo que piensan no significa que las demás tengan la obligación de escucharlas, sobre todo si “las demás personas” a las que nos referimos son los niños. Por eso, está bien, dejemos que los escritores expresen su racismo o antiambientalismo; siempre y cuando tengamos el derecho a no escucharlos, y más que eso, tengamos el derecho de mantener sus perversiones enfermizas lejos del alcance de los niños que están bajo nuestra responsabilidad.
James Moffett, en su controversial libro Storm in the mountains, habla sobre el intento de prohibir —en West Virginia— la serie de textos sobre artes del lenguaje que él había editado. Allí sugiere que la censura se origina en lo que denomina agnosis (“deseo de no saber”). Esta es una posición personal aceptable, sobre todo cuando la asumen adultos que en realidad sí saben, pero sencillamente no están interesados. Supongo que ese es el fundamento para seleccionar lo que vamos a leer; como por ejemplo, buscar libros de ciencia ficción parecidos a los que ya hemos disfrutado, o rechazar la pornografía. No obstante, si se trata de los niños, la situación no es tan sencilla.
En lo que respecta a niños, muchos de nosotros ponemos en práctica cierto tipo de agnosis. Rechazamos algunos libros porque pensamos que pueden enseñar a los niños algo que nosotros ya sabemos, pero que no deseamos que ellos sepan.
Generalmente no queremos que tengan ese conocimiento porque creemos que puede dañarlos o pervertirlos; es decir, que el conocimiento del mal los hará “malos”. Esta posición no toma en cuenta un hecho importante: nuestro propio conocimiento del mal no nos ha hecho “malos” a nosotros. En general ocurre lo contrario, cuando nos encontramos con un estereotipo sexista, no nos convertimos en acérrimos chauvinistas, sino en feministas furiosas(os). Nuestra respuesta habitual ante el descubrimiento de textos nocivos es un acceso de rectitud escandalizada.
Pero esto sucede debido a que ya sabemos identificar los estereotipos por lo que son; podría sostenerse (y de hecho es así) que mentes más débiles o inmaduras que las nuestras carecen de esta capacidad. En otras palabras, los niños aceptarían los estereotipos inconscientemente, y por eso debemos protegerlos para que no lean libros que los contengan.
Pero vivimos en un mundo no sólo repleto de libros con los cuales estamos en desacuerdo, sino también de publicidad por televisión, narcotraficantes, vendedores por teléfono, políticos, evangelistas y niños cuyos padres tienen valores distintos a los nuestros. Mantener apartados a los niños de las ideas y los valores que no nos gustan resulta prácticamente imposible. En vez de tratar de protegerlos suprimiendo los materiales potencialmente peligrosos, sería más lógico ayudarlos a aprender la importancia de ser menos confiados. Mi hija asumió la responsabilidad de identificar el sexismo en los libros de texto que leía cuando el mundo la hizo tomar conciencia de su sexo, y sus padres la ayudaron a ser consciente de la opresión que enfrentaría debido a ello. Desde entonces, ella puede ver hasta el certamen “Miss Estados Unidos” sin un deseo aparente de transformarse en una egomaníaca con cerebro hueco.
Supongamos que no hubiéramos enseñado a Alice —mi hija— a reconocer los estereotipos sexuales. A pesar de las fervorosas convicciones de los adultos acerca de cuáles libros no deben leer los niños, hasta ahora no he conocido a nadie —ni una sola persona— que admita que aprendió a ser malvada o violenta por la maldad y violencia contenida en los libros que leyó en su niñez. Puedo citar un ejemplo que demuestra lo contrario: una alumna del curso de literatura para niños que dicté este año me mostró un libro que atesora porque le había encantado cuando era niña. Hoy en día, lo mantiene oculto porque le parece insoportablemente racista y no quiere que sus hijos lo lean y se contaminen con él. El libro sí es muy racista; se llama 10 Little Negroes y habla de “Sam Chocolate” y su esposa Ébano, que se sienten “orgullosos como mapaches” de su familia cada vez más grande de “negritos”. Pero al contrario de lo que sugiere la imperiosa compulsión de esta estudiante por suprimir el libro, este no la había convertido en racista. A pesar de ser una niña en aquel entonces, no había sido víctima del delito que —imaginaba— el libro cometía en los demás.
Tengo que preguntarme si estos delitos se cometen en realidad, es decir, si los libros por sí solos juegan una parte importante en la formación de nuestros valores menos loables. Sí, los libros confirman lo que sospechamos acerca de nuestro mundo, o posiblemente hacen que lo cuestionemos; incluso podrían ofrecernos nuevas opciones para que las tomemos en cuenta. Pero indudablemente tomamos nuestras decisiones basándonos en lo que ya sabemos y en lo que ya somos. Si los libros o la televisión enseñan a los niños lo que sus padres o personas responsables de su crianza preferirían que ellos no aprendiesen, sólo puede deberse a dos motivos: o los niños son inherente e ineludiblemente malvados, a pesar de los intentos de sus tutores por convertirlos en buenos (yo me rehuso a aceptar esta conclusión); o bien los padres de los niños no ofrecieron a sus hijos un contexto desde el cual poder rechazar el mal.
Por lo tanto, sospecho que los libros son siempre menos significativos para nuestra educación que los valores que nos inculcan quienes nos cuidan y nutren; ya sean los valores en los cuales ellos dicen creer y se esfuerzan por inculcar, o bien los que en realidad ponen en práctica y nos enseñan. También sospecho que es esto último lo que realmente enseña a tantos niños a amar la violencia y a no preocuparse por los demás, aunque muchos de nosotros culpamos de ello a la televisión y a los cómics. Los programas de televisión y los libros dirigidos al gran público debe tener popularidad para ser rentables, y sólo conservan su popularidad si reflejan los valores conservadores de la sociedad, es decir, si confirman la realidad en la cual la mayoría de las personas se imagina que habita. Si afirmamos no compartir esa versión de la realidad, pero no nos esforzamos para que los niños que están bajo nuestra responsabilidad se percaten de las objeciones que hacemos a los valores inherentes a esta, no debe sorprendernos que los niños tomen esos valores de la televisión y los libros.
Fotografía de Liliana Gelman.
Para efectos de la discusión, voy a fingir que lo que acabo de argumentar es erróneo en este caso específico; es decir, que las palabras que leemos sí tienen una influencia ineludible sobre nosotros, y que independientemente de la posición que usted tenía cuando comenzó a leer este ensayo, para ese momento ya lo he convencido de que tengo razón en todo. Mi prosa insidiosa ha hecho bien su trabajo, y triunfó sobre todas sus convicciones previas. Logré persuadirlo: la censura es siempre un error.
Sin embargo, sospecho que usted continúa siendo un censor. Como señalé anteriormente, en lo que respecta a los libros infantiles, todos somos censores; pero la cuestión que hace que nos volvamos más censores que nunca no tiene que ver con los valores, con la violencia, ni con el estereotipo sexual que he discutido hasta ahora. Tiene que ver con la edad.
Independientemente de que seamos padres, maestros, bibliotecarios, o especialistas en literatura para niños, la mayoría de nosotros sólo quiere determinar una cosa acerca de cualquier libro para niños que cae en nuestras manos: ¿está dirigido a niños de qué edad? Y aunque sostenemos que nos interesa encontrar la edad apropiada, casi siempre dirigimos nuestros esfuerzos para definir la edad errónea. “¿Este libro es muy sencillo para un niño de cuatro años?”, preguntamos. O bien, “¿Es demasiado avanzado para un niño de ocho años?”
Prácticamente toda discusión entre adultos acerca de libros para niños confirmará que este enfoque es el que prevalece. Encontré los siguientes comentarios en una revisión rápida de una edición reciente de CM: A Reviewing Journal of Canadian Material for Young People, publicación cuya intención es orientar a los profesionales encargados de hacer adquisiciones para bibliotecas escolares y públicas:
“Se recomienda para niños de hasta aproximadamente ocho años de edad (pero no para edades superiores). Debe resultar atractivo para niñas en los grados básicos superiores (pero no para quienes estudian segundo o doceavo grado, y parece que cualquier niño lo suficientemente confundido como para que le guste debe ser sometido a terapia).”
“La complejidad del vocabulario, el contenido emocional y los elementos psicológicos lo hacen inapropiado para lectores por debajo del nivel intermedio.”
“Está repleto de palabras, hasta 200 palabras por página, lo cual es excesivo para los aficionados a los libros ilustrados.”
“Los jóvenes lectores podrían tener dificultad en comprender los cambios súbitos de tiempo… La narrativa también representaría un desafío para los jóvenes lectores, ya que no estarán familiarizados con muchas de las expresiones.”
Hasta las recomendaciones positivas se expresan por medio de comentarios llenos de censura acerca de las edades en las cuales un niño no debe leer un libro: “Hay demasiado texto, a veces se trata de un relato oscuro y alarmante, y las ilustraciones son tan intrincadas como tapices; pero si se lee en voz alta o se recomienda a un lector lleno de confianza, sin duda será disfrutado.”
Estos revisores dan por sentado que lo más importante de su tarea es determinar qué público no debe tener acceso a estos libros. En otras palabras, son censores.
Sin embargo, estoy seguro de que se sentirían ofendidos si los llamara de esa forma. Apuesto que la mayoría —si no todos— propugna la libertad de expresión y es enemiga acérrima de la censura. Apuesto que estos revisores calificarían la práctica que he definido como censura en términos muy distintos. Probablemente la llamarían “selección de libros”, considerándola una consecuencia necesaria de nuestra preocupación como adultos por el bienestar de los niños que están bajo nuestra responsabilidad.
Pero así como “literatura erótica” es un nombre que designa a la pornografía que aprobamos, “selección de libros” es un nombre que designa a la censura que aprobamos. Aunque resulta igualmente sospechosa.
Por ejemplo, esas caracterizaciones de las habilidades de niños de edades específicas rayan peligrosamente en los estereotipos insensibles inherentes al sexismo y al racismo. Los niños reales pocas veces pueden ser descritos con generalizaciones acerca de las capacidades o los intereses que deben tener a edades específicas; es decir, lo que para un niño de cuatro años resulta difícil, puede resultar sencillo para otro de la misma edad, dependiendo de su carácter, su inteligencia y experiencia, y esto sucede tanto con los libros como con la vida. Al prohibir en una forma generalizada, privamos a muchos niños de experiencias estimulantes y placenteras que sí están en capacidad de manejar.
Pero supongamos por un momento que un número significativo de niños no esté capacitado, y que un libro específico contenga gran cantidad de palabras con las cuales muchos niños no están familiarizados. Sería mejor considerar esto no como un motivo para prohibir el libro, sino como una oportunidad para enseñarle a los niños no sólo esas palabras en particular, sino el placer de aprender nuevas palabras en general. La selección de libros que se orienta a partir del criterio de que niños de cierta edad no están listos para ellos es sumamente antipedagógico, ya que es una forma de evitar que los niños aprendan cosas que nosotros suponemos que desconocen.
Pero estoy seguro que no los convenceré de eso tan fácilmente como pretendí hacerlo anteriormente. Las suposiciones acerca de la naturaleza de la niñez que apuntalan esta obsesión con las capacidades de los niños de acuerdo a sus edades están tan arraigadas en nuestras actitudes culturales que han adquirido estatus de verdades incuestionables; al igual que la convicción de que nosotros los adultos estamos obligados a proteger a los niños de lo que nos parece inapropiado para ellos. Si todos somos en cierta forma censores de libros para niños, es porque nuestras suposiciones acerca de la niñez —y por tanto acerca de la literatura para niños— tienen una carga de censura.
Incluso la existencia de una serie de textos designados como literatura infantil representa una forma de censura. Esta literatura no existía hace unos cien años, y por un buen motivo: no se creía que los niños fueran lo suficientemente distintos de los adultos como para requerir una literatura aparte. La necesidad de este tipo de literatura surgió cuando los niños comenzaron a demostrar necesidades significativamente diferentes, necesidades definidas casi siempre en términos de su vulnerabilidad relativa, y de la consecuente obligación de los adultos de protegerlos de un conocimiento cabal del mundo que resultara peligroso. No parece sorprendente que los primeros libros para niños, surgidos en Europa a finales del siglo XVI, fueran ediciones expurgadas de los clásicos; es decir, libros censurados.
Desde la aparición de la literatura infantil, esto ha continuado invariablemente. C. S. Lewis dijo que a él le gustaba escribir libros para niños porque “esta forma permite —u obliga a— no incluir las cosas que prefiero dejar afuera”. Por definición, la literatura para niños es una literatura que deja afuera algunas cosas, es decir, las censura.
Las suposiciones acerca de la naturaleza infantil que están soterradas bajo la mentalidad censora continúan ejerciendo un gran poder. La mayoría de nosotros pensamos que los niños son inocentes, es decir, que ignoran cuáles son las restricciones de la madurez adulta, y por lo tanto son salvajemente primitivos y tienden hacia el mal; o en su lugar, que no han sido manchados por la corrupción adulta y por lo tanto son deliciosamente puros y deben ser protegidos. Ambas actitudes sugieren la necesidad de aislar a los niños, ya sea de la inmodestia corruptora de la sexualidad adulta o de las limitaciones corruptoras de la racionalidad adulta.
En otras palabras, la niñez tal como la entendemos exige que los adultos se comporten como censores; los niños pueden continuar siendo niños sólo mientras los adultos censuren sus percepciones acerca del mundo adulto. Y parece que tenemos una profunda necesidad de que la niñez se prolongue lo más posible. La respuesta de muchos adultos ante mis recomendaciones positivas de libros para niños con contenidos que consideran inapropiados es la siguiente: “Seguro que podrían comprenderlo, pero ¿por qué tienen que leer acerca de cosas terribles cuando son tan jóvenes? Ya se enterarán de eso con el tiempo”.
Fotografía de Liliana Gelman.
Durante los últimos siglos —desde que concebimos la idea de que los niños son distintos a los adultos por las limitaciones inherentes a su capacidad para comprender— hemos desarrollado un sistema altamente sofisticado para determinar exactamente cuándo y cómo deben enterarse. Creemos que existen “etapas” en el desarrollo del pensamiento infantil, y en las capacidades morales y sociales de los niños. Estos no sólo difieren de los adultos en su forma de pensar las cosas, sino que los niños más pequeños son distintos a los más grandes: la especie “humana” está conformada por una serie de subespecies cronológicamente diferenciadas que son inherentemente distintas entre sí.
Es por eso que nos preocupamos tanto por esas categorías etarias: mientras los niños no sufran esas abruptas y aparentemente mágicas transformaciones de una subespecie a la siguiente, de una etapa a la siguiente, sencillamente no están en capacidad de absorber más que la cantidad limitada que permite la etapa en la cual se encuentran en un momento dado, del mismo modo que las orugas no pueden volar. Pensamos que exponerlos causaría un cortocircuito en sus mentes, y quemaría unos fusibles cognoscitivos. Sus cabezas podrían explotar.
Al censurar libros, en realidad intentamos evitar esas explosiones. Muchas de las personas con las cuales hablo acerca de estos temas están convencidas de que facilitar a los niños libros que no son apropiados para la etapa en que se encuentran —es decir, que no son lo suficientemente sencillos— de alguna manera ahogará cualquier deseo de pensar algo o leer otro libro.
De nada sirve que estos adultos admitan que ellos mismos han leído libros con palabras desconocidas, sin que esto les causara daños serios; y que leyeron palabras como “onomatopeya” o “diploblástico” y sobrevivieron, sin haber explotado. No sólo sobrevivieron, sino que siguieron leyendo. Antes de persuadirlos de que deben confiar en sus propias experiencias, por encima de sus convicciones teóricas acerca del significado de las edades y las etapas, debo cuestionar esas etapas.
En realidad se trata de algo que resulta sencillo cuestionar. La idea según la cual la niñez consta de una serie de etapas relacionadas con edades específicas es una versión de las teorías cognoscitivas del psicólogo suizo Jean Piaget, y a menudo la versión que se expresa es incorrecta. Piaget nunca sugirió que las relaciones entre las etapas de desarrollo y la edad cronológica de los niños fueran tan rígidas como creen muchos de sus seguidores, o que la información debía mantenerse alejada de los niños según etapas específicas, porque ellos no pueden manejar ideas o experiencias desconocidas. Todo lo contrario: Piaget resalta que los niños necesitan asimilar nuevas ideas y experiencias antes de pasar a una nueva etapa, y que pueden lograr esto si cuentan con la información, y no sencillamente porque alcanzaron un punto cronológico mágico.
Por otra parte, Piaget sí afirmó que era imposible que los niños aprendiesen conceptos que él definió como fuera del alcance de su etapa actual de desarrollo, una idea que la investigación más reciente sobre desarrollo cognoscitivo ha cuestionado seriamente. Versiones ligeramente distintas de los experimentos en los cuales Piaget basó sus teorías han demostrado que los niños pueden alcanzar formas de pensar que teóricamente resultan imposibles a etapas asombrosamente tempranas.
Las investigaciones contemporáneas también cuestionan la suposición de que el desarrollo consiste en una serie de cambios periódicos de un estado específico a otro. Estudios recientes sugieren que el aprendizaje ocurre gradualmente, en una serie continua de pequeños pasos, siempre y cuando existan nuevas experiencias para que los niños (y los adultos) aprendan de ellas. Aunque sí parecen existir las etapas esbozadas por Piaget, estudios sugieren que éstas podrían ser impuestas culturalmente como resultado de elementos tales como edades de ingreso a la escuela y nuestras creencias adultas del tipo de experiencias que pueden  procesar los niños; como manifestó Barry J. Zimmerman: “lo que parece ‘normal’ desde el punto de vista de la maduración en el proceso cognoscitivo y en el desempeño refleja, si se le examina más de cerca, un sistema culturalmente impuesto de ‘estímulos y frenos’ ”.
De acuerdo con el psicólogo cognoscitivo Charles Brainerd, “las objeciones empíricas y conceptuales a las teorías (de Piaget) se han vuelto tan numerosas que ya no pueden seguir siendo consideradas como una fuerza positiva en las investigaciones sobre desarrollo cognoscitivo”. Sin embargo, Brainerd agrega que “su influencia continúa siendo muy profunda en los ámbitos de la educación y la sociología”, y también, por supuesto, en la discusión que puedan generar los libros infantiles. No hay motivo alguno —excepto, quizás, la rigidez con que adoptamos una teoría claramente pasada de moda— para no seguir el rumbo señalado por los psicólogos cognoscitivos, y dejar de utilizar concepciones insostenibles acerca de las etapas infantiles como base para rechazar un libro para niños. Sobre todo cuando las “etapas” que nos imaginamos logran convertirse en profecías que se autocumplen. Los niños privados de información por parte de adultos que los suponen incapaces de absorberla resultan ser tan egocéntricos e ilógicos como sugiere que lo serán la teoría de las etapas. Al negarles el conocimiento, los niños continuarán siendo ignorantes.
Por supuesto que la ignorancia es sólo otra palabra, menos positiva, para la “inocencia”, la cual nos lleva de vuelta a las otras suposiciones acerca de la niñez que manifesté anteriormente, que nos hacen rechazar libros que creemos corromperán o hasta pondrán fin a la inocencia infantil. Para respaldar mi posición acerca del peligro de ciertas suposiciones en torno a la censura, me veo en la necesidad de argumentar que los niños no son ni deben ser inocentes.
Argumentar que la niñez no es específicamente una época de inocencia es fácil, tristemente fácil. Si en vez de considerar nuestros ideales y mitos acerca de la niñez empleamos el conocimiento que tenemos de los niños en la realidad, rápidamente nos percatamos de que hay un número sorprendentemente bajo de niños efectivamente inocentes. Aquellos cuyo sustento depende de adultos que les pagan por sus servicios sexuales indudablemente no son inocentes, ni aquellos sometidos a abusos sexuales o físicos por parte de sus familiares. Los niños que mueren de hambre en las calles de los países del Tercer Mundo y con demasiada frecuencia en las callejuelas de los del Primer Mundo, tampoco son inocentes: no tienen tiempo para ser inocentes si han de sobrevivir. Tampoco los que viven bajo un techo pero en una pobreza tan extrema que duermen hacinados con sus padres y hermanos mayores tampoco son inocentes, ni tampoco los hijos aparentemente protegidos de alcohólicos adinerados, maníaco-depresivos o ejecutivos corporativos crónicamente ausentes del hogar.
Tampoco son particularmente inocentes los numerosos niños con suficiente suerte para no estar incluidos en este terrible catálogo de vicisitudes. No lo son si ven televisión, o si tienen contacto con otros niños que la ven; no lo son si interactúan en algún momento con otros seres humanos que pueden equivocarse, incluyendo aquellos que tanto se esfuerzan por mantener su inocencia.
Pero podría argumentarse que esas son exactamente el tipo de experiencias brutales y destructoras que los niños no deberían tener. Esas experiencias forjan y perjudican a las personas, por lo que proteger a los niños de las mismas, posiblemente es una forma de mantenerlos sanos y saludables. Este tipo de agnosis parece ser buena para los niños.
Pues bien: ¿deben ser inocentes los niños? Sí, evidente e idealmente, sí; deben ser inocentes ante la presencia del hambre, del caos emocional, de la explotación por parte de los adultos ávidos de sexo y violencia. No tengo intención alguna de argumentar que el hambre y la explotación y la violencia son buenos para los niños; no son buenos para ningún ser humano.
Por otra parte defiendo que el conocimiento de estas cosas es bueno para los seres humanos, incluyendo a los niños. Si sabemos algo, podemos pensar en eso aunque no lo hayamos experimentado jamás. Y pensar en el mal es sin duda nuestra mejor defensa contra éste.
Al menos, por supuesto, que creamos que el mal es inherentemente más atractivo que el bien. Yo no lo creo. Creo que todo lo que se relaciona con el mal y la violencia es repugnante, y no hay que pensar mucho para descubrir en toda esta “sobreoferta de mal” los límites voluptuosos de cierta autocomplacencia perversa; siempre y cuando uno haya desarrollado estrategias de pensamiento.
Asimismo, creo que si a los niños se les brindara conocimiento de este tipo de cosas y estrategias para pensar en ellas, podrían llegar a conclusiones —no necesariamente iguales a las conclusiones que yo podría llegar—, pero sus conclusiones serán sutiles y bien pensadas, y tomarán en cuenta la mayor cantidad posible de elementos. Las teorías del desarrollo moral —como la de Lawrence Kohlberg— que sugieren que los niños en realidad no son capaces de pensar así, no sólo dependen de suposiciones piagetianas hoy en día insostenibles, sino que son objeto de serios y merecidos ataques por ser chauvinistas desde el punto de vista masculino, así como eurocéntricas; ya que premian las actitudes de creadores europeos como las de mayor jerarquía en la evolución moral. Llegó el momento de dejar a un lado estas teorías y tratar de ayudar a niños de todas las edades a ser tan sutiles en su pensamiento moral como nos gusta creer que somos nosotros.
Cuando menos, si damos a los niños conocimiento del mundo, podremos discutirlo con ellos, y comunicarles nuestras propias actitudes. En cambio, si preferimos mantenerlos ignorantes de todo lo que rechazamos (teóricamente porque los estamos protegiendo de eso), perderemos la oportunidad de sostener este tipo de; discusiones. Al mismo tiempo, es probable que los niños discutan estos asuntos tan interesantes entre sí. Pueden llamarme elitista, pero tengo más fe en la solidez de mis propios valores que en los que pueden idear un grupo de niños de cuatro años, o jóvenes de catorce años, que han sido mantenidos en la ignorancia del pensamiento maduro para proteger su inocencia. Cualquiera que como yo haya aprendido en el parque y en la calle tantas cosas sobre temas como el sexo y lo que realmente quieren las mujeres, a falta de discusiones públicas o con nuestros padres sobre estos temas, comprenderá por qué he llegado a esta conclusión: la ignorancia no es precisamente una bendición, y raras veces es inocua.
De hecho, estoy convencido de que son más dañinos quienes ignoran lo que seres pensantes y morales consideran malvado, que quienes tienen conocimiento acerca de esas cosas; es la ignorancia —y no el conocimiento— lo que destruye el paraíso.
La verdadera inocencia no es ignorante. Permanecer inocentes, es decir, tratar de no hacer el mal, exige conocer el mal. Por lo tanto, el conocimiento protege a la inocencia: sólo los que están armados de nociones éticas y prácticas acerca del comportamiento propio y del comportamiento de los demás, poseen recursos para ser buenos. Y estoy convencido de que esto es particularmente cierto en el caso de los niños.
Fotografía de Liliana Gelman.
De esta forma llego a la esencia de mi propia filosofía en lo que respecta a la selección de libros: no se preocupen porque los niños no comprendan lo que deberían comprender. Más bien tengan esperanzas de que comprenderán. Estimúlenlos a aprender. Permítanles leer cualquier cosa que les interese, de acuerdo al nivel de dificultad que ellos mismos decidan que pueden manejar, para que ellos mismos aprendan lo que sienten que deben saber. Denles acceso al conocimiento del mundo tal cual es; a libros que lo describan con todo el detalle necesario, y anímenlos a conocerlo en la forma más cabal, profunda y sutil que sea posible. Si creemos que puede haber algo que no comprendan, ayudémoslos a comprenderlo; hay que enseñarles los hábitos mentales y las estrategias de lectura de modo que, cuando lean, tengan experiencias ricas, significativas y productivas.
No siempre tuve tan buen sentido de las cosas. Lo aprendí de mis hijos. Cuando eran más pequeños, Josh, Asa y Alice seleccionaban los libros que les atraían o que querían que les leyésemos de un estante que contenía todos los libros para niños que había en la casa. Era una selección ecléctica: contenía no sólo los que yo consideraba que eran buenos libros, sino también los que había comprado para usar en mis clases de literatura para niños como ejemplos de mala literatura, y a veces, los que consideraba que manejaban valores inapropiados, tontos, o superficiales. Para mi mortificación, los niños a menudo seleccionaban y disfrutaban de mis ejemplos de libros malos, y a pesar de mi abierta oposición a la censura, no puedo negar que sentí la necesidad de restringir lo que escogían.
Pero luego me di cuenta de que los niños nunca parecían interesarse o dejarse influenciar mucho por los “malos” valores, y seleccionaban tanto los buenos ejemplos como los malos. El acceso a las tentaciones del mal no pareció alejarlos de la apreciación de lo que sus padres les enseñaron que era bueno. Por eso, me tragué mi mortificación y permití que escogieran lo que desearan.
Esto no cambió mucho después que aprendieron a leer y tuvieron mayor libertad a la hora de escoger sus lecturas. Al dejar de estar limitados a los libros para niños o a los otros libros que teníamos en la casa, leían lo que deseaban; si bien en ocasiones debí luchar con mi conciencia para permitírselos.
¿Cuál fue el resultado? El libre acceso al conocimiento no convirtió a ninguno de mis hijos en monstruo, al menos según mi definición de monstruo. Hoy en día son adolescentes y ante los ojos de su orgulloso padre actúan como seres sensibles, humanitarios, responsables y felices: son seres humanos morales, a pesar de —aunque yo creo que fue a causa de— su amplio y temprano acceso al conocimiento del mal, la lujuria, el dolor, la anatomía, la vulgaridad y la violencia.
Gracias a este acceso, es obvio que mis hijos nunca fueron las criaturas “aniñadas” que los adultos decimos admirar. Desde muy temprano, su conocimiento les mostró su propio poder: su derecho a ser escuchados y a ser tomados en serio, y su libertad para evaluar el comportamiento de los demás, incluyendo los adultos, con una mirada considerada y a veces crítica. No puedo negar que esas cualidades ocasionalmente han causado angustia y hasta enfurecido a algunos de sus maestros y profesores. Un número sorprendente de estos me ha dicho que los niños deben respetar siempre a los mayores, independientemente del tipo de abuso, estupidez, o estrechez de mente que decidan poner en práctica. De hecho, son estas conversaciones preocupantes con individuos insensibles y defensivos —que profesionalmente se ocupan del cuidado de los jóvenes— las que confirmaron mi confianza en que el conocimiento que adquirieron mis hijos sobre el mal y la capacidad para pensar en él de forma analítica les ha servido de protección.
Eso no implica que jamás rechazaría un libro o programa de televisión u obra teatral. Mi sugerencia de dar a los niños más libertad para escoger incorpora una condición muy importante: que este proceso tenga lugar en un contexto de un interés activo —por parte de los adultos— por la vida de los niños y por la lectura, y como parte de un esfuerzo activo de estos por enseñarles todas las capacidades de respuesta crítica y análisis que nosotros mismos poseemos. Si no se hace en este contexto, los niños sí podrían ser influenciados por libros y programas de televisión tontos y superficiales o llenos de maldad. De hecho, eso ocurre. Por ello, nosotros como adultos tenemos el derecho —en realidad la obligación— de informar a los niños lo que consideramos es malvado, inmoral, vulgar o sencillamente tonto, sin negarles al mismo tiempo el acceso a ello.
Por eso, mis hijos han tenido que escuchar a sus padres discutir acerca de la estupidez de algunos libros que a ellos les gustaban, aunque les permitíamos disfrutar de esa estupidez. Cuando eran más pequeños, a menudo me negaba a leerles libros que no me gustaban, por ejemplo, libros que dejaron de interesarme después de haberlos leído cien veces, o cualquier cosa de los Ositos Cariñosos. Ellos podían ver esos libros por sí solos todas las veces que quisieran, pero no sin antes escuchar mis opiniones al respecto. Asimismo, tenían que escuchar a su padre y a su madre hablar con sarcasmo sobre las tonterías de algunos programas de televisión que veíamos con ellos, con lo cual aprendían a defender sus propios gustos o a compartir el sarcasmo. Me complace decir que ellos aprendieron rápidamente a hacer ambas cosas, y aunque hoy en día sus gustos y opiniones a menudo difieren de las de sus padres, comparten nuestro placer e interés por discutir estos asuntos.
En otras palabras, nos esforzamos por enseñarles que hay opiniones distintas sobre ciertas experiencias que les daban placer. No sólo tenían que reconocer la existencia de estas opiniones distintas; también tenían que aprender a pensar, para de ese modo defender —o incluso cambiar— sus propios gustos e intereses. Su inocencia estaba acorazada, no sólo por el conocimiento, sino por haber aprendido formas responsables de pensamiento.
Algunos dirán que este nivel de participación por parte de los adultos no es posible para todos, que no todos son especialistas en literatura para niños, que muchas personas encargadas de cuidar un niño tienen otras responsabilidades y sencillamente no tienen tiempo para leer los libros que leen los niños bajo su responsabilidad, o para ver los programas de televisión que ven dichos niños, y mucho menos para discutir esas experiencias con sus hijos. Pero uno no necesita ser especialista en la materia para comunicar a los niños la reacción que uno siente ante un libro, basta con tener la disposición para responder con honestidad, y ser consecuente con esa respuesta. Y en cuanto a los que no tienen tiempo para este tipo de conversaciones, no estoy tan dispuesto a absolver a gente que por lo menos debería sentirse culpable por su falta de participación. Los niños sí requieren cuidado, y un cuidado responsable consume tiempo y esfuerzo; por ello hay que hacer un esfuerzo por leer y comentar un par de libros sobre ardillas y princesas de cuentos de hadas, si esto contribuye a que los niños bajo nuestro cuidado no absorban valores que nos parecen aborrecibles y, con el tiempo, no terminen siendo el tipo de personas que afirmamos despreciar. Creo que esto es precisamente lo significativo.
Más aún, estoy convencido de que son pocas las personas con niños a su cargo que no participan en su vida intelectual e imaginativa por insensibilidad o falta de interés. Una vez que han desechado su fe en el valor o inevitabilidad de la ignorancia infantil, los adultos con los que he conversado estos asuntos aceptan tranquilamente la responsabilidad de darle a los niños un conocimiento más amplio del mundo y orientarlos para que desarrollen una forma más sabia de comprenderlo.
Y lo hacen porque esto les enseña una cosa sumamente importante: al darles libertad y responsabilidad para escoger por sí mismos, la mayoría de los niños escogen sabiamente. En su descripción del columpio de cuerdas en el establo de Zuckerman contenido en Charlotte’s Web, E. B. White indica que los padres siempre se preocupan de que los niños accidentalmente se caigan del columpio y se hagan daño. Pero según White, “los niños casi siempre se aferran más tenazmente a las cosas de lo que creen sus padres”. Yo también lo creo, se aferran tanto a las cuerdas como a los valores de quienes velan por ellos, pero no nos corresponde a nosotros los adultos aferrarnos por ellos para inculcarles un falso sentido de seguridad.
Fotografía de Liliana Gelman.


Nota

(*) Una persona que leyó los borradores de este ensayo sugirió que los ejemplos de actitudes censoras que utilicé son tan absurdos que los lectores de épocas posteriores y de otros lugares podrían pensar que las inventé a manera de chiste. No lo hice, y no son chistes. De acuerdo a la información suministrada por el “Book and Periodical Council for Freedom to Read Week 1992”, las escuelas en Lloydminister, situada en la frontera entre Albert y Saskatchewan, retiraron las copias del libro Thomas’ Snowsuit de Robert Munsch de sus bibliotecas escolares entre 1989-89, temiendo que el libro socavaría la autoridad de los directores de planteles en general. Para comienzos de 1992, el libro todavía no estaba disponible en dos escuelas de Lloydminister. Mientras tanto, en febrero de 1992, muchos diarios canadienses informaron que los miembros del sindicato IWA-Canadá en la Costa del Sol, al norte de Vancouver, habían exigido que el libro Maxine’s Tree de Diane Leger-Haskell (Orca, 1990) fuese retirado de las bibliotecas escolares, tildando el libro de “ofensivo para los leñadores”. Parece que uno de los miembros del sindicato exigió esta medida después que su hija de seis años leyó el libro en la escuela y llegó a la casa a decirle, “Lo que tú haces es malo, papá” (Globe and mail, febrero 1992).


Bibliografía
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  • ZIMMERMAN, Barry J. “Social Learning Theory: A contextualist account of cognitive functioning”. Brainerd, Recent Advances…, 1-50.


Perry Nodelman es un especialista, docente y escritor canadiense de literatura infantil y juvenil. Es Doctor en Literatura Victoriana por la Universidad de Yale (1969) y desde 1975 se especializó en la enseñanza y escritura de literatura infantil. Durante 37 años (1968-2005) fue profesor del Departamento de Inglés de la Universidad de Winnipeg y ahora es Profesor Emérito.
Fue presidente de la Asociación de Literatura Infantil de Canadá y publicó alrededor de cien artículos sobre literatura infantil y juvenil en revistas especializadas, muchos de ellos focalizados en la teoría literaria como un contexto para entender los libros para chicos.
Escribió libros de análisis y crítica sobre el género: Words About Pictures: The Narrative Art of Children’s Picture Books, The Pleasures of Children’s Literature (un libro de texto utilizado en universidades de Estados Unidos y Canadá, que va por su tercera edición, escrita en colaboración con Mavis Reimer), y The Hidden Adult: Defining Children’s Literature.
Fue editor de dos revistas académicas: Children’s Literature Association Quarterly (1983-87), y CCL/LCJ, the Canadian children’s literature journal (2004-2008); y actualmente forma parte del Comité Editorial de las revistas Jeunesse, IRCL, y The Journal of Children’s Literature Studies
Como escritor de ficción para niños y jóvenes es autor de cuatro novelas: The Same Place But Different y su secuela A Completely Different Place; Behaving Bradley, y Not a Nickel to Spare: the Great Depression Diary of Sally Cohen. En colaboración con Carol Matas escribió una serie de cuatro novelas fantásticas para jóvenes lectores —Of Two Minds, More Minds, Out of Their Minds, y A Meeting of Minds— y la trilogía Ghosthunter: The Proof that Ghosts Exist, The Curse of the Evening Eye, y The Hunt for the Haunted Elephant.
Fotografía: grajewski fotograph inc.

Las fotografías que acompañan este artículo pertenecen a la serie “La biblioteca” de Liliana GelmanImaginariawww.lilianagelman.com. Y también en Imaginaria, el artículo “Exposición fotográfica “La biblioteca”; libros abandonados y reencontrados”. agradece su autorización para reproducirlas. Para ver más obras de Liliana Gelman hay que visitar su página web: 

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En: http://www.imaginaria.com.ar/?p=7582#more-7582