26/06/2012

Alicia Steimberg: adiós al humor y la melancolía de una judía porteña

 Por Guido Carelli Lynch

Su libros recuperan la tradición judía y lo autobiográfico. Sus talleres eran famosos.


18/06/12
Ayer, a las 10.30, como todos los domingos, la escritora Alicia Steimberg iba a encontrarse con su amiga y colega Ana María Shua en Las Violetas, la confitería clásica del barrio de Almagro. Así se lo confirmó por e–mail el sábado, a las 15, dos horas antes de que una descompensación cardíaca la invadiera durante un té con amigas. Steimberg murió poco después de ingresar al Hospital Italiano. Tenía 78 años.
Nació en Buenos Aires en 1933 y dedicó toda su vida a la literatura, escribiendo libros, formando colegas en sus talleres, traduciendo o durante su paso por la dirección del Libro de la secretaría de Cultura, entre 1995 y 1997.
En 1971 publicó el primero de sus 14 libros y el más recordado de todos: Músicos y relojeros , finalista de varios premios internacionales. En 1973 escribió La loca 101 y el mismo año ganó el Satiricón de Oro. “Para mí fue el encuentro con un modo de decir muy diferente al que estaba acostumbrado –tenía algo muy extranjero y a la vez muy argentino– con registros del humor coloquial, cierta locura, algo muy revelador, fresco e interesante”, la evocaba ayer Guillermo Martínez. El autor de Crímenes imperceptibles recordaba agradecido los consejos que Steimberg le regaló en sus inicios; no fue el único beneficiado. La rosarina Patricia Suárez –Premio Clarín de Novela– no olvida sus enseñanzas simples pero reveladoras. “Era como una Madre Coraje de la literatura. ´Primero hay que saber escribir bien´, decía. Era una mercera judía de la literatura”, relata Suárez, que una vez le preguntó cómo hizo para escribir su novela erótica Amatista (1989), que le valió una mención en el premio La Sonrisa Vertical, de la editorial Tusquets. Steimberg le enseñó cajones, con cientos de páginas viejas y le reveló un secreto simple, sencillo, genial: “Hay que guardar todo lo que uno escribe, porque un día lo escribís de otra manera”. En Aprender a escribir (2004) enseña algunas claves.
Shua, que escribió con Steimberg Antología del amor apasionado , recuerda que a su amiga le gustaba “irse por las ramas”, la asociación libre. “Por eso era tan original su escritura. No sabía qué vericuetos iba a elegir para contarte lo que te quería contar. Era una escritura de 24 horas sobre 24, todo el tiempo estaba inventando y creando”, dice Shua. Pero no lo aconsejaba. En 2004, en una entrevista con Clarín , dejó una advertencia para los jóvenes autores: “no sean escritores las 24 horas del día. Eso vuelve loco a cualquiera”. Tenía fe en el divague.
También se servía de lo autobiográfico, algo que también aparece en Músicos y relojeros . Esas eran, de hecho, las profesiones de sus antepasados judíos. El psiconálisis, la tradición judía y el terror se mezclan en sus historias.
Ganó una beca Fullbright en 1983 y el Premio Planeta del Sur (1992), entre otros. Hoy, sus restos serán velados, a partir de las 7 en Córdoba 3677. Quedan sus libros, sus enseñanzas, tres hijos, y un sinnúmero de autores que aprendieron a escribir con ella, en sus talleres o leyéndola.

En: http://www.clarin.com/sociedad/Alicia-Steimberg-melancolia-judia-portena_0_721127956.html
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30/05/2012

Miguel de Unamuno

¿PRETENDES DESENTRAÑAR LAS COSAS...?





¿Pretendes desentrañar
las cosas? Pues desentraña
las palabras, que el nombrar
es del existir la entraña.
Hemos construido el sueño
del mundo, la creación
con dichos; sea tu empeño
rehacer la construcción.
Si aciertas a Dios a darle
su nombre propio, le harás
Dios de veras, y al crearle
tú mismo te crearás.
La lección te pongo en verso
por sujetar su osamenta,
que el hueso del universo.
sobre compás se sustenta.



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26/05/2012

Un día en la vida de Galeano


Por Jorge Fernández Díaz | LA NACION

El hombre que sueña prodigios tiene sueños insignificantes en la cama. Pero su mujer entra en la noche como en el cine, y a primera hora, mientras desayunan café con leche y jugos y frutas, Helena lo humilla contándole las peripecias que ha vivido con los ojos cerrados. La compañera de Galeano soñó una vez que los dos hacían una larga cola, en un aeropuerto irreconocible, y que todos los pasajeros llevaban sus almohadas bajo el brazo. Había una máquina que escaneaba las almohadas para descubrir si los ciudadanos habían tenido sueños peligrosos. Eduardo y Helena permanecían en esa fila esperando su turno, temiendo que la detectora de sueños incorrectos hiciera sonar su chicharra y ellos tuvieran que pagar de algún modo por esos pecados nocturnos. Eduardo, por supuesto, anota esos cuentos; ella sueña obras maestras.
Desde hace mucho tiempo, Galeano y su mujer han decidido eliminar de su dieta diaria el almuerzo. Les cortaba el día, y el escritor se sentía embotado: parecía una boa que se había comido una vaca, y entonces vagaba por las horas arrastrando los pies, hecho un zombi. Es por eso que en su casa de Malvín se desayuna de manera opípara y se cena fuerte y caliente. En el medio, sólo algunos bocadillos, ciertos cafés al paso y poco más. Pero ese desayuno es uno de los grandes momentos de dicha, no sólo porque Helena narra sus sueños de Paramount, sino también porque ella posee una voracidad sin límites por las noticias. Galeano es inmune al diario, y apenas utiliza la televisión para ver fútbol. Pero Helena es diarómana y radiómana, está hiperinformada, y le gusta leerle a su marido notas que le producen alegría o indignación, y contarle cosas que ha escuchado en la radio o que ha visto en la pantalla. Desayunando con los Galeano es un programa abierto al mundo.
Escribe sólo cuando le pica la mano. Es la mano la que decide, él no le puede dar órdenes
Luego el escritor comienza su trabajo. Que no tiene horarios ni rutinas fijas. Escribe sólo cuando le pica la mano. Es la mano la que decide, él no le puede dar órdenes. Esa extraña debilidad proviene de un día remoto, en un bar cubano, cuando Galeano apreciaba las maravillas que un negro genial le sacaba a su tambor. Eduardo se le acercó en un momento de la velada y le preguntó cuál era su secreto. El negro le respondió: "Yo sólo toco cuando me pica la mano". Se sintió representado Galeano por ese capricho artístico. Si no escribe con esa "picazón", todo lo que surge es un poco ortopédico. Si se obliga no sale nada verdadero, porque es a contracorazón. En cambio, cuando le pica la mano todo fluye.
Su método es absolutamente original. Para que las ideas y las historias no se las lleve el viento, escribe en una libretita de dos centímetros por tres. Una miniatura que pesa como una pluma y entra en un puño cerrado: allí Galeano garabatea escrupulosamente citas, referencias, ocurrencias, datos y oraciones. Esas miniaturas sólo se consiguen en Florencia y en Venecia, aunque últimamente una lectora argentina las está fabricando especialmente para su héroe literario. La levedad de esas libretas pigmeas le permite a Eduardo cargarlas en un bolsillo del pantalón y perderlas con cierta facilidad. Abriendo al azar una de ellas hay en una hoja diminuta, escrita con letra precisa pero pequeña, un consejo que Maradona le dio a Messi hace dos años. Diego se refería al arte de los tiros libres. Le decía a Lionel: "No le saqués tan rápido el pie a la pelota porque así ella no sabe lo que vos querés". Una recomendación metafísica.
Más adelante, en la misma libreta, Galeano anota una frase de su nieta de cinco años. Se llama Lila y resume en esa corta línea el gran problema existencial del hombre moderno. Dice Lila, anota su abuelo: "Yo siempre quiero estar donde no estoy".
Galeano es un recolector, busca todo el tiempo en la vida y en los libros mariposas milagrosas, pretende lo imposible: que el gas de la creatividad humana no se ventee, que en su red queden atrapadas las pepitas de oro de la memoria del hombre, que no se pierdan en el río caudaloso de la existencia las enseñanzas del mundo y la memoria. Es una tarea agotadora, incesante, de algún modo enciclopédica, y es por eso que sus libros son un libro único y siempre distinto, una larga miscelánea, una serie de cajones de objetos preciosos que se enhebran de un modo enigmático.
Eduardo recorta diarios, subraya libros, navega por Internet. Puede pasarse diez horas en una biblioteca. Cuenta con una red de amigos que le acercan diamantes literarios. También compra volúmenes usados en la feria de Tristán Narvaja, ese fabuloso mercado de pulgas donde se pueden encontrar desde incunables hasta dentaduras.
Recorta diarios, subraya libros, navega por Internet. Puede pasarse diez horas en una biblioteca. Cuenta con una red de amigos que le acercan diamantes literarios. También compra volúmenes usados en la feria de Tristán Narvaja
Muchas veces busca, pero muchas más encuentra involuntariamente, perlas de la vida. Como cuando descubrió en un documento de 1912 un suceso desconocido de 1701. Lo rescató y allí está impreso en el segundo volumen de su obra crucial Memoria del fuego. Dice textualmente: "Los indios chiriguanos, del pueblo guaraní, navegaron el río Pilcomayo, hace años o siglos, y llegaron hasta la frontera del imperio de los incas. Aquí se quedaron, ante las primeras alturas de los Andes, en espera de la tierra sin mal y sin muerte. Aquí cantan y bailan los perseguidores del paraíso. Los chiriguanos no conocían el papel. Descubren el papel, la palabra impresa, cuando los frailes franciscanos de Chuquisaca aparecen en esta comarca, después de mucho andar, trayendo libros sagrados en las alforjas. Como no conocían el papel, ni sabían que lo necesitaban, los indios no tenían ninguna palabra para llamarlo. Hoy le ponen por nombre piel de Dios, porque el papel sirve para enviar mensajes a los amigos que están lejos".
A Eduardo le da mucho placer escribir, y también mucho trabajo. Tiene un sillón cómodo en casa donde traslada las anotaciones de sus libretas a cuadernos. Usa dos lapiceras, una roja y otra negra. Y después de mucha resistencia, añadió últimamente una computadora para la versión final. Puede pasarse una mañana entera con una frase. Guarda siempre sus cuadernos porque la tinta negra muestra la primera intención, y la roja las correcciones y los agregados. Esos cuadernos son como mapas de la búsqueda del tesoro. El tesoro es la palabra escondida. La palabra exacta.
Más tarde Galeano sale de casa y se dirige al centro o a Carrasco. Camina tres horas. Y ese ejercicio le resulta fundamental. Se considera, ante todo, un caminante. Dice que mientras camina las palabras le caminan por dentro. Que es un caminante caminado. Y que tiene suerte de vivir en Montevideo, porque eso le ahorra una fortuna en psicoanálisis. Galeano camina escribiendo, se detiene de tanto en tanto, anota algo en su libreta, y sigue a paso vivo. La gente lo saluda pero no lo molesta. Sabe o intuye que ese tipo anda metido en sus cosas y que tal vez esté un poco loco. Todos los artistas verdaderos lo están.
Dice que mientras camina las palabras le caminan por dentro. Que es un caminante caminado. Y que tiene suerte de vivir en Montevideo, porque eso le ahorra una fortuna en psicoanálisis
En algún punto de esa caminata el cazador de palabras recala, indefectiblemente, en el Café Brasilero, su segundo hogar. Ese templo es ya una leyenda literaria de Iberoamérica. Eduardo Galeano prácticamente no tuvo educación formal: sólo hizo la primaria y un año de la secundaria. Se formó en los cafés de Montevideo, donde escuchaba a los grandes narradores orales. Esos narradores contaban mentiras que decían la verdad. Galeano las atesoraba y fue así como escuchando aprendió a decir. Antes había tiempo para perder el tiempo. La vida moderna mató el arte de la conversación, que ya no es rentable para los bares ni para los seres humanos.
El autodidacta se ha convertido en uno de los escritores más populares de América Latina. Y además, viaja muy seguido a España, Italia y Francia, donde sus libros son un fenómeno editorial. También enseña en universidades norteamericanas. "¿Cómo puede ser que un progresista, un antiimperialista visceral, tenga tanto éxito en Estados Unidos?", se preguntan despectivamente algunos de sus críticos de izquierda y de derecha. Eso le hace mucha gracia a Galeano, que cita a Ambrose Bierce: "Quien no tiene enemigos no merece tener amigos". Pero lo cierto es que tardó mucho en poder entrar en el gran país del norte. Y admite que él mismo tuvo la culpa, puesto que cuando rondaba los 17 años pidió la visa y le dieron un formulario para llenar. Galeano creyó sinceramente que se trataba de un test de inteligencia. A la pregunta "¿Se prepone asesinar al presidente de Estados Unidos?", el adolescente respondió: "Sí". Eso lo dejó fuera del turismo y de los ambientes académicos estadounidenses, donde ahora está tan a gusto.
De regreso de cualquiera de esos viajes, lo espera la ceremonia del Brasilero, donde lee, escribe y se reencuentra con amigos. Galeano cultiva la amistad con ignotos y famosos. Es amigo desde hace muchos años de Serrat. Hace unos años, Eduardo le dijo a Joan: "Vos no podés seguir así, lo tuyo es grave. Vos no conocés el fainá". Esa delicia es femenina en Buenos Aires y masculina en Montevideo. Pero hay pocos lugares en el mundo donde no se la conoce. En Italia, de donde proviene, casi nadie sabe de su existencia, salvo quizás en algunos lugares de Génova. Serrat seguía igualmente remiso; a Galeano el asunto le parecía de extrema urgencia. Lo llevó hasta el bar Los Olímpicos, otro santuario popular de la gastronomía, y la fantasmal aparición de semejante celebridad armó un gran revuelo entre los parroquianos. El fainá era lo que Galeano más extrañaba en sus exilios. Pero Joan Manuel parecía inapetente. Hasta que comenzó a comer y a comer, y entonces no podía parar.
Helena es una excelente cocinera. Espera a su compañero al regreso de cada extenuante caminata con la cena prometida y con vino. Se conocieron en 1976. Ella es tucumana y estudió abogacía, aunque nunca ejerce. Escapando de las dictaduras militares, marcharon juntos al exilio. En Brasil los recibieron Tom Jobim y Chico Buarque. Pero no había muchas oportunidades laborales y siguieron viaje hacia Berlín; después se afincaron en España. Y regresaron a Montevideo en 1985. Helena es editora en jefa de su obra, podría figurar tranquilamente como coautora. Libra batallas homéricas por la prosa de Galeano. "Nos peleamos por las palabras -admite-. Ella viene con el hacha y yo me resisto." Una vez Onetti le dijo a Eduardo: "Las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio". Para darle prestigio a esa frase, Onetti mentía que era un proverbio chino. Sin embargo, al final de las pulseadas que el hombre y la mujer tienen por un adjetivo o por una oración entera, Galeano se pregunta: "¿Esto es mejor que el silencio?". No. Y entonces lo elimina. El último libro, Los hijos de los días, fue escrito once veces, buscando un estilo cada vez más concentrado. Cortar, cortar y cortar. Rulfo supo también ser su amigo y hacerle cariñosas recomendaciones: "¿Ves, Eduardo? -le dijo un día señalándole un lápiz de dos extremos utilitarios-. Mira bien. No se escribe con esto (la punta) sino con esto (la goma de borrar)". Y es por eso que al final, Eduardo siempre le da la razón a Helena.
Se liberó del fanatismo, pero ahora es fanático de la estética. Y está seguro de que los hinchas furiosos no disfrutan del fútbol
Juntos lidiaron con esta nueva antología de sensibilidades. Les ordenó el caos y a la vez les impuso una cárcel, la estructura elegida: el calendario de un año completo. De cada día nace un texto, porque estamos hechos de átomos pero también de historias, dice el cazador de palabras. De nuevo es un arcón de joyas inesperadas y exquisitas. El 21 de junio, Galeano escribe "Todos somos tú", algo que traía la corriente y que su tamiz no dejó pasar de largo. "En el año 2001, resultó sorprendente el partido de fútbol entre Treviso y Génova. Un jugador del Treviso, Akeem Omolade, africano de Nigeria, recibía frecuentes silbidos y rugidos burlones y cantitos racistas en los estadios italianos. Pero en el día de hoy, hubo silencio. Los otros diez jugadores del Treviso jugaron el partido con las caras pintadas de negro".
El fútbol es una cultura, un universo vibrante que atraviesa la existencia y la literatura de Galeano. Parece extraño pensar que Eduardo se llegaba a pelear a trompadas en la cancha y que ahora ese mismo hombre, sin dejar de hinchar por el Nacional, es capaz de relativizar las camisetas y los colores y las identidades simplemente para gozar del buen juego, de esa magnífica danza con pelota. Se liberó del fanatismo, pero ahora es fanático de la estética. Y está seguro de que los hinchas furiosos no disfrutan del fútbol. Galeano disfruta muchísimo de "esa fiesta de las piernas que juegan y de los ojos que ven", y está muy atento siempre a sus relatores. A los ideólogos del fútbol. Acaba de anotar en su libretita la frase de uno de ellos, que elogia a un gran ejecutor de pelota parada: "Es un erudito en la definición".
El cazador es un erudito de la fluidez. Busca que sus libros tengan un arroyo subterráneo que lleve al lector de los prolegómenos a los epílogos. Un arroyo secreto. Se sirve de su larga experiencia, y mezcla en todo eso sus distintas vocaciones y oficios. Galeano es periodista y lector, pero también de algún modo historiador, memoralista y antropólogo a la hora de escribir. En Los hijos de los días hay muy poca ficción. La realidad contiene muchas realidades, pero sin la imaginación de Galeano no podría contarse. Sin esa imaginación que se afila caminando no se podría traducir la realidad. Es por eso que narra, no con el cartesianismo del ensayo, sino con la imaginación de la novela. Pero no inventa nada. Se aferra siempre a la realidad real, esa dama demente y cambiante y resbalosa.
Aunque su tarea, como se dijo, parece infinita, y sus libros son apenas capítulos de un libro mayor, Galeano se deprime al terminar. Siente los mismos síntomas de puerperio que cualquier novelista. A continuación, entra en pánico. Se acabó todo. No podré volver a escribir. Pero luego de esos malos presagios, un día de repente la realidad toca a la puerta. Y él la reconoce de inmediato y todo recomienza.
Si cualquiera le preguntara, a lo largo del día, de qué trata profundamente su obra, Galeano aceptaría de manera cortés que es la extensa autobiografía de un lector y de un recolector de signos. El intento del corazón por recuperar los fulgores del arcoíris terrestre. "Que es mejor que el celeste, tan mutilado por el machismo, el racismo, el militarismo y el oscurantismo -advierte-. Los seres humanos somos mucho mejor de lo que nos contaron que fuimos."
Pudo haber sido un escritor de Montevideo, pero avanzó hacia América Latina. Y después se abrió al mundo. "Las fronteras del mapa y del tiempo -dice- son enemigas de la libertad creativa. No importa de dónde venga la historia, la escribo si me pica la mano."
Luego de cenar y cambiar risas e informaciones, los Galeano salen a caminar otro rato y a hacer la digestión. Caminan en la noche mientras las ideas les caminan por dentro. Caminantes caminados que van rumbo a la cama y al sueño. A veces, leen un poco antes de dormirse. Y se duermen al final sobre sus almohadas de sueños incorrectos..



23/05/2012

El narrador omnipresente


La muerte de uno de los referentes del Boom conmocionó esta semana la escena literaria mundial. En estas páginas, el académico Julio Ortega analiza con lucidez el valor de su obra y el escritor Edmundo Paz Soldán vislumbra su legado.

POR JULIO ORTEGA





Se me hace cuento que Fuentes ha muerto y estoy dispuesto a probar lo contrario. Así como Borges demostró que somos hechura de lo que hemos leído, y Cortázar probó que si no podemos cambiar el mundo debemos cambiar la función de la lectura, Fuentes ha establecido, sospecho yo, que nunca dejaremos de leer lo que hemos leído; esto es, que uno lee de nuevo cada vez, como si el tiempo fuese una invención de la lectura.
Por eso confesó Fuentes que leía el Quijote cada año, porque en el calendario de la lectura el libro es siempre otro. De modo que leer es una forma de rehacer el tiempo y escribir es darle al tiempo otra oportunidad. Carlos Fuentes ha sido especialmente generoso con el tiempo: le ha dado varias vidas, míticas, apocalípticas, fantásticas, políticas, históricas y simétricas. En sus manos, el tiempo se hizo maleable, en proceso, transitivo, puro transcurso en la errancia de vivir.
Hace ya varios años leí en la revista argentina Crisis un cuento de Carlos Fuentes en el que una pantera, que ha huido del zoológico, se oculta en el departamento de un hombre. Me impresionó el trazo dinámico, ligeramente irónico, de ese fresco relato, a la vez mundano y pesadillesco. Cuando me encontré con Fuentes le dije lo mucho que me había intrigado su último cuento, “Pantera en jazz”. “Pero si ese es uno de los primeros cuentos que he escrito”, protestó, divertido. “Pantera en jazz” es un cuento que no llegó a entrar en Los días enmascarados , que es de 1954. La revista había omitido el año de su publicación, pero, ¿por qué pude leerlo como un cuento reciente? En la Casa de América, en Madrid, en un foro de escritores, teniendo al lado a Carlos Fuentes como testigo de descargo, conté esta historia, pero añadí una variante.
Escrito por el Fuentes joven, propuse, era evidente el estilo maduro, que maneja con sabiduría la dinámica cambiante de una prosa autoconsciente. En cambio, escrito por el Carlos Fuentes actual, qué audacia de relato surreal, qué libertad de juego, en una prosa que reproduce el ritmo del jazz. Fuentes, quise decir, acudiendo a la fábula de Pierre Menard, ha novelizado la lectura, porque es al leer que le damos sentido a un texto suyo; a tal punto, que adquiere la forma de nuestra lectura. Si Borges dramatiza la escritura como interpretación del lector que se apropia del texto, Fuentes convierte en ficción el acto mismo de leer, que ocurre como un desdoblamiento del tiempo, como la libertad de rehacerlo por placer.
Por eso, concluí, todo indica que Fuentes ha escrito de joven sus obras más maduras, articuladas y fehacientes; y lo ha hecho para poder escribir, de mayor, su obra más joven y audaz. Se podría, en consecuencia, postular la hipótesis de que la temporalidad narrativa de su obra no sigue la lógica de la cronología, y por lo mismo no se debe a una arqueología de su lectura; sino que es una narrativa cuyo tiempo discurre hacia adelante, buscando su comienzo no en el pasado sino en el futuro. Paradoja, en efecto, de este tiempo revertido, gestado por la fuerza novelesca de la temporalidad, cuyo eje de lectura decide el recomienzo constante de su producción narrativa. Fuentes es nuestro mayor explorador del tiempo como sobrevida, como exceso de los límites naturales, y como simetría pulcra y pulida del barroco mexicano, formalista y agonista.
Cristóbal Nonato (1988), por ejemplo, me pareció en más de un sentido su novela más joven, por más inventiva e irreverente. Incluso, es clara la ironía de que el hecho histórico fundador, el descubrimiento de América, fuese aquí reescrito desde el futuro, desde una suerte de ucronía o distopía, porque esta novela reescribe el pasado para demostrar su apocalíptica disolución futura. Si Joyce creyó que la Segunda Guerra Mundial se había declarado para interferir la lectura de su Finnegans Wake , se podría decir, en este humor paradójico, que el quinto centenario del descubrimiento de América sólo se podía celebrar como su desfundación radical. Así, en esta novela se trata del recomienzo de México como un des-cubrimiento, o develación futurística de su fragmentación, lo que ocurre en el lenguaje, y su desmontaje carnavalesco y a la vez trágico, de la pérdida del mundo conocido.
Y no en vano su libro más temporal, tan urgido de presente que se rehúsa a concluir, El naranjo (1993), sugiere en varios momentos un diálogo con los primeros libros del autor, como si esos libros se miraran por un instante en los nuevos relatos, y comprobaran, gracias a estos destiempos y entretiempos, que acaban de ser escritos. No es sino revelador, por lo mismo, que Fuentes haya llamado “La edad del tiempo” a la serie de su narrativa relanzada por la editorial Alfaguara; reordenamiento de “tiempos” narrativos, donde se incluye los libros que su autor aún no había escrito, como si fuesen ya parte del mapa tangible de su obra. Una obra, por lo demás, que más que una geografía, es una tiempo-grafía, donde discurre la tinta de la actualidad permanente de la letra.
Pero si esta obra no se ordena por la cronología de su escritura ni por la histórica que reescribe, es porque organiza otra temporalidad, hecha de anticipaciones y anacronismos, donde el tiempo de la fábula circula en su propio registro, consumando y consumiendo los escenarios de su energía inquieta y traza barroca. Precisamente, el orden es aquí el recomienzo, el proyecto de una lectura donde los textos se leen mutuamente, y donde todo acontece de nuevo bajo una nueva atención. El “tú” al que se dirige el Narrador de Aura es el joven historiador, pero también es el lector para siempre joven en el lenguaje que le abre las puertas del tiempo narrativo.
Pues bien, si leer a Fuentes es suspender la temporalidad (edad cíclica), es también recorrerla lúcidamente (edad histórica); y esto es así porque en la lectura pasamos de una orilla a otra, y desde un margen alcanzamos el siguiente. Es una obra, quiero decir, que adquiere imprevistas y renovadas resonancias en la relectura. Está hecha, se diría, para acrecentarse en la relectura. Y ya no es casual que releída hacia atrás nos revele sus anticipaciones como otro afincamiento en nuestra margen de presente. Fuentes escribe en el escenario de la lectura, del lenguaje procesado y transformado por el presente sin fondo de leer un texto dentro de otro, una conversación bajo otra: escenifica la letra y la voz de la cambiante verbalización del mundo, de su permanente invención. Por ello, hay una dimension única de lo real hablándonos desde estos libros suyos. Si García Márquez necesitó cien años para escribir, como si fuese leída en unas horas, su novela milagrosa; y si Joyce necesitó un día para probar la banalidad del bueno de Leopold Bloom, Carlos Fuentes ha necesitado, en cambio, los quinientos años (con la excepción de su novela, pre-histórica, dedicada a Numancia, y un cuento, futurístico, sobre Adan y Eva, dos robots enamorados) de nuestra edad histórica para su espectacular temporalidad narrativa. Por eso, releemos sus libros no sólo como si fuesen todos recientes, sino como si estuviésemos leyendo el pasado en el futuro, y a nosotros mismos en un relato siempre por venir. Fuentes, quiero proponer, le ha dado actualidad a nuestra historia, al recobrar sus voces como si fuesen de mañana.


El presente conquistado

La historia deja de ser cronológica y gana otra edad discursiva, la de nuestra historicidad. En contra de las versiones traumáticas de la experiencia latinoamericana (que aseguran que nuestro ser histórico está por hacerse, que nuestra identidad “dependiente” ha sido incautada por los poderes dominantes, que nuestra hechura psicológica nos condena a la repetición del pesimismo, y que la colonia es el modelo que nos repite), la obra de Fuentes nos reafirma en el presente reconquistado por la lectura; revelando no las fáciles síntesis ni los meros pluralismos, sino la realización y el drama de la mezcla, la alegría y el riesgo de la diferencia, la apuesta por nuestro espacio, mapa y hábitat hecho en las afirmaciones plurales y su energía inquisitiva, su poder crítico que desmonta los programas de control hegemónico y diversifica radicalmente la representación de la historicidad del presente. De allí que el sentido de lo histórico se de como su actualización, que no es sino la política de la imaginación del cambio y la radicalidad de lo nuevo. Como bien dice Anthony Giddens: “La historicidad puede ser definida como el uso del pasado para ayudar a dar forma al presente... (Es) el conocimiento del pasado como medio de romper con él... La historicidad, de hecho, nos orienta precisamente hacia el futuro.” Es el caso extraordinario de La muerte de Artemio Cruz (1962), escrita en el albor de la revolución cubana pero exactamente como su revés: los comienzos de la promesa revolucionaria son vistos desde el fin de la experiencia revolucionaria mexicana, y así los tiempos del comienzo se leen, se descifran, en los tiempos del fin.


Una estrategia propia

Si los relatos y novelas de Carlos Fuentes ocurren como distintas versiones de la temporalidad, esa exploración es una ampliación de la naturaleza de la fábula. La calidad fabularia y fabulosa de estos libros se hace patente en la diversidad de sus fórmulas, en el cambiante registro de sus representaciones, en el diverso protocolo de su lectura. Pero esa exploración temporal es también una textualidad compleja. Cada libro proyecta una estrategia narrativa propia, que no se puede repetir en otro relato, y que se consuma como la forma misma de la fabulación. Podemos, por lo mismo, proponer la hipótesis de que estas obras se cumplen como una de las instancias paradigmáticas del cambio literario. Por ello, la innovación las distingue. Innovar implica renovar, recomenzar, reformular. Por eso, su primera obra maestra, Aura (1962) es una novela breve gótica que ocurre en el futuro; su obra más señera, La muerte de Artemio Cruz (insólitamente del mismo año), es una novela crítica y política que distribuye en cada persona narrativa (tú, yo, él) un tiempo complementario, que es espacio de asedio, acción y memoria; su obra mayor, Terra Nostra (1975), es una monumental construcción mitopoética, que suma los tiempos y los funde; y Cristóbal Nonato (1987), su novela más libérrima, hace del Apocalipsis una refundación humorística.
Teóricamente, las poéticas del cambio se dan frente a y en contra de las poéticas de la normatividad, esto es, de los códigos y cánones que configuran, por un lado, el horizonte de la repetición como sistema de referencias letradas; y, por otro, la matriz discursiva, el archivo de modos del discurso, que definen un estilo, una productividad, una modulación generica. La repetición es necesariamente estructurante, porque corresponde a las normas, los rituales y protocolos de la continuidad. Mientras que el archivo discursivo corresponde a las formas de habla, a la dicción de un estilo, y es modélico. Por eso, luego de haberse privilegiado la noción de cambio y desautomatización bajo la influencia de las vanguardias y de los formalistas rusos, se pasó a favorecer las nociones estructurales que privilegiaron los levantamientos cartográficos del enunciado y el significante. Y, más recientemente, a la luz de los cambios suscitados por la crítica de los modos de producción tecnológica, y gracias a los nuevos movimientos sociales y políticos, que cuestionan el programa de la modernidad, se han privilegiado las articulaciones socio-culturales. Las opciones son hoy menos polares, más inclusivas, y también más independientes de aparatos que totalizan la lectura. De varios de esos modos asumidos por el proceso crítico de leer se ha beneficiado la obra de Fuentes en su contexto internacional. Y es así que ha sido leída como parte del realismo mágico, como adelantada del relato postmoderno, como iniciadora de la nueva novela histórica... El propio Fuentes ha puesto en práctica una rearticulación de orillas remotas y contrarias, en ese tratado de sumas hispanoamericanas que es El espejo enterrado (1992), uno de los adelantos de la perspectiva crítica transatlántica.
Por lo mismo, la idea de que las vanguardias habían terminado, y que vivíamos el fin de la experimentación (una idea favorecida por el escepticismo conservador y el pragmatismo del término medio liberal) ha sido contestada por las reapropiaciones formales del posmodernismo; especialmente por Jean-François Lyotard cuando afirma que “en las diversas invitaciones a suspender la experimentación artística, hay un mismo llamado al orden, al deseo de unidad, de identidad, de seguridad, o de popularidad... para esos escritores nada es más urgente que liquidar la herencia de las vanguardias”. Ese patrimonio de la novela contemporánea, consagrado por la obra de Carlos Fuentes, es hoy nuestra instrumentación narrativa, tan fresca como ayer, capaz de nutrir de vigor el proyecto de una nueva novela, ese permanente mito del presente en que esta obra nos ha educado a leer más de lo que leemos.
Si la obra de Fuentes es un paradigma del cambio no es porque siga el dictamen modernista de la búsqueda de la originalidad a ultranza, sino porque sus formulaciones exploran las aperturas del texto y amplían las funciones representacionales. Es revelador el hecho de que sus novelas más innovadoras son aquellas que trabajan sobre espacios socio-históricos más codificados; como si la fractura de la sintaxis narrativa, de las atribuciones del lenguaje mismo, fuera el instrumento más seguro para desbasar y cuestionar lo que pasa por lo real; por ello, esas novelas no son gratuitamente experimentales sino aplicadamente exploratorias. Es el caso de La región más transparente (1958), que socava una sociedad convencional que reproduce el fracaso; de La muerte de Artemio Cruz , cuya fragmentación y diversificación busca subvertir el edificio del poder corrupto, las articulaciones de la política y la economía en el monopolio del estado; y de Cristóbal Nonato , que imagina un fin del mundo mexicano donde las formas del poder autoritario son puestas en entredicho por la libertad jocosa del lenguaje permutante. Esto no quiere decir que la innovación sea instrumental, sino que contradice la saturación de los lenguajes, la usurpación de los sentidos. Tiene, así, implicancia política, y fuerza emancipatoria. Se puede adelantar la conclusión de que estas novelas son poderosos aparatos contra la Retórica: descubren tras las representaciones su carácter construido, los lugares que sostienen a los discursos, el interés y la banalidad de los poderes en control, y también la fuerza de revelación y contradicción que hay en la búsqueda de una verdad no por improbable menos urgida de hacerse lugar en los discursos.
Pero, aun si acontece fuera del orbe social, la innovación en sí misma posee la fuerza impugnadora del deseo. ¿Cómo se podría haber escrito Aura al mismo tiempo que La muerte de Artemio Cruz sino fuese porque ambas responden con el deseo a la tiranía de la muerte? En una carta a Fuentes, Cortázar se mostró sorprendido por la coincidencia de ambas novelas en el mismo año, pues las encontró, como son, demasidado distintas, y prefirió el carácter fantástico de la primera. Pero son también íntimamente próximas, como si se hubiesen puesto de acuerdo para asaltar los límites, en un caso, de la subjetividad del amor más allá de la muerte; y en el otro, de la representación del poder desde su disolución. Cambiar, así, es desear; es proyectar en el espacio del deseo la estrategia de una celebración reafirmativa a través del simulacro, el espectáculo y el diálogo, para recuperar con el puro flujo del arte la mutualidad de la cultura, sus magias imparciales y alegrías filiales. Le debemos, a él y a su obra, esa lección de integridad creativa; su fidelidad a la promesa, tan nuestra, de cambiar este mundo a partir de la próxima lectura.
Julio Ortega es ensayista y escritor peruano, profesor de estudios hispanoamericanos en la Universidad de Brown (Estados Unidos).

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19/05/2012

Dante Gabriel Rossetti

Sueño nupcial
Cesó el amor con un largo gemido,
Y, cual la gota se desprende lenta
De la hoja cuando amaina la tormenta,
La pasión fue atenuando su latido.


Separados los cuerpos del florido
Esponsal que aún su dulce aroma alienta,
En los ardientes labios se aposenta,
Ansia y dolor, un ósculo encendido.

En su deriva los sumió un sereno
Sueño y sus cuerpos navegaron bellos
Entre el rielar de acuáticos destellos.

Como un naufrago inmenso fuese el día
Y al despertar de aquel hechizo ameno
A su lado, ho milagro, ella seguía.

De: La casa de la vida. Editorial Pretextos
En: Revista adn cultura La Nación, 27/04/2012


24/01/2012

Umberto Eco: los 80 años del hombre de la rosa

Combinó erudición y trama policial en “El nombre de la rosa”, un best seller mundial.

POR Julieta Roffo


Tal vez la primera señal haya sido nacer en un pueblo con un nombre tan bibliófilo como Alessandria, que quiere decir “Alejandría” en italiano. Quizás el presagio de un universo lleno de letras, como era la gran Biblioteca egipcia no haya sido una coincidencia en la vida de Umberto Eco, el filósofo, novelista y semiólogo que mañana cumplirá 80 años.

“Vivimos para los libros”, dice su primera y consagratoria novela, El nombre de la rosa, de 1980. Y aunque sus primeros pasos como autor los dio con una historieta artesanal inédita, antes de sumergirse en la ficción vino la ciencia. Eco estudió Filosofía y Letras en Turín e investigó a Santo Tomás de Aquino, que tal vez significó el nacimiento de una de sus pasiones, la Edad Media. 

Como semiólogo publicó numerosos libros, como el clásico Apocalípticos e integrados, de 1964, en el que indagó sobre la relación entre la cultura popular y los medios de comunicación, o su Tratado de semiótica general, de 1975. En ese tratado, explica el especialista Eliseo Verón –gestor de la primera visita de Eco al país, en 1970– “sistematizó el conocimiento que había del campo gracias a su trabajo tan ordenado; esa fue su gran contribución”. 

Oscar Steimberg, colega de Verón y de Eco, también subraya la importancia que el italiano tuvo para “organizar y dar a conocer el campo de estudio de la semiología en su conjunto”. Steimberg entiende que Eco “cumplió la función de producir teoría pero también de difundirla, y esa generosidad no siempre se da. Nunca eludió la polémica ni dio un tema por terminado, y su trabajo permitió a muchos iniciarse en la investigación”. 

Por fuera de la Academia, el autor también abre el juego a la discusión: la última vez fue en noviembre, cuando anticipó la dimisión del entonces premier italiano, Silvio Berlusconi. “Cuando se vaya, los problemas no van a desaparecer, pero al menos el país será más respetado en el extranjero”, dijo el autor.

Su literatura cobró protagonismo con El nombre de la rosa, donde hay un detalle que resuena en la Argentina. En la abadía donde transcurre la novela en 1327 hay un bibliotecario ciego llamado Jorge de Burgos. “Hay una suerte de homenaje a Borges, pero no porque haya llamado Burgos al bibliotecario. Al igual que los pintores del Renacimiento, que colocaban su retrato o el de sus amigos, yo puse el nombre de Borges, como el de tantos otros amigos”, le dijo Eco a Clarín en 1992. “La idea divirtió a Borges”, cuenta María Kodama, viuda del autor de Ficciones . “Le leí algunos capítulos y me dijo que en italiano debía ser un texto espléndido porque la traducción había sido muy buena”, recuerda, y define a Borges y a Eco como “hombres del Renacimiento, con un gran conocimiento y una curiosidad infatigable”.

La trama de El nombre..., que se tradujo a 47 idiomas y vendió más de 15 millones de ejemplares, mezcla lo policial con su interés por la filosófía medieval. Ese cruce de pesquisa y persecución se repite en El cementerio de Praga, de 2010, y es sin duda otro de los grandes intereses de Eco, quien estudió el método deductivo que Arthur Conan Doyle le inventó a su célebre Sherlock Holmes, y que es un reconocido fanático de James Bond.

Aunque las ventas de su primera novela fueron inalcanzables, las de El péndulo de Foucault –su segunda ficción, de 1988, definida por él como “ El Código Da Vinci de un hombre pensante”– también impactó: “En Argentina se vendieron 5 mil ejemplares en cuatro días… pero los editores no vimos un peso, se comió todo la hiperinflación”, recuerda Daniel Divinsky, de Ediciones De la Flor. Él fue, en sociedad con Lumen, quien trajo al país por primera vez un texto de Eco en los años setenta: fue Los 3 astronautas. “Su obra combina una dosis abundantísima de información en manos de un científico de la literatura, con una escritura muy atractiva”, explica Divinsky.

“Soy de los que piensan que a menudo el libro es más inteligente que su autor y que el lector puede hallar referencias que el escritor no había pensado”, dijo Eco alguna vez. Lo descubrió rodeado de libros, los que escribió y los que leyó durante ochenta años, desde que todo empezó en Alessandria.
Certifica.com
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18/01/2012

Borges, la biblioteca popular que nació en un contenedor


Miércoles 23 de noviembre de 2011 | Publicado en edición impresa
Fomentar la lectura / Esfuerzo educativo con apoyo del Estado

Funciona en el barrio El Cóndor, de Bariloche, por iniciativa de maestros de la zona
Por Soledad Maradona  | Para LA NACION
Foto: LA NACION / Alfredo Leiva

La falta de recursos para construir un edificio de material o una cabaña de madera como son habituales en la zona cordillerana llevó a las docentes emprendedoras de la Biblioteca Popular Jorge Luis Borges a adaptar un contenedor marítimo, esos que cargan los barcos y que se pueden ver en las zonas portuarias.
La biblioteca, con más de 6000 ejemplares de textos para niños, pedagogía, narrativa, autores regionales y otras temáticas, está concentrada en un coqueto contenedor que tomó la forma de las viviendas del barrio El Cóndor, en el acceso este de Bariloche, con la instalación de un techo a dos aguas color verde y una importante tarea de aislamiento en las paredes para afrontar el invierno.
"Es lo que pudimos construir. El anhelo es tener un espacio para hacer talleres de lectura, pero ante la incertidumbre de la tierra no volvimos a impulsar el proyecto para obtener recursos", contó a LA NACION Lelia García, docente de la Escuela Primaria Nº 71 y presidenta de la biblioteca.
El contenedor tiene una prolija distribución de estanterías rebosantes de libros con el máximo aprovechamiento del reducido espacio, una mesa para recibir a tres chicos por vez y la computadora de la administración. No hay espacio para hacer talleres ni otra actividad grupal.
La ubicación no es casual. Ubicar la biblioteca en la plaza con una cesión de uso dada por la municipalidad permitió alentar el paso de los chicos que a veces juegan a la pelota y se les ocurre golpear la puerta para leer algún libro. En verano colocan sillas afuera para que alguna vecina se sume a la lectura mientras sus hijos juegan al aire libre.
"La biblioteca es una malla de contención social, instamos a que reconozcan el espacio como propio, a cuidarlo. Eso lo pudimos lograr cuando un grupo de chicos pintó con aerosol la puerta. Los buscamos, les explicamos que esto es para el barrio y después nos ayudaron a limpiar los grafitis", afirmó Lelia.

Difíciles comienzos

El Cóndor tiene mucha movilidad, vecinos que rotan porque alquilan, un barrio de trabajadores que comenzó décadas atrás con un plan de viviendas del Estado y que tiene pocos o casi ningún espacio para la contención de los chicos.
Frente a esta realidad, la profesora de geografía Alicia Cabrera comenzó a moverse en soledad, 8 años atrás, para crear una biblioteca al pensar que era una necesidad por la distancia de más de 3 kilómetros del centro y por la población en expansión hacia el Este.
Cabrera tocó puerta por puerta en el barrio para contar su proyecto y pedir la donación de libros. Así surgió la primera etapa de la biblioteca, que funcionó en una habitación de su casa durante casi 5 años hasta que, con la personería jurídica y el reconocimiento de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip), se obtuvieron las tierras del espacio público.
La biblioteca funciona dos horas diarias con la atención voluntaria de las docentes de la comisión directiva. Tiene más de 100 socios, muchos de ellos vitalicios y que incluso no viven en el barrio. Cada año suma unos 400 libros, al usar el cupo de compra en la Feria del Libro y recursos dados por la Conabip.
Se prestan libros entre socios cuando no están en el stock y se creó un esquema para comprar libros escolares para ayudar a las familias numerosas, que tienen el compromiso de devolver el texto a la biblioteca para ser utilizado por otros chicos en los años siguientes.
Mientras reposa por problemas de salud, Alicia Cabrera comenzó a escribir la historia de la Biblioteca Popular Jorge Luis Borges. "Algún día, cuando se convierta en una institución grande, será valioso recordar el comienzo que tiene la biblioteca, vinculado con el sentir ciudadano", sintetizó Lelia García..




En: http://www.lanacion.com.ar/1425580-borges-la-biblioteca-popular-que-nacio-en-un-contenedor

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12/01/2012

Cassany y la escritura

“Los chicos escriben en Internet con ayuda de otras personas, se escriben entre ellos, se comentan, se responden. Cada vez más, la escritura es una cosa compartida, cooperativa”. Entrevista con Daniel Cassany





Daniel Cassany es Licenciado en Filología Catalana y ha ejercido la enseñanza en varios centros. Desde 1993 es profesor de Análisis del Discurso en Lengua Catalana de la Universidad Pompeu Fabra. Ha escrito libros y ensayos sobre comunicación escrita y didáctica de la Lengua y dirige, desde fines de 2004, el grupo de investigación denominado Literacidad crítica, que aspira a desarrollar recursos para enseñar a los ciudadanos a leer la ideología de los discursos.
Invitado por la Fundación El Libro, Daniel Cassany ha estado presente en las Jornadas para Docentes y Mediadores de Lectura de la 21º Feria del Libro Infantil y Juvenil de Buenos Aires. Allí, luego de su conferencia (1), mantuvimos esta conversación acerca de las prácticas de lectura y escritura y cómo la escuela y las nuevas tecnologías inciden sobre ellas.

—En tu libro Describir el escribir (2) planteabas que no hay secretos ni magia en la actividad de escribir. ¿Qué significa esto?
—Esa frase hay que contextualizarla en una época en que eran más conocidas las investigaciones sobre la lectura, pero todavía no se conocían mucho las investigaciones sobre la escritura. Entonces este concepto tenía que ver con desmitificar algunas cuestiones relacionadas con la escritura, como que debemos esperar a que llegue la inspiración o la idea de que hay personas que saben escribir y personas que no.

—Entonces, ¿todos podemos ser escritores?
—Una buena metáfora es la de conducir. Creo que casi todos podemos conducir un auto para vivir en el mundo actual, si necesitas ir de un lugar a otro de la ciudad puedes hacerlo. Pero si tú quieres correr un Rally o ser un piloto de Fórmula 1, eso ya es más difícil, porque seguramente necesitarás talento. Y el talento es una cosa más inaprensible, que muy probablemente en parte tenga algo de nacimiento y en parte algo de desarrollo. Todos tenemos la posibilidad de desarrollar mínimas capacidades para poder circular por la vida “motorizada” que nos ha tocado. En este sentido, leer y escribir sería igual: está claro que hay personas que tienen más talento para escribir y otras que tienen menos.

—¿Hay “recetas” para aprender a escribir?
Las hay. Sin embargo, las recetas te llevan a lugares comunes, son útiles para resolver el día a día, pero no son brillantes para encandilar a tu audiencia, para emocionarla o convencerla. Tampoco son malas las recetas… cuando tienes que escribir una cosa nueva que nunca antes has visto, lo primero que haces es buscar una receta. Pero luego aprendes a transgredirla y le das tu propio toque personal.

—También mencionabas que muchas de las supersticiones que giran en torno a la escritura, provienen de la enseñanza. ¿Te referías específicamente a la enseñanza en colegios secundarios?
—A toda la enseñanza… A hablar aprendemos de manera natural, entonces las ideas sobre el habla provienen más de la sociedad en general, de la familia, de los amigos, de la comunidad. Pero la escritura —por lo menos en nuestra cultura occidental— se desarrolla sobre todo en la escuela. No es así en otras culturas: por ejemplo en el mundo islámico, la escuela comparte el protagonismo con la mezquita, entonces la escritura está muy vinculada a la religión. Hay otras culturas como la de los eslavos, rusos y ucranianos donde es muy habitual que los niños aprendan a leer y escribir en sus casas. En Occidente esto no es tan común, aquí la mayoría de las ideas que tenemos de la escritura provienen de la escuela.

—¿Cómo debería ser entonces el rol del docente al enseñar a escribir?
—En este contexto debería tener que dejar de mirar la escritura como algo literario y verlo como algo mucho más funcional y necesario. No se trata de formar literatos sino formar ciudadanos letrados. El docente tiene que tratar la escritura de manera más científica.

—Retomando una idea que habías planteado en tu conferencia, ¿qué pasa cuando el profesor corrige un texto y se lo devuelve al alumno pero no hay posibilidad de comentar o compartir en clase las distintas producciones de los chicos?
Yo creo que hoy en día aprender a escribir solo es una idea muy obsoleta. Los chicos escriben en Internet con ayuda de otras personas, se escriben entre ellos, se comentan, se responden. Los textos quedan allí, tú ves lo que hacen los demás. Cada vez más, la escritura es una cosa compartida, cooperativa. La escuela tiene que empezar a trabajar de una manera más conjunta y el docente es quien debe crear las condiciones adecuadas para que esto suceda. Una de las cosas que puede hacer es ayudar a los alumnos a mejorar sus textos, haciendo correcciones, hablando con ellos y propiciando el diálogo. También puede plantear consignas para que los alumnos escriban en parejas o en pequeños grupos.

—¿Cómo debería apropiarse la escuela de estas nuevas tecnologías que supone el uso de Internet?
—No es una pregunta sencilla, porque se trata de un proceso bastante complejo. Hay en primer lugar un tema económico de adquisición de medios, que no significa solamente la adquisición de máquinas sino también la instalación de wi-fi potentes que soporten el acceso de tanta gente al mismo tiempo, instalación de redes eléctricas para el suministro de energía, creación de materiales didácticos para que tenga sentido el uso de las computadoras, formación de los docentes para que sepan utilizar todo eso. Es un cambio muy profundo que difícilmente va a suceder en poco tiempo. En algunos países que están más avanzados en este proceso dan a entender que hay un cierto desencanto porque circulan ideas mágicas que suponen que teniendo una computadora todo cambiará de golpe, los chicos aprenderán más y tendrán menos dificultades. Poner una máquina es sencillo; sin embargo, cambiar los hábitos de las personas, modificar su forma de comunicarse a través de este instrumento, es mucho más lento y difícil.
Consultado sobre el libro de texto, Daniel Cassany sostiene que la enseñanza se basa mucho en su implementación y al mismo tiempo se trata de una industria que genera muchos puestos de trabajo. “Si hay laptop no hay libro de texto”, afirma y enseguida se pregunta: “¿qué hacemos entonces con él? Yo creo que no existe el libro de texto en Internet, ya que allí hay una enorme cantidad de recursos y si puedes navegar no tiene sentido que estés atado a un libro de texto. Precisamente lo interesante es eso: tener acceso y visitar muchísimos lugares. El libro de texto de nuestros abuelos era la enciclopedia donde estaba todo: lectura, aritmética, cálculo, historia. La historia del libro de texto es la historia de la diversificación”.

—Hablaste en un momento de “construir un tercer espacio”. ¿Podrías contarnos qué significa?
—Tenemos, por un lado, prácticas vernáculas, creadas por los chicos, y, por otro, prácticas escolares, que son las oficiales, las legitimadas. La idea sería construir un tercer espacio —que no es físico sino mental— donde sea posible establecer conexiones entre los dos mundos. El conocimiento oficial conecta con las necesidades de los alumnos y se convierte en algo vernáculo que les gusta incorporar a sus prácticas habituales. Por otro lado, es posible relacionar lo vernáculo con elementos de la tradición cultural, de la alta literatura y entonces adquiere más sentido y se revaloriza la práctica vernácula.
A la pregunta sobre cómo se forman lectores, Daniel Cassany responde que “para aprender a leer necesitas libros, pero también precisas que alguien te muestre cómo conectarlos con tu vida. Una cosa es la disponibilidad de material: tú tienes que tener libros para poder aprender a leerlos. Otro aspecto es el acceso y esto tiene que ver con que alguien te muestre cómo se utilizan, porque a lo mejor, alguien que no sabe los pone debajo de la silla para estar más alto o los utiliza como objetos decorativos. Implica también darte cuenta del beneficio que tienen para ti y cuando esto ocurre es cuando tú empiezas a generar motivación para aprender a hacerlo y lo personalizas”.


Notas de Imaginaria

(1) La conferencia “Literatura juvenil electrónica: remix, fanfic, posts y blogs” —pronunciada el viernes 22 de julio de 2011 durante las 21º Jornadas para Docentes y Mediadores de Lectura en la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Buenos Aires— se puede ver completa en el sitio de Daniel Cassany dentro de la página web Universidad Pompeu Fabra.
(2) Cassany, Daniel. Describir el escribir. Cómo se aprende a escribir. Barcelona, Editorial Paidós, 1988.



En:http://www.imaginaria.com.ar/2011/12/entrevista-con-daniel-cassany/
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