11/09/2011

Recordando a David Viñas

13/03/11 En una sala repleta, lo recordaron Piglia, Sarlo, Jitrik, Serrano, Mizraje y muchos más.

PorEzequiel Alemián
ESPECIAL PARA CLARIN 

En un auditorio colmado de gente de varias generaciones, la Biblioteca Nacional homenajeó ayer a David Viñas. “¿Le hubiera gustado a David este acto?”, se preguntó Horacio González, director de la institución. La respuesta fue unánime: “no”. Y después el auditorio entero se rió de la situación. González definió a la práctica de Viñas como la de “dar vueltas las hojas de una polémica incesante”.
Américo Cristófalo recordó que mientras estaba internado, Viñas comparó la sala de terapia intensiva con un barco, y mencionó la palabra “box”, que quienes lo acompañaban confundieron con un pedido de cigarrillos. “El viaje y la pelea son dos metáforas que lo definieron siempre”, dijo Cristófalo.
Se proyectó el video de una clase, del año 2009, en la que se ve a Viñas leyendo España, aparta ese cáliz de mí , de César Vallejo; Cristina Banegas leyó fragmentos de una de sus novelas.
Después, el primero de una larga lista de oradores fue Ricardo Piglia, quien recordó que la figura de Viñas funcionó, para los intelectuales de su generación, como la gran referencia para pensar las posibilidades de ser un escritor de izquierda. “¿Hay una manera de escribir propia de la izquierda?”, recordó Piglia la pregunta que se formulaban leyendo a Viñas.
María Gabriela Mizraje contó que días antes de su internación, Viñas le pidió que lo acompañara a despedirse de la Laguna de Monte, y que llegando al lugar, ya en zona de campos, él se asomaba a la ventanilla del auto y gritaba “¡Van Gogh!, ¡Van Gogh!”.
Después Beatriz Sarlo se refirió a sus dos grandes maestros: Jaime Rest y Viñas. “No podían ser más diferentes”, dijo. De Viñas subrayó su capacidad para sintetizar poder de observación y escritura, y la desfachatez con que escribía. “Era revelador porque leía todo a contrapelo”, aseguró.
En nombre de sus alumnos, Gabriela García Cedro eligió como las mayores enseñanzas de Viñas “la necesidad de pensar en series, el impulso a atravesar los textos, y la obligación casi de razonar siempre en contra de uno mismo”.
Raúl Serrano recordó que la coherencia de Viñas hizo que muchas veces estuviese aislado, pero que esa conducta, y la disciplina de pensar siempre en contra de uno, fueron dos rasgos ejemplares, que, dijo Serrano, “uno ha aprendido de él que son imprescindibles para seguir peleando”.
Soledad Silveyra leyó un fragmento de una obra de Viñas sobre Trinidad Guevara y se despidió diciendo: “si a alguien recuerdo con mucho amor, es a quienes me han enseñado a vivir un amor distinto. Es para las alumnas de David, que siempre estuvieron con él”.
Ana María Zubieta lo despidió en nombre de la Facultad de Letras, y Noé Jitrik recordó los sesenta años de relación que tuvo con Viñas: “treinta muy juntos, y treinta muy separados”. “Me dio la posibilidad de repensar la forma en que yo mismo podía introducirme en el campo de la literatura”, dijo.
Daniel Freidemberg definió a Viñas como uno de los grandes poetas de la Argentina. “Amaba las palabras, y como muy pocos se dejó ganar por la fuerza del lenguaje”, dijo.
Al cierre de esta edición, los amigos seguían recordándolo.

Diez libros imprescindibles

La Biblioteca Nacional dio a conocer una carta escrita por Viñas hace pocos meses en la cual enumera los que considera los 10 libros ineludibles para comprender la cultura argentina.
En el orden en que los puso, son: Viajes, de Domingo Faustino Sarmiento; Muerte y transfiguración del Martín Fierro, de Ezequiel Martínez Estrada; El juguete rabioso, de Roberto Arlt; Cuentos, de Rodolfo Walsh; Fundación mitológica de Buenos Aires, y Sur, de Jorge Luis Borges; Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla; Poemas dedicados a Negrita, de Baldomero Fernández Moreno; Los gauchos judíos, de Alberto Guerchunoff; Zogoibi, de Luis Emilio Soto, y Organito, de Discépolo.

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