19/05/2012

Dante Gabriel Rossetti

Sueño nupcial
Cesó el amor con un largo gemido,
Y, cual la gota se desprende lenta
De la hoja cuando amaina la tormenta,
La pasión fue atenuando su latido.


Separados los cuerpos del florido
Esponsal que aún su dulce aroma alienta,
En los ardientes labios se aposenta,
Ansia y dolor, un ósculo encendido.

En su deriva los sumió un sereno
Sueño y sus cuerpos navegaron bellos
Entre el rielar de acuáticos destellos.

Como un naufrago inmenso fuese el día
Y al despertar de aquel hechizo ameno
A su lado, ho milagro, ella seguía.

De: La casa de la vida. Editorial Pretextos
En: Revista adn cultura La Nación, 27/04/2012


24/01/2012

Umberto Eco: los 80 años del hombre de la rosa

Combinó erudición y trama policial en “El nombre de la rosa”, un best seller mundial.

POR Julieta Roffo


Tal vez la primera señal haya sido nacer en un pueblo con un nombre tan bibliófilo como Alessandria, que quiere decir “Alejandría” en italiano. Quizás el presagio de un universo lleno de letras, como era la gran Biblioteca egipcia no haya sido una coincidencia en la vida de Umberto Eco, el filósofo, novelista y semiólogo que mañana cumplirá 80 años.

“Vivimos para los libros”, dice su primera y consagratoria novela, El nombre de la rosa, de 1980. Y aunque sus primeros pasos como autor los dio con una historieta artesanal inédita, antes de sumergirse en la ficción vino la ciencia. Eco estudió Filosofía y Letras en Turín e investigó a Santo Tomás de Aquino, que tal vez significó el nacimiento de una de sus pasiones, la Edad Media. 

Como semiólogo publicó numerosos libros, como el clásico Apocalípticos e integrados, de 1964, en el que indagó sobre la relación entre la cultura popular y los medios de comunicación, o su Tratado de semiótica general, de 1975. En ese tratado, explica el especialista Eliseo Verón –gestor de la primera visita de Eco al país, en 1970– “sistematizó el conocimiento que había del campo gracias a su trabajo tan ordenado; esa fue su gran contribución”. 

Oscar Steimberg, colega de Verón y de Eco, también subraya la importancia que el italiano tuvo para “organizar y dar a conocer el campo de estudio de la semiología en su conjunto”. Steimberg entiende que Eco “cumplió la función de producir teoría pero también de difundirla, y esa generosidad no siempre se da. Nunca eludió la polémica ni dio un tema por terminado, y su trabajo permitió a muchos iniciarse en la investigación”. 

Por fuera de la Academia, el autor también abre el juego a la discusión: la última vez fue en noviembre, cuando anticipó la dimisión del entonces premier italiano, Silvio Berlusconi. “Cuando se vaya, los problemas no van a desaparecer, pero al menos el país será más respetado en el extranjero”, dijo el autor.

Su literatura cobró protagonismo con El nombre de la rosa, donde hay un detalle que resuena en la Argentina. En la abadía donde transcurre la novela en 1327 hay un bibliotecario ciego llamado Jorge de Burgos. “Hay una suerte de homenaje a Borges, pero no porque haya llamado Burgos al bibliotecario. Al igual que los pintores del Renacimiento, que colocaban su retrato o el de sus amigos, yo puse el nombre de Borges, como el de tantos otros amigos”, le dijo Eco a Clarín en 1992. “La idea divirtió a Borges”, cuenta María Kodama, viuda del autor de Ficciones . “Le leí algunos capítulos y me dijo que en italiano debía ser un texto espléndido porque la traducción había sido muy buena”, recuerda, y define a Borges y a Eco como “hombres del Renacimiento, con un gran conocimiento y una curiosidad infatigable”.

La trama de El nombre..., que se tradujo a 47 idiomas y vendió más de 15 millones de ejemplares, mezcla lo policial con su interés por la filosófía medieval. Ese cruce de pesquisa y persecución se repite en El cementerio de Praga, de 2010, y es sin duda otro de los grandes intereses de Eco, quien estudió el método deductivo que Arthur Conan Doyle le inventó a su célebre Sherlock Holmes, y que es un reconocido fanático de James Bond.

Aunque las ventas de su primera novela fueron inalcanzables, las de El péndulo de Foucault –su segunda ficción, de 1988, definida por él como “ El Código Da Vinci de un hombre pensante”– también impactó: “En Argentina se vendieron 5 mil ejemplares en cuatro días… pero los editores no vimos un peso, se comió todo la hiperinflación”, recuerda Daniel Divinsky, de Ediciones De la Flor. Él fue, en sociedad con Lumen, quien trajo al país por primera vez un texto de Eco en los años setenta: fue Los 3 astronautas. “Su obra combina una dosis abundantísima de información en manos de un científico de la literatura, con una escritura muy atractiva”, explica Divinsky.

“Soy de los que piensan que a menudo el libro es más inteligente que su autor y que el lector puede hallar referencias que el escritor no había pensado”, dijo Eco alguna vez. Lo descubrió rodeado de libros, los que escribió y los que leyó durante ochenta años, desde que todo empezó en Alessandria.
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18/01/2012

Borges, la biblioteca popular que nació en un contenedor


Miércoles 23 de noviembre de 2011 | Publicado en edición impresa
Fomentar la lectura / Esfuerzo educativo con apoyo del Estado

Funciona en el barrio El Cóndor, de Bariloche, por iniciativa de maestros de la zona
Por Soledad Maradona  | Para LA NACION
Foto: LA NACION / Alfredo Leiva

La falta de recursos para construir un edificio de material o una cabaña de madera como son habituales en la zona cordillerana llevó a las docentes emprendedoras de la Biblioteca Popular Jorge Luis Borges a adaptar un contenedor marítimo, esos que cargan los barcos y que se pueden ver en las zonas portuarias.
La biblioteca, con más de 6000 ejemplares de textos para niños, pedagogía, narrativa, autores regionales y otras temáticas, está concentrada en un coqueto contenedor que tomó la forma de las viviendas del barrio El Cóndor, en el acceso este de Bariloche, con la instalación de un techo a dos aguas color verde y una importante tarea de aislamiento en las paredes para afrontar el invierno.
"Es lo que pudimos construir. El anhelo es tener un espacio para hacer talleres de lectura, pero ante la incertidumbre de la tierra no volvimos a impulsar el proyecto para obtener recursos", contó a LA NACION Lelia García, docente de la Escuela Primaria Nº 71 y presidenta de la biblioteca.
El contenedor tiene una prolija distribución de estanterías rebosantes de libros con el máximo aprovechamiento del reducido espacio, una mesa para recibir a tres chicos por vez y la computadora de la administración. No hay espacio para hacer talleres ni otra actividad grupal.
La ubicación no es casual. Ubicar la biblioteca en la plaza con una cesión de uso dada por la municipalidad permitió alentar el paso de los chicos que a veces juegan a la pelota y se les ocurre golpear la puerta para leer algún libro. En verano colocan sillas afuera para que alguna vecina se sume a la lectura mientras sus hijos juegan al aire libre.
"La biblioteca es una malla de contención social, instamos a que reconozcan el espacio como propio, a cuidarlo. Eso lo pudimos lograr cuando un grupo de chicos pintó con aerosol la puerta. Los buscamos, les explicamos que esto es para el barrio y después nos ayudaron a limpiar los grafitis", afirmó Lelia.

Difíciles comienzos

El Cóndor tiene mucha movilidad, vecinos que rotan porque alquilan, un barrio de trabajadores que comenzó décadas atrás con un plan de viviendas del Estado y que tiene pocos o casi ningún espacio para la contención de los chicos.
Frente a esta realidad, la profesora de geografía Alicia Cabrera comenzó a moverse en soledad, 8 años atrás, para crear una biblioteca al pensar que era una necesidad por la distancia de más de 3 kilómetros del centro y por la población en expansión hacia el Este.
Cabrera tocó puerta por puerta en el barrio para contar su proyecto y pedir la donación de libros. Así surgió la primera etapa de la biblioteca, que funcionó en una habitación de su casa durante casi 5 años hasta que, con la personería jurídica y el reconocimiento de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip), se obtuvieron las tierras del espacio público.
La biblioteca funciona dos horas diarias con la atención voluntaria de las docentes de la comisión directiva. Tiene más de 100 socios, muchos de ellos vitalicios y que incluso no viven en el barrio. Cada año suma unos 400 libros, al usar el cupo de compra en la Feria del Libro y recursos dados por la Conabip.
Se prestan libros entre socios cuando no están en el stock y se creó un esquema para comprar libros escolares para ayudar a las familias numerosas, que tienen el compromiso de devolver el texto a la biblioteca para ser utilizado por otros chicos en los años siguientes.
Mientras reposa por problemas de salud, Alicia Cabrera comenzó a escribir la historia de la Biblioteca Popular Jorge Luis Borges. "Algún día, cuando se convierta en una institución grande, será valioso recordar el comienzo que tiene la biblioteca, vinculado con el sentir ciudadano", sintetizó Lelia García..




En: http://www.lanacion.com.ar/1425580-borges-la-biblioteca-popular-que-nacio-en-un-contenedor

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12/01/2012

Cassany y la escritura

“Los chicos escriben en Internet con ayuda de otras personas, se escriben entre ellos, se comentan, se responden. Cada vez más, la escritura es una cosa compartida, cooperativa”. Entrevista con Daniel Cassany





Daniel Cassany es Licenciado en Filología Catalana y ha ejercido la enseñanza en varios centros. Desde 1993 es profesor de Análisis del Discurso en Lengua Catalana de la Universidad Pompeu Fabra. Ha escrito libros y ensayos sobre comunicación escrita y didáctica de la Lengua y dirige, desde fines de 2004, el grupo de investigación denominado Literacidad crítica, que aspira a desarrollar recursos para enseñar a los ciudadanos a leer la ideología de los discursos.
Invitado por la Fundación El Libro, Daniel Cassany ha estado presente en las Jornadas para Docentes y Mediadores de Lectura de la 21º Feria del Libro Infantil y Juvenil de Buenos Aires. Allí, luego de su conferencia (1), mantuvimos esta conversación acerca de las prácticas de lectura y escritura y cómo la escuela y las nuevas tecnologías inciden sobre ellas.

—En tu libro Describir el escribir (2) planteabas que no hay secretos ni magia en la actividad de escribir. ¿Qué significa esto?
—Esa frase hay que contextualizarla en una época en que eran más conocidas las investigaciones sobre la lectura, pero todavía no se conocían mucho las investigaciones sobre la escritura. Entonces este concepto tenía que ver con desmitificar algunas cuestiones relacionadas con la escritura, como que debemos esperar a que llegue la inspiración o la idea de que hay personas que saben escribir y personas que no.

—Entonces, ¿todos podemos ser escritores?
—Una buena metáfora es la de conducir. Creo que casi todos podemos conducir un auto para vivir en el mundo actual, si necesitas ir de un lugar a otro de la ciudad puedes hacerlo. Pero si tú quieres correr un Rally o ser un piloto de Fórmula 1, eso ya es más difícil, porque seguramente necesitarás talento. Y el talento es una cosa más inaprensible, que muy probablemente en parte tenga algo de nacimiento y en parte algo de desarrollo. Todos tenemos la posibilidad de desarrollar mínimas capacidades para poder circular por la vida “motorizada” que nos ha tocado. En este sentido, leer y escribir sería igual: está claro que hay personas que tienen más talento para escribir y otras que tienen menos.

—¿Hay “recetas” para aprender a escribir?
Las hay. Sin embargo, las recetas te llevan a lugares comunes, son útiles para resolver el día a día, pero no son brillantes para encandilar a tu audiencia, para emocionarla o convencerla. Tampoco son malas las recetas… cuando tienes que escribir una cosa nueva que nunca antes has visto, lo primero que haces es buscar una receta. Pero luego aprendes a transgredirla y le das tu propio toque personal.

—También mencionabas que muchas de las supersticiones que giran en torno a la escritura, provienen de la enseñanza. ¿Te referías específicamente a la enseñanza en colegios secundarios?
—A toda la enseñanza… A hablar aprendemos de manera natural, entonces las ideas sobre el habla provienen más de la sociedad en general, de la familia, de los amigos, de la comunidad. Pero la escritura —por lo menos en nuestra cultura occidental— se desarrolla sobre todo en la escuela. No es así en otras culturas: por ejemplo en el mundo islámico, la escuela comparte el protagonismo con la mezquita, entonces la escritura está muy vinculada a la religión. Hay otras culturas como la de los eslavos, rusos y ucranianos donde es muy habitual que los niños aprendan a leer y escribir en sus casas. En Occidente esto no es tan común, aquí la mayoría de las ideas que tenemos de la escritura provienen de la escuela.

—¿Cómo debería ser entonces el rol del docente al enseñar a escribir?
—En este contexto debería tener que dejar de mirar la escritura como algo literario y verlo como algo mucho más funcional y necesario. No se trata de formar literatos sino formar ciudadanos letrados. El docente tiene que tratar la escritura de manera más científica.

—Retomando una idea que habías planteado en tu conferencia, ¿qué pasa cuando el profesor corrige un texto y se lo devuelve al alumno pero no hay posibilidad de comentar o compartir en clase las distintas producciones de los chicos?
Yo creo que hoy en día aprender a escribir solo es una idea muy obsoleta. Los chicos escriben en Internet con ayuda de otras personas, se escriben entre ellos, se comentan, se responden. Los textos quedan allí, tú ves lo que hacen los demás. Cada vez más, la escritura es una cosa compartida, cooperativa. La escuela tiene que empezar a trabajar de una manera más conjunta y el docente es quien debe crear las condiciones adecuadas para que esto suceda. Una de las cosas que puede hacer es ayudar a los alumnos a mejorar sus textos, haciendo correcciones, hablando con ellos y propiciando el diálogo. También puede plantear consignas para que los alumnos escriban en parejas o en pequeños grupos.

—¿Cómo debería apropiarse la escuela de estas nuevas tecnologías que supone el uso de Internet?
—No es una pregunta sencilla, porque se trata de un proceso bastante complejo. Hay en primer lugar un tema económico de adquisición de medios, que no significa solamente la adquisición de máquinas sino también la instalación de wi-fi potentes que soporten el acceso de tanta gente al mismo tiempo, instalación de redes eléctricas para el suministro de energía, creación de materiales didácticos para que tenga sentido el uso de las computadoras, formación de los docentes para que sepan utilizar todo eso. Es un cambio muy profundo que difícilmente va a suceder en poco tiempo. En algunos países que están más avanzados en este proceso dan a entender que hay un cierto desencanto porque circulan ideas mágicas que suponen que teniendo una computadora todo cambiará de golpe, los chicos aprenderán más y tendrán menos dificultades. Poner una máquina es sencillo; sin embargo, cambiar los hábitos de las personas, modificar su forma de comunicarse a través de este instrumento, es mucho más lento y difícil.
Consultado sobre el libro de texto, Daniel Cassany sostiene que la enseñanza se basa mucho en su implementación y al mismo tiempo se trata de una industria que genera muchos puestos de trabajo. “Si hay laptop no hay libro de texto”, afirma y enseguida se pregunta: “¿qué hacemos entonces con él? Yo creo que no existe el libro de texto en Internet, ya que allí hay una enorme cantidad de recursos y si puedes navegar no tiene sentido que estés atado a un libro de texto. Precisamente lo interesante es eso: tener acceso y visitar muchísimos lugares. El libro de texto de nuestros abuelos era la enciclopedia donde estaba todo: lectura, aritmética, cálculo, historia. La historia del libro de texto es la historia de la diversificación”.

—Hablaste en un momento de “construir un tercer espacio”. ¿Podrías contarnos qué significa?
—Tenemos, por un lado, prácticas vernáculas, creadas por los chicos, y, por otro, prácticas escolares, que son las oficiales, las legitimadas. La idea sería construir un tercer espacio —que no es físico sino mental— donde sea posible establecer conexiones entre los dos mundos. El conocimiento oficial conecta con las necesidades de los alumnos y se convierte en algo vernáculo que les gusta incorporar a sus prácticas habituales. Por otro lado, es posible relacionar lo vernáculo con elementos de la tradición cultural, de la alta literatura y entonces adquiere más sentido y se revaloriza la práctica vernácula.
A la pregunta sobre cómo se forman lectores, Daniel Cassany responde que “para aprender a leer necesitas libros, pero también precisas que alguien te muestre cómo conectarlos con tu vida. Una cosa es la disponibilidad de material: tú tienes que tener libros para poder aprender a leerlos. Otro aspecto es el acceso y esto tiene que ver con que alguien te muestre cómo se utilizan, porque a lo mejor, alguien que no sabe los pone debajo de la silla para estar más alto o los utiliza como objetos decorativos. Implica también darte cuenta del beneficio que tienen para ti y cuando esto ocurre es cuando tú empiezas a generar motivación para aprender a hacerlo y lo personalizas”.


Notas de Imaginaria

(1) La conferencia “Literatura juvenil electrónica: remix, fanfic, posts y blogs” —pronunciada el viernes 22 de julio de 2011 durante las 21º Jornadas para Docentes y Mediadores de Lectura en la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Buenos Aires— se puede ver completa en el sitio de Daniel Cassany dentro de la página web Universidad Pompeu Fabra.
(2) Cassany, Daniel. Describir el escribir. Cómo se aprende a escribir. Barcelona, Editorial Paidós, 1988.



En:http://www.imaginaria.com.ar/2011/12/entrevista-con-daniel-cassany/
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03/01/2012

Hallan nuevas ruinas del primer asentamiento europeo en el país


Fue fundado por Caboto en 1527. Allí convivieron dos años españoles e indígenas.


Por: Mauro Aguilar - rosario@clarin.com - Rosario. Corresponsalía



En lo que se considera un hallazgo de alto valor histórico, un equipo de arqueólogos descubrió en la localidad santafesina de Puerto Gaboto nuevos restos del primer asentamiento europeo en Argentina. Los trabajos de campo determinaron que la extensión del Fuerte Sancti Spiritu, levantado en 1527 por Sebastián Caboto (así era su apellido original), es más amplio del que se creía. Allí convivieron españoles e indígenas hasta 1529, cuando las comunidades locales expulsaron a los invasores y quemaron el lugar. Desde esa posición los españoles proyectaban internarse en el continente en busca de oro y plata.
Científicos e historiadores que trabajan desde hace cinco años aseguran que el sitio tiene características únicas en Sudamérica. En ese lugar, ubicado a 75 kilómetros al norte de Rosario, se vivió la primera experiencia de convivencia en la Cuenca del Plata entre hispanos e indígenas. En el fuerte se ofició la primera misa, se sembró el primer lote de trigo y se realizó la primera sepultura.


“Lo que pudimos hallar fue que el sitio va más allá del tamaño que se pensaba”, explicó a Clarín el arqueólogo rosarino Guillermo Frittegotto, a cargo del proyecto de investigación. En 2009, con trabajos de geofísica, se comprobó la existencia de muros construidos con tierra apisonada, zanjas y fosos. Ahora se determinó que esas construcciones tienen una continuidad mayor en el terreno. El área ya conocida eran 1.050 metros cuadrados, y se sumarían 1.800 metros cuadrados más, aunque aún no se sabe si todo son ruinas. No hay crónicas históricas que describan el fuerte y su real tamaño.
“Este lugar es un hito. La puerta de entrada al continente la hace Caboto. Pudieron haber otras expediciones, pero la primera ocupación efectiva, la primera vez que el español se asienta y está más de 800 días conviviendo con los aborígenes, se da aquí”, explicó Frittegotto.

Hasta el momento se encontraron 52 dados óseos, más de 900 cuentas de vidrio –300 enteras–, una llave y clavos forjados de sección cuadrados, típicos del siglo XVI. Un dato que llamó la atención de arqueólogos e historiadores fue la identificación de pequeñas pelotas de mercurio en estado natural, un elemento frecuente para tratar la sífilis en el XVI.
Además de tratarse del primer asentamiento europeo en el país, los investigadores evalúan que el sitio tiene un alto valor histórico porque allí registraron tres ocupaciones. Antes de la llegada de Caboto estaba asentada una comunidad indígena de cazadores recolectores. Y después de expulsar a los españoles otra vez se instalaron grupos aborígenes.
En el terreno trabajan los arqueólogos Fabián Letieri, Gabriel Cocco y Cristina Pasquali; las antropólogas Marina Benzi y Marcela Valdata, la historiadora María Eugenia Astiz y la conservadora Nancy Genovés. Profesionales de la facultad de Ciencias Exactas de la UBA y de la Universidad del País Vasco se sumaron al proyecto.
Las ruinas de Sancti Spíritu están a 150 metros de la desembocadura del río Caracarañá sobre el Coronda. La características geográficas y el avance del agua hicieron que una porción del asentamiento desapareciera definitivamente.

En: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Ruinas_de_primer_asentamiento_europeo_en_Argentina_0_617938409.html


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15/12/2011

Lo que importa no es el libro, sino la lectura


Sábado 10 de diciembre de 2011 | Publicado en edición impresa

Por Ariel Torres | LA NACIÓN

Cory Doctorow no podría tener más razón cuando, en el prólogo a su multipremiada novela Someone Comes to Town, Someone Leaves Town, dice que hay que ser muy poco imaginativo para conjeturar que en el futuro habrá dispositivos de lectura que simularán la experiencia del libro de papel. Unas líneas más abajo admite, con la humildad de los que saben en serio, que "el negocio y la práctica social de los e-books será mucho, pero mucho más extraña que eso (...). De hecho, creo que probablemente será demasiado extraña para que podamos imaginarla hoy".
Cory no es uno de esos gurús que con solemne religiosidad venden humo de colores. Medio millón de copias de su primera novela se distribuyeron sin cargo en forma electrónica. Medio millón. Cualquiera anticiparía que eso afectó las ventas de su libro. Pero ocurrió exactamente lo contrario. Someone Leaves Town va por la quinta reimpresión.
Ouch.
Pero no voy a hablar de cómo diseñar modelos de negocio correctos en un mundo donde todo lo que llamamos información se ha convertido en cadenas de unos y ceros. No aquí, al menos.
Hay algo más, más profundo, quizás más complejo y más perturbador, y que debería preocuparnos más que el aspecto y la forma de comercialización de los libros del futuro. Me refiero a la lectura.
Difícil, aburrido, agotador
En varias ocasiones durante los meses últimos, quizá por el debate que coordiné en agosto para LA NACIÓN en el Malba sobre e-books, me he encontrado conversando con gente de la tecnología y de la cultura sobre el futuro del libro. Y uno de los interrogantes sobre los que insistí es: ¿Pero qué nos importa en realidad, el libro o la lectura?
Sí, ya sé. Parece una obviedad. Nos importa la lectura. Que los chicos lean y todo eso. Pero una de las cosas geniales de las obviedades es que podemos tenerlas delante de las narices durante siglos sin percatarnos de que esconden alguna clase de secreto. Por ejemplo, el Sol no sale sobre el horizonte. Es la Tierra la que se está moviendo. Ya sabe lo que este simple hallazgo causó en su momento.
La lectura, me temo, oculta una clave parecida. Queremos que los chicos lean libros, ¿no? Bueno, hasta donde recuerdo, y quizás alguien tenga una experiencia diferente, aprender a leer no es ni remotamente fácil. Respirar es fácil. Correr es fácil y divertido. Reírse es fácil, divertido y contagioso. Que te cuenten una historia es de lo más lindo que hay. Recuerdo que solían contarme cuentos antes de dormir. Esto hizo que con el tiempo empezara a imaginar mis propias historias, mientras intentaba conciliar el sueño. Así que incluso escribir es más fácil que leer. (Dicho sea de paso, los que escribimos profesionalmente pasamos mucho más tiempo trabajando en la cabeza que en el teclado; tipear es la parte sencilla del asunto.)
Así que vamos a aclarar algo de una vez. Leer es difícil y aburrido para un chico. Difícil, aburrido y agotador.
Sí, sí, es muy bueno que lean libros, pero no alcanza con predicarlo, e intentar incentivar la lectura conduce a una paradoja.
Deme solo unos minutos más.
Tarzán y el Capitán Nemo
Recuerdo que cuando la primaria ya me había aclarado qué significaban esos signos sobre el papel, mi padre decidió que era hora de que abandonara las historietas y leyera libros. Mejor intencionado que asesor literario, me abrumó primero con Tarzán de los Monos y luego con 20.000 Leguas de Viaje Submarino. Recuerdo también mi primera impresión luego de intentar con esos volúmenes: Nunca jamás voy a poder leer libros. Nunca.
Esas dos obras tenían un número de problemas para un chico, como constaté muchos años después. Primero, el número de páginas era descomunal. La letra era pequeña. Y aquella traducción de Verne podría haber arrasado con mi neocórtex, si hubiera persistido en soportarla a tan corta edad.
Por suerte, tiendo a desobedecer. Y soy un hombre afortunado. Fue así como encontré, tras la segunda mudanza que experimenté de pequeño, una caja repleta de unos libros que, calculo que por higiene cultural, habían sido erradicados de la biblioteca, que en la nueva casa pasó a ocupar su propio cuarto.
La caja, exiliada al altillo, contenía una docena de libros de ciencia ficción de la más baja estofa, con coloridas tapas que mostraban monstruos horribles y astronautas de escafandra reluciente, nave espacial inverosímil y novia rubia.
No pasaban nunca de las 120 páginas, en el más desproporcionado de los casos, y la letra era bien grande. Las historias, bueno, qué le puedo decir. Todos los clichés y un poco más.
Es decir, me encantaron.
Les debo mucho, además. Si no hubiera sido por ellos, nunca habría llegado a Flaubert, Dostoievski, Cortázar, Böll, Yourcenar, Rulfo, Salinger o Mishima. Les debo, de hecho, mi profesión, porque leer me llevó un día a preguntarle a mi madre exactamente cómo se hacían los libros. Aprendí entonces que alguien los escribía, y me puse a hacerlo. A los 10 años ya había llenado una pila de cuadernos Rivadavia de cien hojas y tapa dura con la Bic azul gruesa que a mí me gustaba.
En el nombre de la Rosa
Por supuesto, conservo esa colección de libritos descastados. Me permiten recordar algo elemental. Leer no está en nuestros genes. Oír y entender el lenguaje, sí. Leer, no.
Leer requiere un esfuerzo visual (leemos con la parte del ojo que ve detalles) y entrenar al cerebro para que use un área que se dedica a reconocer formas para extraerles significados que nada tienen que ver sus formas. Aprender a leer libros da trabajo, y a ningún chico en este planeta (y a mí menos que a ninguno) le gusta hacer esfuerzos. Todavía hoy tengo presente el día en que leí mis primeras 20 páginas. ¡Lo había logrado! ¡Veinte páginas! No lo podía creer.
Esa colección de poca monta, puesta a un lado para no infectar la mente del futuro lector con tonterías por debajo de Burroughs o Verne, me ha enseñado que la única forma de que alguien haga un esfuerzo es motivándolo.
El placer suele ser un gran motivador, anote.
Alambre de púa
Cuando terminé de leer esa sarta de lugares comunes y de blondas chicas salvadas de monstruos espantosos por héroes con armas de rayos láser me empezó a ocurrir algo muy raro.
Echaba de menos leer.
Como ahora sabía lo que era la ciencia ficción, rebusqué en la biblioteca por más libros de esa clase. Reincidí con las 20.000 Leguas -¡ay, los mandatos!-, pero el efecto fue igual de nocivo; ya dije por qué. Sin embargo, encontré otros libros más prometedores. Las tapas eran coloridas, aunque sin ilustraciones altisonantes, y la letra no requería una lupa. Los veteranos recordarán las colecciones Nebulae y Minotauro. Sus volúmenes eran más grandes que los libritos de la caja, y en general tenían más páginas, pero esto, ahora, ya no me inquietaba. Por el contrario.
Llegaron así a mi vida Asimov, Clarke, Bradbury, Sturgeon, Heinlein, van Vogt, Wyndham, Lovecraft (y buen susto me pegué) y Matheson (lo mismo).
Para entonces, estaba atrapado. Habiendo superado el entrenamiento inicial, cuando la lectura se ha vuelto una segunda naturaleza, nadie dejará esta práctica ni por todo el oro del mundo. Esa es la razón por la que los que somos lectores de libros de papel también leemos mucho en e-books. Porque lo que importa no es el libro, sino el milagro de la lectura.
Oh, sí, bueno, espere, claro que me gustan los libros de papel. Los amo. Ya lo he dicho. Y ya me han criticado por decirlo. Es más: perdemos ciertos derechos fundamentales al pasar del libro al e-book.
Seamos honestos, no obstante. Si durante los últimos 500 años la literatura hubiera venido impresa en rollos de alambre de púa, amaríamos el alambre de púa. Este amor es temporal. El otro, el de la lectura, es el que me preocupa.
Porque, ¿qué es leer?
Gracias, Harry
Sabemos qué no es leer. No es aburrido. No es difícil. No es ningún esfuerzo. No es agotador. Todo lo contrario. ¿Cuántas veces nos quedamos hasta cualquier hora para terminar esa novela de 570 páginas? ¿No le ocurre con un buen libro que no quiere que se termine, y eso que es de tamaño asteroide?
Ningún lector dejará un buen libro sobre la mesa ratona para decir: "Me siento cansado de leer, mejor pongo la tele". Quizá diga: "Me siento cansado para leer, mejor pongo la tele". Son cosas bien diferentes. Uno puede estar cansado para hacer algunas de las cosas que más le gustan en la vida.
¿Cómo es posible que algo que nos dio tanto trabajo aprender se convierta en uno de los mayores placeres de la vida y, a la vez, uno que, se dice, constituye una ventaja competitiva fundamental?
Este es uno de los grandes escollos del asunto. Estamos mezclando dos cosas y tratamos de resolver una paradoja. Cuando nos empecinamos en que los chicos lean libros argumentamos que leer es algo bueno y conveniente. Sí, está bien, pero eso no interesa para nada. Uno se enamora de la lectura, y el amor no se puede forzar. De hecho, el amor muchas veces no es conveniente.
Si aquella caja no hubiera estado escondida en el altillo, desterrada, hasta cierto punto prohibida, tal vez no le habría prestado atención.
El silencio de las bibliotecas
Me dicen a menudo que sólo Harry Potter ha logrado que una hija o un sobrino empiecen a leer. Bueno, lógico. ¿O pretendían lograrlo con Góngora?
Harry Potter es pura aventura, ocurre en la escuela, hay malos y buenos, sin medias tintas ni sutilezas psicológicas, y además está razonablemente bien escrito. ¿Es gran literatura? No. Pero es un portal que le ha permitido a millones de chicos atravesar el extenuante entrenamiento que los convierte en lectores. Parece diseñado para eso.
Leer un libro (no un título o medio párrafo) es un proceso muchísimo más extremo de lo que parece. Se puede trabajar todo el día oyendo (no escuchando) música, con la tele prendida, y hasta hablando por teléfono (si lo sabré). Pero cuando leemos no podemos hacer ninguna otra cosa. ¿Por qué cree que son tan silenciosas las bibliotecas?
Leer, lejos de lo que parece, no es un proceso pasivo. La literatura es iniciada por un escritor, pero realizada por el lector. El libro que usted lee no es el mismo que lee su vecino, aunque sea el mismo texto. Cualquier lector sabe que releer es reescribir ese libro en la conciencia.
Esta idea dislocada de que leer se parece a ver la tele o a poner música bajita de fondo es lo que lleva a tantos tropiezos a la hora de enseñar el placer de la lectura.
Leer no sólo es construir de nuevo lo que el autor, exquisita pero vanidosamente, ha plasmado; es hacerlo de un modo único. Mire a alguien leer. Notará que está casi perfectamente quieto, apenas muestra algunas expresiones faciales cada tanto y mueve los ojos de lado a lado. En ningún otro momento nos comportamos así, excepto cuando soñamos.
También sabemos que sólo hay dos instancias en las que un chico se queda quieto tanto tiempo. O está enfermo o está leyendo.
Miremos más profundamente el fenómeno de la lectura. La persona está pasando la vista por una delgada hilera de dibujitos negros sobre el papel blanco. Si hay algo desalentador de la lectura, para un chico, es la falta de ilustraciones. ¿No lo recuerda, acaso?
Leer es transformar esa maciza y en apariencia monótona masa de marcas en imágenes sublimes y emociones intensas. El milagro es doble, por lo tanto, porque el aspecto exterior del texto debe ser así de hosco para no interferir en este portento que estamos viviendo. Es decir: el texto es invisible para el lector. Este es el secreto que nos olvidamos de decirles a los chicos. Quizás, entusiasmados con la idea de ver cómo las áridas páginas se esfuman, concederían en dedicarle tiempo. No los defraudaríamos, pero sería una verdad a medias.
Las páginas no se esfuman, transmutan.
Ajá, ¿pero para qué sirve leer?
Creo que, además, tampoco tenemos muy claro por qué queremos que los chicos lean libros, que se conviertan en buenos lectores. ¿Por qué eso y no leer epígrafes o tweets? ¡Estamos en el mundo digital, éste es un suplemento de tecnología, qué es todo este jaleo con la lectura de libros! ¡YouTube rules!
Sí, pero en el fondo de nuestra conciencia sabemos que leer es independizarse. ¿Qué es leer? Leer es convertirse en una persona libre. ¿Por qué? Bueno, simple. Porque no existe ninguna otra destreza más importante en toda la formación de una persona, con la sola excepción -quizá- de la matemática. Eso sí, cualquiera puede aprender matemática leyendo libros. No al revés.
Sabemos que si nuestros hijos quieren tener un porvenir, si no feliz, al menos próspero, tienen que poder pasarse días enteros leyendo, no sólo sin cansarse, sino, por el contrario, disfrutándolo. Se llama estudiar.
No espere, sin embargo, que me ponga a hablar mal aquí de los videojuegos, las computadoras o Twitter, como parecería a estas alturas inevitable. No tiene nada que ver con esto. En el futuro, como me dijo alguna vez Antonio Ambrosini, quizá los textos puedan transferirse directamente a nuestros cerebros. Pero falta tanto para eso que ni siquiera podemos imaginar cómo será la sociedad cuando tal tecnología esté disponible. De momento, existe una única forma de transmitir conceptos complejos y profundos: la lectura. Hoy más que nunca.
¿Por qué nos empecinamos tanto en que los chicos lean libros?
Porque leer es poder.

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10/12/2011

La reedición por el 20 aniversario de “Achtung Baby”

 Escenarios - 06/12/11

Un dolor punzante en el estómago

La reedición por el 20 aniversario de “Achtung Baby”, Punto de inflexión en la carrera de la banda U2, confirma Al álbum como la alegoría de una ciudad y, al mismo tiempo, una reflexión desgarrada sobre enamoramiento.

POR Luis Diego Fernandez

"Estoy preparado para el gas hilarante, estoy listo para lo que venga”, dice Bono Vox al inicio de Achtung Baby. El líder de U2: paladín de cuero negro, guasón travestido con enormes lentes negros –The Fly–: primera y última gran rockstar posmoderna. A veinte años de su lanzamiento y ante una reedición en formato doble: ¿qué fue Achtung Baby de U2, además de su mejor y más perdurable obra? ¿Cómo leerlo? Quizá la última ópera pop que canta un amor ultrarromántico con altas dosis de perversión y locura. Otro intento: reflexión geopolítica en el Berlín pos caída del Muro: nostalgia tecno y relectura del rock industrial, escapando de un exceso de salmos y blues de redención luego de The Joshua three (1986) y la gira mundial Rattle & hum .

Un logro lascivo de Achtung Baby fue el transformar la carrera de diez años – Boy, 1980– de una banda signada por el rock épico y las baladas potentes y melancólicas, en clave irish catholic, en un artificio absolutamente perfecto. Pero lo nuevo, sabemos, debe volver al pasado de modo alegórico para reconformarse: todo misticismo sólo puede salir de sí transvalorando su religio en una ascesis estética total: dandismo, así siempre lo fue en el siglo XIX. Bono salta del papado pop a un dandi cínico y paródico que camina por Potsdamer Platz fumando habanos –panetelas pequeñas– y cantando a su musa perdida: del purpurado vaticano a un flaneur sardónico.


Bono compuso 12 canciones perfectas –incluyendo “One”, himno de la banda– enlazadas como lamento hacia la mujer que ya no está. Sinfonía de amor que no evade la perversión tan bien retratada por las fotografías de Anton Corbijn en el booklet y el arte de tapa –los U2 desnudos y travestidos, expresionismo barroco y estética de cabaret berlinés, cultura de Weimar y burlesque. Bono es mártir y vedette : su ultrarromanticismo también se profana en los pasajes benjaminianos de la centroeuropa en ruinas. En su momento, Brian Eno, músico y productor del disco, definió la obra con ciertos adjetivos gráficos: “bizarro, oscuro, sexy , industrial, dulce, decadente, caótico y optimista”. Eno y Daniel Lanois –el otro del tándem productor– hicieron catar a los irlandeses sabores poco conocidos para su paladar.
Achtung Baby dialoga con el cine de Wim Wenders –los U2 son musicalizadores habitués de sus road movies globales– y con la literatura meditativa de Peter Handke.
Achtung Baby responde, sin saberlo, a la fisiología estética vital de Nietzsche y la lectura del “Angelus novus” de Paul Klee por parte de Walter Benjamin.


Achtung Baby es la continuidad lógica de Berlin (1973) de Lou Reed y de la trilogía alemana de David Bowie – Heroes, Low y Lodger, 1977 a 1979 – también producida por Brian Eno. ¿Y hoy? En gran medida, Born this way (2011) de Lady Gaga “reproduce” y se apropia del sonido dance e industrial alemán con pizcas de rock de carreteras, sólo que la pregunta ya no es: ¿qué es el amor?, sino: ¿qué es la sexualidad? –más o menos lo mismo. De Achtung pasamos a Scheisse: los términos alemanes melancolizan: atención, nena, la mierda. Es decir, todo es corruptible.
Acthung Baby también operó como una suerte de enciclopedia irónica de la historia del rock: desde Elvis y los Beatles a los Sex Pistols, desde Hendrix a Michael Jackson y Prince: algo de esto podemos ver en videoclips como “Even better than the real thing”, (obra maestra del género) pero sobre todo en ese show dantesco y mediático como fue la gira Zoo TV Tour : Bono haciendo zapping en vivo y llamando por teléfono a stars.
Compendio de la plasticidad y gestualidad: Bono, en su cúspide de lucidez, supo jugar un gran póker como místico reconvertido en petimetre satánico –recordar a McPhisto, su otro avatar de Zooropa – de cuño baudelaireano y protagonista de la canción alusiva de Batman forever (1995), el murciélago decadente de Joel Schumacher. Lo certero provoca: las líricas oscuras, densas, introspectivas, heridas, se exhibían, paradójicamente, de modo impúdico frente a lo catódico y el rock de estadios. 


Achtung Baby fue el disco más exitoso de U2: el séptimo de la banda, vendió 18 millones de placas en todo el mundo, ganó un Grammy, y se lanzó el 19 de noviembre de 1991. Música agridulce que sólo pudo salir de un zeitgeist: el Berlín reunificado finisecular. U2 leyó de modo impecable dónde posicionarse en las vísperas de la “autenticidad” grunge: el artificio de la individualidad heroica del dandismo era el territorio inmejorable.
Berlín, la ciudad. El lazo a la mujer y femme fatale amada con igual obsesión que odio, la alegoría perfecta. “Sos un accidente a punto de suceder”, dice Bono, luego, “pudimos dormir sobre piedras, ahora nos mentimos entre suspiros y jadeos”. El ultrarromanticismo exacerbado tiene su reverso en la carne más pura: el semen derrochado. La epifanía se daba de modo circular, como un eterno retorno nietzscheano : Bono dijo que todas las letras del disco estaban escritas desde “la sangre y las tripas”. ¿Acaso existe otra forma de padecer el enamoramiento que no sea con un punzante dolor de intestinos?


01/12/2011

Los fanáticos de los ebooks prefieren libros impresos para sus hijos

Martes 22 de noviembre de 2011 | 16:35

A pesar del auge de los dispositivos electrónicos como el Kindle de Amazon, algunos padres optan por compartir la lectura de las tradicionales ediciones en papel con los más chicos
 
    
Los libros impresos quizás estén siendo asediados desde el nacimiento de los libros electrónicos (ebooks, en idioma inglés), pero cuentan con tenaces aficionados en un grupo en particular: los niños y quienes comienzan a caminar. Sus padres insisten en que esta próxima generación de lectores pase sus primeros años de vida usando las ediciones impresas.
Esto es así incluso con aquellos padres que son acérrimos aficionados a descargar libros en dispositivos como el Kindle , la iPad, en notebooks e incluso en teléfonos móviles. Ellos abiertamente reconocen su doble estándar digital, y lo hacen diciendo que desean que sus hijos estén rodeados de libros impresos para que experimenten la sensación de pasar las páginas, físicamente, a medida que aprenden sobre formas, colores y animales.
Asimismo, los padres afirman que les agrada acurrucarse con su hijo y un libro, y temen que un aparato brilloso pueda llevarse toda la atención. Además, si el pequeño regurgita, probablemente sea más fácil limpiar un libro que una tableta.
"Es algo íntimo; es la intimidad de leer y tocar el mundo. Se trata del asombro que veo en ella cuando toca una página conmigo", dijo Leslie Van Every, de 41 años, una leal usuaria de Kindle, en San Francisco, cuyo esposo, Eric, lee en su iPhone. Pero para su hija de dos años y medio, Georgia, los libros impresos, apilados y también esparcidos por toda la casa, constituyen la única opción.
"Ella lee únicamente libros impresos", afirmó la señora Van Every. Y agregó con una sonrisa que ella misma trabaja en una compañía digital: CBS Interactive. "¡Uy!, qué vergüenza".
A medida que el mundo de los libros para los adultos se torna digital a un ritmo más rápido que lo que las editoriales esperaban, las ventas de los libros electrónicos vinculadas con los títulos para niños menores de 8 años apenas se han movido. Representan menos del 5 por ciento de las ventas anuales totales, según estimaron diversas editoriales, en comparación con más del 25 por ciento registrado en algunas categorías de libros para adultos.
También se compran muchos libros impresos para regalar, ya que el placer de recibir una tarjeta de Amazon de regalo se pierde en la mayoría de los niños de 6 años.
Los libros para niños también constituyen un detalle estimulante para las librerías de "carne y hueso", porque los padres con frecuencia desean hojear un libro entero antes de comprarlo; algo que generalmente no pueden hacer con la versión en Internet. A través de un estudio encargado por HarperCollins en el año 2010, se descubrió que los libros que se compran para niños de 3 a 7 años frecuentemente eran descubiertos en una librería local (el 38 por ciento de las veces).
Y aquí aparece una pregunta para un debate de la era digital: ¿Se pierde algo al tomar un libro con ilustraciones y convertirlo a un libro digital? Junko Yokota, profesor y director del Centro de Enseñanza a través de Libros para Chicos, en la Universidad Nacional Louis, en Chicago, considera que la respuesta es sí, porque la forma y el tamaño del libro con frecuencia son parte de la experiencia de leer. Las páginas más anchas podrían ser utilizadas para transmitir la idea de paisajes amplios, o se podría escoger un formato más alto para las historias sobre rascacielos.
El tamaño y la forma "se tornan parte de la experiencia emocional, la experiencia intelectual. Hay mucho que no se puede estandarizar y colocar en un formato electrónico", expresó Yokota, quien ha dado conferencias sobre cómo decidir cuándo un libro para niños es más apropiado para el formato digital o para el impreso.
Las editoriales afirman que gradualmente están incrementando la cantidad de libros impresos con ilustraciones que convierten a formato digital, aun cuando esto implica mucho tiempo y gasto de dinero, y los desarrolladores han estado ocupados creando aplicaciones interactivas de libros para niños.
Mientras que se espera que el ingreso de los nuevos dispositivos para tablet de Barnes & Noble y Amazon, este otoño (boreal), incremente la demanda de libros electrónicos para niños, diversas editoriales señalaron que mantienen la esperanza de que muchos padres todavía continúen prefiriendo las versiones impresas.
"Definitivamente hay una predisposición a imprimir", dijo Jon Yaged, quien es el presidente y editor de Macmillan Children's Publishing Group, firma que sacó a la venta "The Pout-Pout Fish" ("El Pez que Hacía Pucheros"), de Deborah Diesen y "On the Night You Were Born" ("La Noche en Que Naciste"), de Nancy Tillman.
"Y los padres son las mismas personas que no tendrán reparo alguno en comprar un libro electrónico para ellos mismos", agregó Yaged.
Eso sucede en la casa de Ari Wallach, un empresario de Nueva York, obsesionado con la tecnología, quien se dedica a ayudar a las compañías a actualizar su tecnología. Él mismo lee en Kindle, iPad y en iPhone, pero la habitación de sus mellizas está repleta de libros impresos únicamente.
"Sé que soy ludita, pero hay algo muy personal respecto de un libro que no aparece en los archivos de un iPad, algo que está conectado y que es emocional, algo con lo que crecí y con lo que deseo que ellas crezcan", afirmó Wallach.
"Reconozco que cuando tengan mi edad, será difícil encontrar un libro impreso", agregó. "Dicho eso, siento que aprender con libros es un rito de iniciación tan importante como aprender a comer con utensilios y a controlar esfínteres".
Algunos padres no desean hacer el cambio incluso con sus hijos en edad escolar. Alexandra Tyler y su esposo leen en Kindles, pero para su hijo Wolfie, de 7 años, eligieron todos libros impresos.
"De alguna manera, creo que es diferente", dijo ella. "Cuando lees un libro, un libro adecuado para niños, todos los sentidos están involucrados. Ese acto les enseña a dar vuelta la página correctamente. Sientes el olor del papel, lo tocas".
Existen muchos programas de software que profesan que ayudan a los niños a aprender a leer por ejemplo diciendo en vos alta una palabra resaltada o mencionando una ilustración. No todos los padres los compran. Matthew Thomson, de 38 años, quien se desempeña como ejecutivo en Klout, un sitio de medios sociales, probó dicho software para Finn, su hijo de 5 años. Pero él cree que su hijo aprenderá a leer más rápidamente con los libros impresos. Además, las alarmas y los silbidos de un iPad se convierten en una distracción.
"Cuando nos vamos a la cama y él sabe que es la hora de leer, dice: 'Juguemos un poco a Angry Birds'", contó Thomson. "Si usa el iPad, no lee, va a querer jugar más. De modo que la concentración para leer se esfuma".
© NYT Traducción de Angela Atadía de Borghetti.
En: http://www.lanacion.com.ar/1425488-los-fanaticos-de-los-ebooks-prefieron-libros-impresos-para-sus-hijos
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26/11/2011

Conectados, pero no comunicados - Sergio Sinay

La tecnología de conexión es una herramienta. Las herramientas tienen usos específicos y nacen para servir a las personas. Cuando éstas quedan al servicio de las herramientas, hay un peligro cierto. El estudio de IBOPE muestra que el uso del celular para la comunicación es mínimo. Sin embargo se ha extendido entre los padres la creencia de que ese adminículo (y otros) son esenciales para la supervivencia de sus hijos y para el vínculo con ellos. La mirada, la escucha receptiva, la palabra con todas sus entonaciones, texturas, y aún con los silencios que la acompasan, así como la temperatura emocional que se produce durante un intercambio persona a persona, son factores esenciales en la comunicación humana. Ninguna tecnología los reemplaza, y cuando pretende hacerlo, simplemente disimula u oculta el vacío de comunicación real existente.

Padres e hijos pueden estar hoy muy conectados, pero hay un déficit preocupante de comunicación en ese vínculo. La comunicación no consiste en que un hijo mande un mensaje diciendo en qué boliche está. Requiere tiempo, presencia, exige resignar cosas prescindibles. Si no, se pagan precios altos, que están a la vista en los dramas y tragedias cotidianos (algunos públicos, otros ocultos) que protagonizan los chicos y sobre los cuales muchos padres se desayunan tarde. Para que el uso de la tecnología contribuya a la comunicación requiere límites (de tiempo, de funciones y de lugar) y orientación, y los deben poner los padres. Es una tarea indelegable y postergada..

En: http://www.lanacion.com.ar/1413025-conectados-pero-no-comunicados
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22/11/2011

Nos hemos convertido en seres neuroquímicos - Nikolas Rose

El sociólogo inglés afirma que el consumo generalizado de psicofármacos responde a lo que hoy se entiende por vida saludable

Por Pablo Ambrogi  | Para LA NACION

 
    
Rose: "Sólo es posible conocerse a sí mismo a través de un lenguaje público". Foto: EDUARDO CARRERA / AFV
 
"No hay una subjetividad privada", dice el sociólogo británico Nikolas Rose, profesor de la London School of Economics. Invitado al país por la Universidad Pedagógica, en el marco del III Coloquio Latinoamericano de Biopolítica, Rose argumenta que la concepción que los individuos tienen de sí mismos varía de acuerdo con una compleja constelación de factores. Hábil para describir y englobar esos múltiples cambios en fórmulas sencillas, considera a los individuos contemporáneos "seres neuroquímicos" que conciben su subjetividad como resultante de la química cerebral y abrazan las posibilidades de modificarla mediante sustancias psicoactivas. Si bien alerta sobre las limitaciones y falsedades de esta cultura psiquiátrica, Rose tampoco ahorra críticas al psicoanálisis, al que le reclama "abrirse a la evaluación empírica de sus resultados".
-Usted adhiere a la visión de Foucault, según la cual no hay que entender el poder como una acción del Estado sobre el individuo sino como una técnica presente en todas las relaciones sociales.
-La cuestión no es tanto abandonar la oposición individuo-Estado sino empezar desde otro lugar. En lugar de comenzar por el Estado, es mejor preguntar de qué manera está regulada la conducta de los individuos en distintos lugares y épocas, quién la regula, bajo qué autoridad, usando qué sistemas de conocimiento, qué técnicas y con qué consecuencias para la visión que esos individuos tienen de sí mismos, para su subjetividad. Hay muchos historiadores y sociólogos interesados en escribir la historia de la subjetividad, lo cual es interesante pero vano, ya que no tenemos idea de cómo era realmente la gente en otras épocas. Sólo tenemos lo que decían de sí mismos y lo que los otros decían de ellos. Yo trato de preguntar no cómo eran sino cómo se entendían a sí mismos, qué lenguajes usaban para hacerlo, qué prácticas utilizaban para manejarse a sí mismos y a otros. Esto es algo que puede investigarse históricamente. Y también creo que el objetivo de las prácticas para el manejo de la conducta ha sido la creación de seres humanos de un cierto tipo: virtuosos, sanos, sabios, prudentes. En cierta manera, cómo son los individuos, su subjetividad, depende efectivamente de los lenguajes y los sistemas para juzgar que tienen disponibles. Sólo es posible conocerse a sí mismo a través de un lenguaje público. No hay una subjetividad privada original que esté ahí esperando ser liberada.
-¿Pueden los individuos resistir estos procesos de cambio social?
-Muchos piensan que los individuos resisten porque hay algo en ellos que no puede soportar las restricciones, un deseo de libertad o autonomía. Yo pienso que uno puede explicar muy bien las luchas de los individuos sin postular algo esencial dentro del individuo que resiste al poder. Pueden tomarse los ejemplos de la resistencia en Europa del Este, que llevó a la caída del Muro de Berlín. Esa gente deseaba y pedía libertad, pero lo que en realidad deseaba era cambiar su régimen por otro: querían consumir, querían autonomía personal. En un sentido, los individuos viven en la intersección de distintos modos de pensar y de actuar. Lo que llamamos resistencia suele ser la caída de uno de esos modos y la instauración de otro. Si bien lo que dicen quienes resisten es "queremos derribar el poder", lo que casi siempre hacen es proponer otra manera de pensarse a sí mismos y usarla contra el poder existente. Aunque por supuesto, en la resistencia a cosas como la tortura o la desaparición, la idea es "esto es algo que no debería ocurrirle a un ser humano", y eso hay que explicarlo de una manera algo distinta.
-Una de las maneras en las que usted concibe el desarrollo de la subjetividad contemporánea es hacia lo que llama "individualidad somática"
-Mi argumento es que en las últimas décadas del siglo XX los individuos empezaron a pensarse cada vez más como criaturas biológicas y a prestarle mucha atención a su existencia corpórea. Esculpiendo el exterior de sus cuerpos por medio de dietas, ejercicio, incluso tatuajes y el interior mediante comida sana, tratando de entender y tomar medidas para mantener la salud y minimizar la enfermedad. Todo esto bajo la autoridad de cierto tipo de experto, el médico. Por supuesto que los seres humanos han pensado sobre su apariencia física y su salud durante siglos, así que no hay nada tremendamente nuevo en esto. Lo que quizá es nuevo es la proliferación de lenguajes, tanto en expertos como en los medios de comunicación, que instruyen a los individuos a pensar sobre su cuerpo y su salud en términos biomédicos, en términos derivados de la práctica médica contemporánea. ¿Las comidas grasas suben el colesterol o lo bajan? ¿Debemos tomar jugo de naranja, aunque en realidad tiene más calorías que el vino tinto? El vino tinto hace bien al corazón, pero sólo hay que tomar tres copas por semana, etcétera, etcétera. Así que no sólo un lenguaje médico sino además instrucciones detalladas acerca de cómo trabajar sobre uno mismo. Y aparece además el lenguaje de la genética, de la susceptibilidad genética a las distintas enfermedades, de los riesgos por historia familiar de ciertas enfermedades: ¿si mi padre tuvo un ataque al corazón, debo reducir mi colesterol? ¿Debo hacerme tests? Y esto no surge de modo coercitivo, lo hacemos porque queremos vivir más, con más salud. Es nuestra ética somática, nuestra concepción de cómo debemos vivir nuestra vida.
-¿Cómo juega aquí el uso cada vez más extendido de psicofármacos?
-Hoy es rutina en muchas sociedades modificar el humor, las sensaciones y los deseos mediante el uso de drogas psiquiátricas. No las tomamos sólo si sufrimos de desórdenes psiquiátricos graves, sino porque nos sentimos algo deprimidos, o porque queremos hablar en público y no queremos que nos tiemblen las manos, por ejemplo. Hice una investigación sobre el aumento de la frecuencia con que se recetan estas drogas en diferentes regiones. La creencia de que podemos modificar nuestro modo de estar en el mundo actuando sobre nuestra química neuronal se ha vuelto aceptada y rutinaria. La manera en que estas drogas funcionan (pienso en especial en el Prozac y los antidepresivos) ha sido difundida ampliamente. Si uno está deprimido, es porque tiene bajo el nivel de serotonina y el problema pasa a ser cómo elevarlo. Uno puede consumir Prozac pero, si cree en la comida saludable y esas cosas, puede tomar algún remedio basado en hierbas, como el hipérico. O si uno tampoco quiere tomar eso, quizá recuerde que leyó en algún lado que comer chocolate eleva la serotonina. En suma, uno empieza a pensarse a sí mismo y a sus humores en términos neuroquímicos. Este nuevo lenguaje está ahora disponible para nosotros. Nos hemos convertido en seres neuroquímicos.
-Es interesante que, en línea con su concepción del poder, usted no ve esto como fruto de una conspiración de las compañías farmacéuticas sino como una resultante de las influencias de distintos grupos sociales.
-Como nos gusta decir a los sociólogos, es un cuadro complejo. Lo cual no quiere decir que no podamos analizarlo. Algunos colegas creen que toda la culpa es de los grandes laboratorios, y que los individuos son títeres de éstos. Yo creo que es una visión demasiado simple. La industria farmacéutica no podría vender sus productos si no hubiera una demanda, una suerte de espacio problemático que los individuos creen que las drogas pueden resolver. Pero por supuesto que las compañías buscan moldear esa demanda. Una cosa interesante que está ocurriendo es el aumento de grupos de autoayuda, que buscan el reconocimiento de esas patologías. Una de las primeras cosas que las compañías hacen al lanzar un nuevo producto es solventar estos grupos que buscan aumentar el conocimiento de la enfermedad en la sociedad. Hay también luchas internas en estos grupos, especialmente con las enfermedades infantiles más importantes como el autismo o el ADHD (Attention Deficit Hyperactivity Disorder). Algunos padres dicen: "Es un escándalo, mi hijo está siendo discriminado porque sufre de esta enfermedad que no está suficientemente reconocida como tal; necesitamos investigación y acceso a las drogas para tratarla". Y por otro lado hay otro grupo que dice: "Es un escándalo, la gente dice que mi hijo está enfermo y lo quieren medicar, cuando es un chico perfectamente normal, sólo se comporta un poco distinto". Hasta hace poco no había drogas para tratar el ADHD en Italia: algunos grupos veían esto como un escándalo y otros decían que el escándalo era querer medicar a sus bambini . Se pueden tomar posiciones distintas en esta lucha política compleja, pero lo que podemos ver es la emergencia de este paisaje social de luchas sobre la caracterización de estos trastornos psiquiátricos, su base somática, las formas de tratarlos. Aquí hay una lucha política sobre cómo entender el cuerpo y la propia mente.
-Describe esta tendencia de modo crítico. ¿Cree que por ejemplo el psicoanálisis tiene una visión más humana de estas patologías?
-Creo que no. Hay que entender que todas las disciplinas psi implican históricamente sistemas de autoridad, porque involucran a expertos que saben más sobre los trastornos que los propios individuos que los sufren, y que entran en una relación de autoridad con esos individuos para enseñarles, para entrenarlos, para transformarlos de alguna manera. Hay muchas maneras de hacer esto y, por supuesto, hay grandes disputas entre el psicoanálisis, la psicología dinámica, la terapia cognitiva. Pero en última instancia éstas son relaciones de autoridad sobre el individuo. Por lo tanto, no me convence la gente que dice que el psicoanálisis es una práctica humana y liberadora. Al menos el psicoanálisis real, como realmente funciona en el mundo. Luego está la pregunta por la psiquiatría. ¿Es reduccionista la visión de que las enfermedades mentales son puramente cerebrales? Creo que el problema principal con esa manera de pensar es que no funciona. En términos generales, las drogas no son efectivas. Compare lo que ocurre en el caso de la diabetes en que, si uno toma la droga necesaria, está mejor. Las drogas psiquiátricas no funcionan así. No ha sido posible identificar cada patología psiquiátrica con un estado del cerebro, con su base genética o neurológica. Todos creían que iba a ser posible realizar esta identificación objetiva de cada trastorno; hoy hasta los más fanáticos reconocen que no se ha podido hacer siquiera en un caso, después de 25 años de investigaciones. El problema es que un trastorno psiquiátrico no es un trastorno puramente cerebral: es un trastorno del cerebro pero también de un cuerpo completo, una persona, en una cultura, con ciertas creencias y expectativas que moldean la manera en la que el individuo entiende su propia enfermedad. ¡Si las drogas funcionaran, por supuesto que serían preferibles a cinco sesiones semanales de análisis! Pero no creo que funcionen. Si el psicoanálisis funciona ya es otra cuestión.
-El psicoanálisis es una práctica muy extendida en la Argentina.
-La manera en que el psicoanálisis se desarrolló en Francia, y según entiendo también en la Argentina, es en términos del habla, el sentido, la estructuración del inconsciente como un sistema de sentido, bajo la influencia de Lacan y otros. Desde la neurociencia hoy se suele señalar que Freud no estaba contra la idea de que los trastornos psicológicos tienen una base neurobiológica o incluso genética. Por lo tanto, es erróneo pensar que el psicoanálisis, por su propia naturaleza, se opone a esta visión. Incluso hay quienes, para horror de muchos psicoanalistas, tratan de testear empíricamente los resultados del psicoanálisis. ¿Ayuda realmente el psicoanálisis a las personas? ¿Se pueden evaluar sus resultados del mismo modo como se evalúan los resultados de otras terapias? ¿Es esto una herejía en el caso del psicoanálisis? Muchos creen que es razonable pedirle al psicoanálisis evidencia de su eficacia. No hay ningún problema si uno ve el psicoanálisis como un medio para que el individuo se explore a sí mismo y sus maneras de estar en el mundo, las cosas que lo aquejan y de las que podría liberarse, su relación con sus padres. Pero si el psicoanálisis quiere ser una intervención terapéutica para gente que está sufriendo de trastornos que le impiden sustancialmente llevar adelante su vida, entonces debería abrirse a este tipo de evaluaciones. Hay muchos problemas con la medicina basada en la evidencia, pero si la elección es entre la evidencia y la eminencia, prefiero la evidencia...
Adn Rose
Londres, 1947
Profesor en la London School of Economics, Rose también ha trabajado en el área de sociología de la psiquiatría y en las implicancias sociales de los desarrollos psicofarmacológicos. También es reconocido por su labor sobre la obra de Foucault..


En: http://www.lanacion.com.ar/1411769-nos-hemos-convertido-en-seres-neuroquimicos

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15/11/2011

Los 100 mejores libros de todos los tiempos

A la gente le gusta las listas, las enumeraciones y las ordenaciones. Así que la revista Newsweek ha publicado el enémiso ranking de los mejores libros de todos los tiempos. En concreto, de los 100 mejores.
Partimos de la base de que la clasificación es subjetiva, como todas las clasificaciones. Pero Newsweek trató de involucrar algunos rasgos más o menos objetivos, como el impacto en la historia, su aporte cultural y sus ventas.
Además, para empezar con un grupo de títulos asequible, previamente se usó diez listas de los mejores libros en inglés o traducidos a ese idioma: The Telegraph’s 110 best books/The Perfect Library, The Guardian’s top 100 books, Oprah’s Book Club, the St. John’s College reading list, Wikipedia’s list of all-time bestsellers, the New York Public Library’s books of the century, the Radcliffe Publishing Course’s list of the 100 best English-language novels of the 20th century, The Modern Library’s 100 best novels and 100 best works of nonfiction, Time’s 100 best English-language novels from 1923 to the present y NEWSWEEK’s own list of current top 50 choices.
Así que la competición se estableció con esta meta-lista. Cuando hubo igualdad, se desempató según la cantidad de resultados de Google. El resultado fue el siguiente:
1) Guerra y paz, León Tolstoi
2) 1984, George Orwells
3) Ulises, Joyce
4) Lolita, Vladimir Nabokov
5) El sonido y la furia, William Faulkner
6) El hombre invisible, Ralph Ellison
7) Al faro, Virginia Woolf
8) La iliada y la Odisea, Homero
9) Orgullo y prejuicio, Jane Austen
10) Divina Comedia, Dante
11) Cuentos de Canterbury, Geoffrey Chaucer
12) Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift
13) Middlemarch, George Eliot
14) Todo se desmorona, Chinua Achebe
15) El guardián entre el centeno, J. D. Salinger
16) Lo que el viento se llevó, Margaret Mitchell
17) Cien años de soledad, Gabriel García Márquez
18) El gran Gatsby, Scott Fitzgerald
19) Catch 22, Joseph Heller
20) Beloved, Toni Morrison
21) Viñas de Ira, John Steinbeck
22) Hijos de la medianoche, Salman Rushdie
23) Un mundo feliz, Aldous Huxley
24) Mrs. Dalloway, Virginia Woolf
25) Hijo nativo, Richard Wright
26) De la democracia en América, Alexis de Tocqueville
27) El origen de las especies, Charles Darwin
28) Historia, Heródoto
29) El contrato social, Jean-Jacques Rousseau
30) El capital, Kart Marx
31) El príncipe, Maquiavelo
32) Las confesiones de San Agustín
33) Leviathan, Thomas Hobbes
34) Historia de la guerra del Peloponeso, Tucídides
35) El señor de los anillos, J. R. R. Tolkien
36) Winnie-the-Pooh A. A. Milne
37) Las crónicas de Narnia, C. S. Lewis
38) Pasaje a la India, E. M. Forster
39) En el camino, Jack Kerouac
40) Matar a un ruiseñor, Harper Lee
41) La Biblia
42) La naranja mecánica, Anthony Burgués
43) Luz de agosto, William Faulkner
44) Las almas de la gente negra, W. E. B. Du Bois
45) Ancho mar de los Sargazos, Jean Rhys
46) Madame Bovary, Gustave Flaubert
47) Paraíso perdido, John Milton
48) Anna Karenina, Leon Tolstoi
49) Hamlet, William Shakespeare
50) El rey Lear, William Shakespeare
51) Otello, William Shakespeare
52) Sonetos, William Shakespeare
53) Hojas de hierba, Walt Whitman
54) Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain
55) Kim, Rudyard Kipling
56) Frankenstein, Mary Shelley
57) La canción de Solomon, Toni Morrison
58) Alguien voló sobre el nido del cuco, Ken Kesey
59) Por quien doblan las campanas, Hernest Hemingway
60) Matadero 5, Kurt Vonnegut
61) Rebelión en la granja, George Orwell
62) El señor de las moscas, William Holding
63) A sangre fría, Truman Capote
64) El cuaderno dorado, Doris Lessing
65) En busca del tiempo perdido, Marcel Proust
66) El sueño eterno, Raymond Chandler
67) Mientras agonizo, William Faulkner
68) Fiesta, Ernest Hemingway
69) Yo, Claudio, Robert Graves
70) El corazón es un cazador solitario, Carson McCullers
71) Hijos y amantes, D. H. Lawrence
72) Todos los hombres del rey, Robert Penn Warren
73) Ve y dilo en la montaña James Baldwin
74) La Telaraña de Charlotte, E. B. White
75) El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad
76) Noche, Elie Wiesel
77) Conejo, corre J. Updike
78) La edad de la inocencia, Edith Wharton
79) El mal de Portnoy, P. Roth
80) Una tragedia americana, Theodore Dreiser
81) El día de la langosta, Nathanael West
82) Trópico de cáncer, Henry Miller
83) El halcón maltés, Dashiell Ahmet
84) La Materia oscura, Philip Pullman
85) La Muerte del Arzobispo, Willa Cather
86) La interpretación de los sueños, S. Freud
87) La educación de Henry Adams, Henry Adams
88) Pensamiento de Mao Zedong, Mao Zedong
89) Psicología de la religión, William James
90) Retorno a Brideshead, Evelyn Waugh
91) Primavera silenciosa, Rachel Carson
92) Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, John Maynard Keynes
93) Lord Jim, Joseph Conrad
94) Adiós a todo eso, Robert Graves
95) La sociedad opulenta, John Kenneth Galbraith
96) El viento en los sauces, Kenneth Grahame
97) La autobiografía de Malcom X, Alex Haley y Malcolm X
98) Los victorianos eminentes, Lytton Strachey
99) El color púrpura, Alice Walter
100) La segunda Guerra Mundial, Winston Churchill


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